viernes, 29 de agosto de 2014

Pasiones Fatales I


Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
PABLO NERUDA

 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal.

          


         Giré la perilla con destreza, lo quería sorprender. Sin embargo, una vez en su oficina, en el Bufete, mis ojos fueron testigos de una escena cinematográfica y sin censura que se reproduce una y otra vez en mi cabeza. Y, en definitiva, la sorprendida fui yo.

         El corazón se me desboca, me falta el aliento. Él voltea y nuestras miradas se cruzan. “No es posible, no es posible, no es posible”, me repito como un mantra.

           ¿Y ahora?
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         Ay, Manuel... Ahora sabes a whisky, tú que nunca has sido amante al licor. Te inscribiste en el gym, andas obsesionado con el temita de la juventud. Y prefiero no hablar del nuevo corte de cabello y de los pantalones “tubito”. Son cuarenta años, chico, ya no estás para esos trotes de quinceañero. Y la verdad, ya no me acaricias, siempre estás cansado. Ya no somos cómplices, ni en la cama. Y no, me rehúso a ser una esposa histérica. Ay, Manuel: Amarte era tan fácil, tú libre, libre yo.

     Cambiaste de perfume. El beso en los labios por un beso en la frente con sabor a ¿culpabilidad? Seguramente le miras con los ojos de amor que alguna vez me miraste a mí. Sabes que te conozco, pero que no soy capaz de vulnerar tu libertad, así como tú no lo eres de sostenerme la mirada. Siempre has tenido esa idea loca y convulsa de que soy capaz de leerte. Te equivocas, amor, no eres mi paciente, contigo el psicoanálisis no me funciona. Lo nuestro es pura fenomenología, una conexión a la que no he sido capaz de estudiar o buscarle explicación, porque el amor es así, no tiene explicación o razón, de lo contrario no sería amor, ¿no crees?

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              La memoria, en una fracción de segundos, se apoderó de la situación. Sin embargo, el presente se impuso:

          Sus brazos rodean tu cintura, no dices nada. No digo nada. Soy invisible. En esta escena no hay música de fondo. Creo que diré algo. Las palabras no me salen. Soy una estatua en la puerta de tu oficina, un narrador testigo. Una voyerista, quizás. Él te cubre la boca con su boca. Te besa con castidad, como para que sus labios se conozcan. En el segundo asalto no tiene contemplación, casi te deja sin aire. Lo sé por tu expresión de hombre agitado y ruborizado. Lo sé porque así reaccionabas ante mis besos. Creo que ahora tu lengua experta hace círculos dentro de esa boca. Esa boca es mía, pienso, los celos me consumen. Sus dientes te muerden, casi acaban con tu labio inferior. Tus manos juegan con su pelo alborotado, las suyas recorren tu anatomía, se deshace de tu saco, de tu corbata de seda, desabotona tu camisa, la misma que te planché antes de salir de casa. La intensidad de sus pasiones se hace evidente en la inmensidad de sus entrepiernas.

               No lo soporto más y un grito ahogado interrumpe aquel estrafalario coloquio pasional entre Manuel Javier Rovira, mi marido, y su joven asistente.

         ¡¡¡Manuel!!! grité con desesperación, cómo si la mordaza que cubría mi boca y me mantenía en silencio, e inmóvil, hubiera desaparecido.

          ¡Eloísa! exclamaste asombrado, sudado, enrojecido. ¿Tú qué haces aquí? 
agregaste.


           Te estremeces, me estremezco. Te separas de tu amante, de tu juvenil y viril amante, que permanece callado. Aquí estoy yo, tu mujer. Parada, atónita, aún en la puerta de tu oficina. ¿No invitas a pasar a tu esposa?, pregunto con el poco humor que me queda. Soy cómo David Garrik, me siento como el cómico suicida del poema de Juan de Dios Peza. Suelto una carcajada, que es más bien un relámpago de tristeza. Comprendo bien aquella premisa de Reír llorando.

        Tienes la mirada perdida, la quijada te tiembla. Sí, a ti, al flamante y siempre ético abogado. Yo no permito que las lágrimas acaben de escapar y empiece a llover en mi semblante nublado. Tus ojos azules, se tornan añil. Me prohíbo hacerte una escena, “¡primero cabrona que ridícula!”, me digo. Salgo de la oficina caminando a grandes zancadas. 



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 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal, sentada en el despacho de nuestra casa, en compañía de una Black Label. Con la voz de Danny Rivera nos enamoramos, fue la primera canción que me dedicaste. Pero también fue la primera que escuché en la voz de ella, mi gran amiga de años atrás: Amanda. Y al ritmo de la balada, mis manos hacían girar tu pistola. Sí, la que guardas en la gaveta número dos, sobre el escritorio de madera. La idea de jugar a la ruleta rusa y presionar el  maldito gatillo me sedujo. Sin embargo, ¿una psicóloga suicida? Eso sería una incoherencia. Y si algo he sido en ésta vida es una una mujer consecuente. Entonces dejé el arma, alcé la cabeza y la foto de ella, de Amanda, puso en orden mis ideas.  

