El “MalaBar” era un sitio de esos, de los que casi nadie frecuenta. Un bar pequeño, con pocas mesas, una barra de madera casi podrida y ambientado por el hedor, el tufo de los baños pestilentes; un bar donde sólo va el borracho a comprar anís, o el viejo verde a beber cerveza barata con alguna carajita que, para su buena suerte, se vuelve mierda con dos vasos de vodka. Un bar donde raras veces puedes ver a personas como aquella mujer de la mesa de la esquina, junto al baño, a la que parece darle igual el olor, que bebe con tanta desdicha una botella de Blue Label, carísima por demás. Para esas ocasiones, toco mi mejor repertorio. Al tocar “Vision of Johana”, a ella parece sorprenderle, quizás alegrarle. No alcancé a comprender el ánimo en la mirada de aquella mujer esa noche…
Un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…
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—¿Cuál es su nombre?
—Alfredo, Alfredo Salazar. Trabajo en el “MalaBar”, el local que queda cinco cuadras más abajo.
—¿Mesonero? ¿Bartender?
—No, soy músico, señor.
—A ver, ¿y qué se le ofrece al señor músico?
—Quiero contarle algunas cosas que han estado pasando, y me tienen un poco perturbado…
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Tenía ya bastante tiempo tocando en el MalaBar, y ese tipo de visitas no eran normales; lo peor, es que se volvían frecuentes. Esa mujer… En fin, decía que tenía un tiempo trabajando para Lucho, el flaco de la barra y dueño del local, blanco leche, alto, con cara de adicto pero, al final, buen tipo. Tenía otros empleos, pero ese era “el tigrito” que disfrutaba más. Todas las noches llegaba con mi guitarra a ponerle música a los despechos; ganaba poco, quizás nada, y sonará maricón, pero rasgar la guitarra era mi mejor pasatiempo. La música en algún momento fue para mí lo que la gente llama una vocación. Pero también por la música me convertí en un pelabola. Yo sólo quería pegar en la radio, como dirían los Bacilos.
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Me sonrojé al verla llegar. Alta, trigueña, labios tan carnosos como los de Mimí Lazo pero con la sensualidad de los de Angelina Jolie, cabello lacio que caía hasta su cintura. Su atuendo, atrevido, muy ceñido al cuerpo, dejaba trazar las líneas de su figura: plana de la cintura para arriba, y eróticamente protuberante de la cintura para abajo, sabrán a lo que me refiero. Yo, en ese mismo instante entonaba versos de Buena Fe. Ella pasa y todos se hacen los simpáticos, / desde los más vulgares hasta excelsos catedráticos. / Se va contoneando sabiéndose encima / de un par de corazas para su autoestima. Sin intención alguna, fue como piropearla con esa canción. Me sentí como un albañil sádico, un mototaxista balurdo. Ella me miró y su cara esbozó una sonrisa. Mi cara e’ güevon avergonzado no fue normal. Le menté la madre al dúo cubano.
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—Mira, muchacho, no tengo tiempo, vale. Te equivocaste de sitio. La Iglesia está una cuadra más arriba; y apúrate que el párroco solo confiesa hasta las 4pm. Aquí recibimos denuncias concretas, con pruebas, esto no es “Señorita Laura” o “Caso Cerrado”, no tenemos tiempo. —Fue lo último que dijo antes de marcharse.
No sabía a quién más recurrir. Si antes pensaba que el sistema policial era una cagada, en ese momento lo corroboré, lo detestaba aún más. Es claro, no tenía pruebas, pero de que el asunto estaba sospechoso, lo estaba. Ya habían pasado tres días sin saber de Lucho. Durante esos días, el MalaBar permaneció cerrado. "¿En qué andaría metido el flaco?", me preguntaba.
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Se acercó a la barra, saludó al flaco; me pareció que se conocían. Le sirvió un shot de tequila que se tomó de un sorbo luego de lamer la sal de su mano, y después chupó el limón. En ese momento pude ver que de manera discreta ella escribía en una servilleta. "Lucho controló", pensé. Ella se dio cuenta que yo la observaba, y entonces se acercó hasta donde me encontraba. Al tener frente a mí semejante mujerón no pude pronunciar palabra. Sonrió. “Sarissha”—pronunció y se marchó.
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Las visitas de Sarissha al bar se volvían frecuentes; no permanecía más de una hora, pero allí estaba seguido. Una noche se apareció con varias amigas, una catira, bajita pero con par de buenas razones, saben a lo que me refiero; y la otra, blanca, cabello castaño, nada protuberante en apariencia, pero sí que era efusiva. Los borrachos del sitio no tardaron en buceárselas. Por petición de una treintona despechada, yo cantaba al ritmo melancólico de Franco de Vita. Yo pienso que, / no son tan inútiles, las noches que te di. / Te marchas y que, / yo no intento discutírtelo, lo sabes y lo se. Sin embargo, al verlas llegar en mi mente empezó a sonar “Pasarela” de Daddy Yankee, al mismo tiempo que me preguntaba qué se traían aquellas mujeres. El flaco las saludó con estruendo. Pude escuchar sus nombres. ¿Sussy y Layla?, me dije. “Hay una cosa que yo no te he dicho aún/ que mis problemas sabes que, / se llaman tú”. Coreaba la treintona, abrazando la botella de ron. Torturaba el reggaetonero: Por culpa de esos cuerpos tan ricos/ me tienen el cuello como un abanico/ de lau a lau. /La acera es tu pasarela/ Lúcete aiie. Tuve la impresión que mi pobre y pequeña tarima iba a ser sustituida por un tubo de striptease. Esa fue la última noche que vi a Lucho.
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Una chamba menos. Tres días después de mí visita a la estación de policía, el bar aún permanecía cerrado. A nadie parecía extrañarle la aparente clausura del bar, y menos la desaparición de Lucho.
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Traté de no orinarme en ese momento. Las mismas putas que desaparecieron con el flaco estaban frente a las puertas cerradas del viejo MalaBar. Quise pasarles por un lado sin que me vieran, pero una de ellas, no supe distinguir cuál, pronunció mi nombre. "Maldita sea", me dije. Me estaban buscando. En ese momento me daba por muerto.
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Desconocían lo que hacía. Para ellas, él solo tenía un pequeño local en el centro de la ciudad. Distribuidor de drogas. Blanco leche, alto, escuálido. La policía allanó su casa seis días atrás. Su guitarrista estaba preso. Me invitaron a formar parte de su equipo. ¿Destino? ¿Buena suerte? No sé como llamarlo. Acepté.
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Sí, en un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…Nació mi oportunidad. Yo, Alfredo Salazar, podría esta vez, poder pegar en la radio.
Ambar Almenar