         Amanda y su belleza otoñal complementaron, en una época de mi vida, a mi juventud ávida y febril de experiencias. Hoy, a mis cuarenta años, su número telefónico danza en mi cabeza cómo una canción.


           La insistencia de ella fue el detonante de asistir a ese bar. El mismo antro de colores que habíamos visitado tantas noches en los tiempos de la universidad. Me escuchó deprimida a través del teléfono y le conté que tenías un amante, me confesó que lo sospechaba. Juro que no le dí detalles. De eso te encargaste tú solito, mi siempre justo esposito. Después de todo, no es un secreto que ella te conoce mejor que yo. Siempre me lo advirtió, me dijo que lo pensara bien. Que tu sonrisa aniñada y tus manos delicadas no guardaban relación con los ademanes de macho catalán de tu difunto padre. Además, había un detallazo: yo había sido tu primera y única novia. Pero, como toda enamorada, sorda y ciega, no atendí a sus consejos, pensé que eran el reflejo de sus celos.

           Después del show en tu oficina, creí que lo había visto todo, Manuel. Pero no, aquello era sólo el inicio del circo fatal que se desencadenó en nuestras vidas.

            Llegamos al bar, en Las Mercedes, y nos sentamos en la barra. “Dos cubas libres, por favor”, solicitó Amanda, con su acento de caraqueña, al bartender que le guiñó el ojo.

         Ella estaba como siempre: atractiva. ¡Uff! Con esa mezcla de inspiración fatal que los años no le han marchitado.

          "Esta noche habrá un show que disfrutaras mucho, nena”, sentenció. Se trataba de una imitadora de Kiara. Y, efectivamente, lo iba a disfrutar. La música comenzó a sonar, sonreí inevitablemente: conocía bien la canción.

          Un desborde de sensualidad impregnó el escenario. “¿Por qué me miras así, mientras me visto sin ti.. Recuerda bien este cuerpo?”. “Y yo que te deseo a morir”. Mientras la mano de Amanda se deslizaba por mi muslo. “Cómo en los viejos tiempos, Ísa”, me decía entre sonreída y culpable, ya chispada por el trago.

      Tacones de plataforma, piernas largas y gruesas, bien depiladas; un vestido corto y púrpura, ¿púrpura?, una boa de plumas roja; peluca negra de cabellos largos y ondulados; uñas largas; pestañas postizas; argollas inmensas; labios gruesos y rojos. Era todo maquillaje. Aquel atuendo era un culto a la exageración, una representación del estilo de vida Trans. Kiara se acercaba al público y le cantaba, muy cerca, a un joven muchacho: “Que bello cuando me amas así”. La excitación estaba en el ambiente. 

        Pero lo reconocí, inevitablemente. Detrás de esa mascara de bases, polvos, sombras, rímel, rubor, pestañas postizas y vestido ajustado, estaba el hombre con el cual he dormido por más de veinte años. Al principio creí que me estaba volviendo loca, que alucinaba, como consecuencia de la luz de neón, el humo, y el licor. Pero no, la quijada caída de Amanda me confirmó que estaba en lo cierto. Eras como Dolores del Río, en Azul y no tan rosa. Y entonces una idea retorcida se cruzó en mi mente. Tenía claro como materializar mi venganza. Ella, por su parte, no supo decir que no. “Como en los viejos tiempos, Amanda”, le susurré al oído, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.

          ¡Maldita sea! grité en voz alta, entre ebria y sorprendida.

          Y yo que te deseo a morir  cantabas.


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           Llegaste a las 4 a.m, escuché cuando abriste la puerta. La sombra de tu figura se apreciaba a lo lejos. Debiste sentirte descubierto. Encendiste la luz de la habitación. Ella estaba profundamente dormida, descansaba tranquila, enredada en mis pechos. Divisé tu figura en la puerta.

          Es verdad, yo no esperaba que me engañaras con otro hombre y, mucho menos, que tus reuniones nocturnas no fuesen sobre casos y leyes; del correcto abogado a ¿Kiara? ¿Era en serio? Era inevitable no odiarte, Manuel. Pero tú tampoco esperabas encontrar a tu mamá, Amanda Rovira, en nuestra habitación. “Dios te bendiga, Manuelito”, susurra mi avezada compañera entre dormida y despierta.






Elvianys Andrea Díaz 

jueves, 14 de agosto de 2014

De amantes a víctimas




Tú y yo estamos sentenciados
a glorificar viejas heridas
y a devolver a las aguas
nuestro cadáver diario.
RAFAEL CADENAS 



           No sabía por dónde comenzar a relatar nuestras cuitas. Existían variadas posibilidades, por ejemplo, cómo conocí a Héctor Colmenares.

           La verdad sea dicha, no hubo necesidad de hacer presentaciones, bastó una mirada de reconocimiento para que a  uno no le quedara la menor duda de quién era el otro. El encuentro fue casual, o al menos eso creí yo. Aunque hoy, contando mi versión de los hechos, ya no me siento tan seguro. Ahora me pregunto ¿De habernos conocido en otro contexto, habríamos sido amigos? Nuestra rivalidad, más que una actitud de machos viriles, correspondió a los celos de dos románticos que, por infortunio casual, se fijaron en la misma dama. Ella, siempre ella, tan voraz y y encantadora. Toda una devoradora de hombres, cómo diría Gallegos.

                  Yo a mis veinticinco años era un muchacho inmaduro, Héctor. Los diez años que me llevabas no tardaron en hacerse notar. Tú, un avezado fotógrafo que la conocías como la palma de tu mano. Yo, un estudiante ocupado, persiguiendo la más grande de las utopías humanas: la libertad. Estudié con especial atención a los modernos y a los antiguos. Las consideraciones de Arendt y Constant. Los ideales de los grandes emancipadores de la historia. Yo era un muchacho etéreo, de mente abierta y ligera. Era como el viento, hasta que la conocí a ella, hasta que te conocí a ti y quedé atado a Cadenas, a su poesía. Porque una cosa no fue más que el resultado de la otra. Cuando leas estás líneas, si eso fuera posible, seguro sonreirías engreído, como siempre, y me mentarías la madre.

              Estar con ella, algunas veces era volar, otras era pisar tierra, otras tantas aprender y sobrevivir. Eso era justamente: una constante fuente de aprendizaje; una leona imponente y hermosa capaz de devorar y cazar a sus presas, a sus amantes. Y no me malinterpretes que lo mío no era simple admiración juvenil en comparación a tus sentimientos añejos, de macho realizado. ¿Cuantas noches como ésta no te imaginaste recorriendo sus curvas peligrosas, Héctor? Cuéntame, si la imaginaste poseída y poseedora, porque yo no sólo lo imaginé, también lo hice realidad. Sabes que no soy un tipo que se conforma con las ficciones, aunque eso implique desafiar a la perfectible realidad que siempre se impone y dejar los miedos, tan propios de nuestra condición humana, en un segundo plato.

           Un amigo común me dijo que era absurdo, que era perdida de tiempo escribirte ésta epístola. Posiblemente tenga razón, pero soy terco. Sentí estas líneas como una respuesta al pacto de caballeros que hace tiempo hicimos, ese pacto tácito de miradas. Ya todo estaba dicho, la oralidad no fue necesaria. Nuestro lenguaje, siempre implícito, emitía y decodificaba los mensajes de manera eficiente.

           Ojalá hubiésemos estado en el siglo XIX para ponerle fin a este asunto en un duelo entre caballeros. Un duelo de espadas, elegante, sutil, donde el más habilidoso le hubiera dado la estocada final. Una estocada digna al perdedor, ante la presencia de la dama en cuestión. Hubiera sido sublime atravesar tu pecho velludo y moreno con el fino filo de mi espada, para luego secar las lagrimas de nuestra amada que, por benevolencia, lloraría ríos por ti. O quizás todo lo contrario, ser yo quién exhalara el último de mis suspiros ante su mirada complaciente y penetrante, mientras tú te hacías ganador con mi perecer. Pero no fue así, Héctor, nada fue así. Este nuevo siglo se nos impuso, la posmodernidad nos arrojó a senderos más oscuros y menos elegantes, menos parecidos a nuestros sentires. Es un hecho, los triángulos amorosos nunca tienen finales felices. 

          Sin embargo, por respeto o por capricho, he decidido redactar las crónicas de aquél día. Cuando leí la noticia, en La Voz, una frase del escritor venezolano Héctor Torres vino a mi mente: “Caracas muerde”.

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          Intentaré contar, en la medida de lo posible, los acontecimientos de aquel día. Procuraré ser veraz, preciso y no superfluo.Y será a través de la crónica, el género que escogí para narrar nuestras cuitas, empleando los testimonios de testigos y la investigación que realicé, que intentaré reconstruir el episodio de aquél martes desafortunado. Quiero comprobar la trascendencia de aquellos hechos, hacerle un homenaje a la memoria, vencer al olvido. Convertir en ficción la más funesta de mis realidades, con el propósito utópico de que así sea más digerible.

             Martes 20 de mayo. Me habías citado con una semana de anticipación a los pasillos de la Escuela de Psicología de la UCV. Al parecer harían un encuentro de poesía, se reunirían algunos egresados. Porque además de fotógrafo, eras un hombre de letras y humanidades. Pero yo sabía lo que querías: competir. Aunque siempre dijiste que por semejante dama no podía existir competencia alguna, no era un medalla, había que halagarla. Porque, la verdad sea dicha, aquel no era un amor tangible. Pero te hice caso, ¿sabes? Acepté el reto. Preparé mis mejores versos para ti y para ella. Versos que nunca leí...

        El encuentro estaba pautado para las tres de la tarde. Yo me encontraba en Lugar Común, en Altamira, como aquella tarde de abril  en la  que nos conocimos. Eran aproximadamente las dos cuando decidí tomar el metro. El sistema de transporte es impredecible, así que quise prevenir y llegar temprano. Recuerdo que la tarde estaba hermosa, soleada, nuestra mujer nos sonreía, el Obelisco se veía imponente, la fuente estaba encendida; los rayos de sol se hacían uno solo con las gotas de agua de la fuente: nacía un arcoiris. Pensé en ti, seguro hubieras tomado una foto prodigiosa.

        Tuve que esperar cinco minutos, casi eternos, hasta que el tren se aproximó y abordé. Entré con premura, me cogí fuerte de un tubo, porque los puestos estaban llenos. Miré a los lados, y saqué mi IPod. El aleatorio siempre parece una estocada. Viniloversus puso en mute la bulla de los usuarios del vagón.

          Mientras tanto tú, tomabas una camionetica en Capitolio, a decir verdad, nunca te había gustado el Metro. Te subiste, algunos puestos estaban vacíos, escogiste la ventana, como siempre. Te calzaste los audífonos de tu reproductor y dejaste que Alí Primera hiciera lo propio. La camionetica, en la que se podía leer: “El Revolucionario”, arrancó. Sin embargo, el curso fue interrumpido por un grito de alto. Un muchacho venía corriendo, como alma que lleva el diablo, sudando a chorros, apresurado, con un sobre en las manos. El chofer, un señor canoso, extrañamente tuvo compasión. “Bueno, carajito, termínate de subir es qué”, le gritó. El muchacho, que no pasaba de los veinte años: alto, blanco y delgado, pálido y bañado en sudor; cara de “piedrero”, se sentó a tu lado, Héctor. Pero, tú venías muy ocupado analizando los versos del trovador, con la cabeza recostada del vidrio y los ojos cerrados, demasiado concentrado como para detenerte a mirar a quién tenías al lado. Entonces, el buen chofer se para en un semáforo, en Teatros, justo frente a la estación del Metro. De nuevo se repite el procedimiento: la camioneta está cerca de arrancar, y le gritan voz de alto. En esta ocasión no es uno, son dos los jóvenes. Al chofer no le da buena espina, pero se detiene. Tú ni te enteras.

        Yo estoy llegando a Chacaíto y, de pronto, me detengo a pensar en la fatalidad de nuestros sentimientos, pero en seguida desecho esas ideas de mi mente. Dejo la música correr. Entre Sabana Grande y Plaza Venezuela, Rawayana se impone, la voz de Beto Montenegro relata una premisa de nuestra realidad: “Si no llevas la pistola, parece que no estuvieras a la moda”.

          Mientras que a ti Soledad Bravo te dice al oído: “La vida es una y no hay regreso”. Estás poseído, inspirado, elevado, etéreo, eres uno con la música. Pero afuera, la melodía es la del corneteo de carros, el olor a gasolina, sangre, pólvora y humo. Se produce una película, pero no es ficción, tú ni te enteras, no todavía. Soledad insiste: “No quiero que lo olvides: la vida es una y no hay regreso”.

          Mira, ahí está ese cabrón y tiene el paquete -comenta el nuevo pasajero a su compañero, mientras señala al flaco al lado de Héctor.

           ¿Y qué esperaras para quebrarlo? responde el otro, haciendo señas a la abultada cintura de su compañero.

             ¿Aquí, marico? ¡Hay demasiada gente! dice con voz temblorosa.

        A esa bruja hay que quemarla, guevón. Y si te echas pa´ tras, te reviento a ti también.

               Al llegar a Plaza Venezuela, abriste los ojos, Héctor, compruebas que no estás solo, el viaje no es una antología musical. Notas los movimientos raros, al  acompañante que te impuso la casualidad. Las miradas enrojecidas, consecuencia de algún pase de perico, que los observan desde la puerta de la camionetica. Los sujetos se hacen señas, uno se ubica en la puerta de adelante, el otro en la puerta de atrás. El perseguido no parece tener escapatoria. El tiempo se paraliza, justo cuando pones tu reproductor en pause. ¡PUM! La primera bala es abrumadora. Todo es confuso, la gente grita. PUM, PUM, PUM, PUM, PUM. El chofer se detiene. Se abren las puertas de atrás y de adelante. Los atacantes se lanzan de la camioneta. El perseguido, con una pierna herida, se baja por la puerta trasera, el concierto de balas continua sonando. El chofer, más amarillo que Pikachú, acelera, besa el escapulario que guinda del retrovisor. Arranca, piensa que ese es el pan de cada día de ésta ciudad, que lo que acaba de pasar es cotidiano, se acostumbra a vivir de la mano con la fatalidad. Aquí la delincuencia impone sus formas y su justicia. Agradece seguir con vida y, afortunadamente, no haber sido robado. “Hoy me salvé”, piensa. Recuerda a sus colegas y sus historias de asaltos y secuestros. Sin embargo, no todo ha salido bien, un olor a sangre impregna la unidad: la ley del hierro alcanzó a un inocente.

               Salí de la estación de Zona Rental, y me recibió el rostro lúgubre y decaído de nuestra amada, resulté empapado, fui víctima de la tormenta de su dolor. Ella te lloraba un diluvio y yo no alcanzaba a entender por qué. De camino al puente de Plaza Venezuela, fui testigo de una escena horrorosa. Parecía salida de una novela negra, había patrullas y curiosos alrededor, en el piso yacía un cuerpo, cubierto por una manta blanca. A decir verdad, ya no era blanca, estaba teñida de sangre, barro y agua de lluvia. Aceleré al paso. Llegué a nuestra Alma Máter. Y allí te esperé en el pasillo de Psicología. Nunca llegaste, Héctor. Sin embargo, un muchacho que aporreaba una guitarra e interpretaba una canción de Soledad Bravo, me reveló el peor de los presentimientos: “La vida es una y no hay regreso”.

           Cuando leí la noticia al día siguiente, en La Voz, una frase del escritor Héctor Torres vino a mi mente: “Caracas muerde”. Nuestra rivalidad, impregnada de arte desde el principio, había terminado. No lo podía creer. Me llené de sentimientos horribles. Me sentí devastado. No podía ser qué un hombre de tu valor, ahora fuese un número más, una estadística para el índice de mortalidad. Un ciudadano menos. Un cuerpo más en Bello Monte. Y la maldije, Héctor, a nuestra querida, la maldije. Porque mientras tú eras impactado por tres balas, que no te pertenecían en aquella unidad, ella no hacía más que mojarme con su lluvia de dolor. El presente desaparecía ante nuestros ojos, el futuro era una bruma borrosa.

            Dejar de ser sus amantes para ser sus víctimas, en eso nos transformó nuestra amada. Sí, nuestra amada ciudad. Ya no me enamoro, Héctor. Ahora solo tengo amantes de paso, me resisto a querer a otra ciudad que no sea Caracas. Caracas, nuestra eterna Caracas.

           Soy un forastero triste, un exiliado, desterrado de mi propia tierra y cómo duele. A veces Madrid, a veces Buenos Aires o Londres. Hermosas todas, es verdad, pero ninguna como ella. Soy prófugo de la memoria, los años han pasado, y yo me sigo enfrentando al olvido. Es curioso, ¿sabes? Solo el olvido sostiene, o al menos eso dice la escritora Gisela Kozak Rovero.



                                                                                                               Elvianys Andrea Díaz 



miércoles, 13 de agosto de 2014

Inocentes

A la maestra de las letras y señora de la literatura


Me quedé parada unos segundos en la acera y, después de evaluar la situación, decidí. Tenía ropa deportiva porque había salido a comprar una tarjeta telefónica en la panadería, las máquinas que quería usar estaban libres, y además había varias personas en el lugar, a pesar de que había oscurecido. Se daban, pues, las condiciones para que pudiera ejercitarme un rato.

Estiré el cuerpo y me dispuse a mover las piernas en la bicicleta. Quería relajarme, despejar la mente y olvidar las responsabilidades por un momento. Sin embargo, me fue difícil hacerlo de inmediato: mis músculos se relajaban con los movimientos, pero mi cerebro seguía haciendo un inventario de las cosas que debía hacer. El bendito trabajo de economía no salía de mi cabeza. Me quejé mentalmente de mis responsabilidades académicas y concluí que eran demasiadas, lo cual hizo que acelerara el paso en la máquina. En ese instante vi a una chica que venía montando a duras penas una patineta: perdía el equilibrio, se tambaleaba, y casi se cae. Pero esto en vez de molestarle, le causaba gracia. Escuché sus carcajadas ruidosas y sinceras. Esto último fue quizás lo que hizo que sonriera a medias. A su lado venían dos muchachos: uno corriendo, otro caminando, ambos riendo.

Dejé de prestarle atención al asunto y fijé la vista en el bombillo del poste que tenía en frente, y al fin pude abstraerme de todo por un momento. Me quedé con la mente en blanco, sin pensar en nada, el cuerpo se movía por inercia. No sabía dónde estaba, hasta que un “¿Siempre vienes para acá?” me regresó a la realidad. “A veces bajo”, respondí y le sonreí a la niña. Viéndola de cerca, me di cuenta de que era menor de lo que pensé.  Al parecer, había decidido dejar de sufrir en la patineta e intentar hacer algo en la otra bicicleta estática que estaba a mi lado.

             ¿Y esta máquina para qué sirve?

            Hice un leve gesto de extrañeza ante la pregunta y sonriendo le contesté:

            Para tonificar los músculos de las piernas.

                Se sorprendió  y luego se dirigió a los muchachos que la acompañaban:

             ¿Vieron? Ella sí sabe de estás cosas.

              El comentario me causó gracia y curiosidad. Me pareció raro que mi respuesta la haya impresionado y pude advertir así su cierto grado de inocencia ante la vida. Será que le pareció interesante lo de la tonificación, me dije. Para mí es poco común conseguir en las calles de esta ciudad a  personas así: que reparen en un pequeño detalle.  Bueno, es una niña.  Los infantes siempre ven las cosas de otro modo, concluí. Y no sé si fue eso u otro factor lo que le llamo la atención, pero lo cierto es que quiso seguir conversando conmigo.
           
             ¿Y cuántos años tienes?  interrogó.

             Tengo 22 ¿y tú?

              Abrió la boca y los ojos considerablemente y sin cerrar estos últimos, afirmó:

            ¿En serio? No parece. Aparentas como 18.

            Ja ja ja, qué bueno –respondí.

            Yo tengo 16.

               Esta vez la sorprendida fui yo. De verdad no parecía tener esa edad. Le calculaba 13 o 14 años como máximo. Se lo hice saber y me sonrió.

            ¿Y qué haces, estudias, trabajas? –prosiguió con las preguntas.

            Estudio en la universidad.

      Guao ¡más fino! Eso debe ser chévere –dijo, mientras miraba al cielo, como imaginándose ser parte del alma máter.

Una gota hizo que bajara el rostro y al yo subir el mío, pude ver la cantidad de nubes que presagiaban el chaparrón. Sin embargo, seguí en la máquina. No me importaba mojarme. Ella también se quedó y de vez en cuando noté que me miraba como quien ve detenidamente a su artista favorito sonriendo desde alguna valla publicitaria en la calle. El agua comenzó a caer y, por primera vez, me fijé con detalle en los chicos que acompañaban a la niña. Uno tenía aproximadamente la edad de ella y montaba la patineta con destreza. Al otro  no pude verlo muy bien, porque estaba lejos y la oscuridad lo cubría. Sin embargo, noté que era más grande. Llevaba un bulto colgado hacia adelante, al cual abrazaba como si cuidara algo, y estaba sentado en un muro.

           La lluvia hizo que las personas que quedaban se fueran del lugar y que los chicos corrieran a refugiarse en una especie de toldo que había en la esquina. Pero en ella provocó todo lo contrario. Se bajo de la máquina, se paró en la grama, miró hacia arriba, dejó que las gotas cayeran en su rostro y comenzó a dar vueltas, acompañadas de pequeños brincos. Me miró riendo y acepté la invitación. Llegué a donde estaba y abriendo los brazos,  dejé que el agua tocara mi cuerpo. La lluvia arreció junto con los ánimos. Comencé a jugar, a dar vueltas en puntillas en una especie de ballet mal ejecutado y un “¡Uhhh!” salió desde lo más profundo de mis entrañas, como si con aquel grito me liberara de alguna atadura. Ella también disfrutaba bailando un estilo de danza parecido al mío, al tiempo que hundía los pies en los pozos de barro que comenzaban a formarse. Yo había olvidado todo, hasta que en ese momento recordé mis tareas y mis deberes, pero ya no me pesaban. La vi reír con ganas y pensé que qué bien era ser así: libre, inocente y sin preocupaciones. Me sentí bien por haber disfrutado de mi niñez.

Nos mojamos hasta que escampó y, cuando ya no vimos caer más gotas, comenzamos a caminar hacia el toldo. “¡Qué fino estuvo!, comentó ella, mientras exprimía su cabello. “Súper”, respondí, entretanto hacia lo propio con mi camisa. Debajo del techo, los muchachos esperaban y se burlaban al vernos mojadas. Nos miraban y movían la cabeza de una lado a otro en un gesto de negación que lo que deseaba comunicar más bien era algo como “Qué horror” o “Están locas” o  las dos cosas.

Nos terminamos de acercar y el chico del bulto se levantó para cederme el puesto, permitiéndome ver qué era aquello que cargaba con tanto cuidado. Observé fijamente y sentí como  un aire frío, que no tenía nada que ver con el hecho de que estuviera mojada de pies a cabeza, me recorrió el cuerpo y el pensamiento. Ella pareció advertir mi sorpresa. “Vine a hacer ejercicio, porque después de que tuve a mi hija siento que quedé muy gorda”, dijo, mientras me veía con la misma expresión de idolatría de las veces anteriores. No respondí nada, sino que dirigí mi vista a aquel marsupio artificial de donde sobresalían un par de ojos de mirada verdaderamente inocente, tan inocente como me sentí en ese instante, que me miraban fijamente.

                                                       
                                                                                                 Claudia Hernández


jueves, 7 de agosto de 2014

Hoy y siempre, muy señora mía

         Marilala, siento que te necesito, cómplice de mi imaginación.  Como tú no hay otra. Te quiero hoy y siempre, lejos o cerca, me une el vernos en Maracaibo, bajo un inexpugnable anonimato, frente al relámpago del Catatumbo, donde nos daremos un beso eterno.

Tú que me conoces tanto, y yo que no me canso de soñarte. Déjame recorrer tu espalda en una cruzada por el romance, donde el deseo o las ganas de ver estrellas de color rosa determinen hasta dónde puedo llegar.

Eres una sombra que siempre me mirara, me juzgara e influirá en todo lo que haga, en lo que escriba y en mi vida sentimental. Nadie se me ha parecido a ti, a lo que tú generas, a lo que tú transmites. No tengo consuelo, no encuentro manera de olvidarte.

Cierro estas breves líneas dejando constancia de mi amor por ti. No me olvides, tengo miedo de vivir bajo la incertidumbre de no saber lo que es estar contigo, envidio absolutamente a todo el que te pretenda, ninguno es suficiente para lo que tú implicas.

Soy un egoísta si de ti se trata, la libertad sin ley es anarquía, y me da miedo los lobos que te desean. Sin ti soy tan pobre que solo tengo dinero. No hay  un “te amo” que se compare con uno que tu pronuncies. No me deje morir, señora del rayo.


                                                               
                                                                 Tomás Chitty

sábado, 2 de agosto de 2014

Reseña: "La Ley del cuerno"


74 periodistas han sido asesinados entre 2000 y 2011
La ley del cuerno, el retrato de una espeluznante realidad mexicana
“Aquí no hay autoridad”, dice la periodista y cronista Marcela Turati: 9 de cada 10 policías están comprados por el narcotráfico


            La ley del cuerno, publicada por ediciones Puntocero en el año 2011, recoge los trabajos de siete periodistas mexicanos: Juan Villoro, Pablo Ordaz, Edgar David Piñón Balderrama, Alejandro Almazán, Diego Enrique Osorno, Óscar Martínez y Marcela Turati. Los cuales, a través de sus testimonios, revelan: “Siete maneras de morir con el narco”.

           El narcotráfico mexicano tiene su génesis a finales del siglo  XIX e inicios del XX, en las zonas mineras de Sinaloa. Sin embargo, no es sino hasta lo década de los 70 cuando se consolidan las primeras familias narcotraficantes. En la actualidad, el problema de consumo y  las guerras entre carteles se ha agravado terriblemente, desencadenando una narcoguerra. 

             Ésta inicia, oficialmente, cuando el entonces presidente de México, Felipe Calderón, el 11 de diciembre de 2006, da el grito de guerra contra las bandas del narcotráfico, y éstas responden de vuelta, según la periodista venezolana, Maye Primera, editora y recopiladora de la Ley del cuerno. 

            El texto es un compendio de 7 crónicas periodísticas relatadas desde la voz de sus protagonistas y que retratan la espeluznante realidad mexicana. Más de 35.000 mil muertes en los últimos 5 años. El poder del narcotráfico, los crímenes diseñados, el prestigio de lo ilegal, el reinado de la violencia, la crisis de la gobernabilidad, el culto por el exceso, el papel de la mujer dentro de los cártel y el peligro que implica hacer periodismo en “un país de sangre y plomo”, como dice el periodista Juan Villoro, autor de “La alfombra roja, el imperio del narcoterrorismo”, uno de los textos que compone el libro.


Ser periodista y no morir en el intento. “México es un entorno donde decir la verdad es progresivamente peligroso”, asevera el periodista mexicano, Juan Villoro. Según cifras de la ONG Periodistas sin fronteras, México ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. La ley del cuerno, revela a través de testimonios, como los de Villoro y Edgar Piñón Balderrama, el asedio y las amenazas que padecen a diario los periodistas mexicanos por cuenta de los narcos.

          El narcotráfico se vale del uso de los medios de comunicación como estrategia política, bien sea para “quemar” al adversario, o para evitar que salgan a luz pública nombres o datos de sus parientes. “Los medios tienen historias impublicables”, resalta Piñón. “Ser periodista en los peores días de la guerra contra el crimen organizado puede volverse asfixiante. La incertidumbre te mata”, agrega.

Descomposición social. Las crónicas desvelan, una tras otra, cruentas cifras de asesinatos a causa del narcotráfico. “Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6000 personas al año”, resalta Pablo Ordaz, autor de “La muerte imparable”. En México reina la impunidad, los narco tienen comprados (o amenazados) a policías, jueces, políticos y periodistas. Utilizan la muerte como una herramienta de poder y trabajo. Lo más lamentable es que al 40% de los asesinados, según Ordaz, nadie los reclama, y en su mayoría son jóvenes que no estudian ni trabajan, sólo esperan su turno de matar o morir.
         El papel de la mujer dentro del cártel es retratado a través de la crónica de Alejandro Amazán. “Las que sicaríamos no necesitamos motivos”, así lo afirma Yeretzi, una de las “Chicas Kalashnikov”, quién luego aclara que “las mujeres no matamos por capricho, lo hacemos por dinero”. “En este país puedes matar a quien quieras, al cabo no pasa nada”, es parte del testimonio de Marta, una sicaria de 20 años.
           Esta descomposición ha sido originada por la narcoguerra, según la periodista Marcela Tintori. “La cómplice indiferencia de la justicia y el obligatorio silencio ciudadano”. La única ley verdadera en México, es la ley del cuerno de chivo, el poder de las balas. Por su parte, los narcos aprovechan sus “15 minutos de impunidad”.
           Se pavonean por las calles con sus atuendos excéntricos y exagerados, compran lo que deseen con sus dólares, productos de las drogas: gobiernos, mansiones, alcohol, armas, mujeres.  Cuando mueren, lo hacen como "Faraones", así lo afirma en su crónica Diego Enrique Osorio.

Por: Elvianys Díaz/ @ElviDiaz18


 




domingo, 27 de julio de 2014

Todo se transforma

                                                                         A  los de siempre

 El Chino

Ya estaba todo listo, cuadrado. Cuando hay cash todo es más fácil, porque le das algo a la gente, te hacen las vueltas y ya. Qué ladilla estar organizando detalles. Aunque de lo que sí me encargué fue del sonido. Eso tenía que escucharse al pelo y retumbar en todas partes. Con los vecinos ya había hablado para que no se la pusieran. Si querían, podían llegarse o si no, taparse la cabeza con la almohada. La curda estaba en su lugar también. El escocés para la gente especial que invité y los demás que se conformaran con gasolina de avión. Le di al dj una lista de temas infaltables que tenía que colocar en toda la noche y dejé que fluyera. Esa noche tenía que prometer, porque para la envidia de muchos tengo un año más sobreviviendo en esta vida de locura, de brujas y reales, de buenas y malas. Porque hoy cumple años un rey.

Enrique

No sé por qué quería hacerlo. Desde que me levanté llevaba dándole vueltas a ese beta en la cabeza. ¿Con quién? ¿A qué hora? Y todas esas cosas que uno siempre piensa. A pesar de que uno tiene experiencia, hay que maquinar todo para no caerse. Si la ocasión se prestaba, inventaba. La siesta me había hecho bien. Me levanté con energía para ir contra el mundo, sin creer en nadie. Y siendo hoy viernes ¡menos! Los desgraciados éstos me empezaron a tocar la puerta más temprano de lo normal y tuve que salir antes de lo que tenía pensado. No sé si ellos durmieron en la tarde, pero estaban alborotados. Franelita Under Armour, el Levisito  y las Jordan. Qué mas, pues. Hoy corono de todo.
   
            Al Chino le está yendo bien en las vueltas. Me ofreció un trago de 12 años cuando llegué. Sé que lo hizo porque ya puede ofrecer en sus rumbas algo más caché que el anis y porque me respeta. Aunque nunca me quejé de lo que daba en sus rumbas, porque para mí el Cartujo, con lo que venga, siempre será  una bebida de lujo. La vaina está bien: los panas, la curda, el baúl a morir que sale de las cornetas. No sé todavía qué regalarle al convive por su cumpleaños. Ya veré qué le doy…

La casa estaba a reventar, vino un poco de gente que andaba perdida. Es que ese Chino del coño es muy querido. Salí un rato a agarrar aire y a achantarme a hablar con los convives, cuando de repente sentí su mano tapando mis ojos y viajé al pasado: amanecidas hablando paja, soñando, planificando, jugando play, tomando. Tardes jugando al escondite, fusilado, stop, la ere… Había pasado el tiempo, pero era la misma mano, delicada, de largos dedos. La misma que siempre me impedía la visión hace años. Así que me liberé como solía hacerlo, diciendo la contraseña: su nombre. Carolina, susurré, mientras me reía. Estaba bella, como siempre, igualita. Jamás pensé que la vería por esos lados. Desde que se fue hablábamos poco. Pero su aprecio al Chino la hizo llegarse. Me abrazó como si no hubiera pasado el tiempo y me quitó el trago de la mano. Sus ojos brillaron al probar el whisky, me volvió a abrazar y se sentó al lado mío a conversar. Era ella, cambiada pero original, sencilla, alegre, amiga… Volví a contemplar la idea.


Isabel
  
             Salí de la estación de Metro, como cada noche, y comencé a caminar hacia la calle por donde se sube a mi casa. Estaba cansada. Avanzaba por inercia, mientras pensaba que esta rutina me estaba matando. El trabajo y la universidad, la falta de tiempo para distraerme, dedicarme a mí, tener vida social. Pero, bueno, hay que sacrificarse, después vendrá la recompensa. Me consolaba. Pensaba, además, que allá arriba tenía gente por quien luchar y que ellos lo valían todo. Pero qué dura es la vida del pobre, pana, definitivamente…

Cuando llegué a la parada,  salí de mi mundo mental, volví a la realidad y le menté la madre efusivamente al cielo. ¿Cómo es posible que no hubiera Jeeps? ¡Y que estaban de huelga porque mataron a uno de los conductores! Sí, entiendo, es un hecho sumamente lamentable, pero ¿qué culpa tenemos los pendejos? Porque los que nos fregamos con esto somos quienes tenemos que subir y bajar el cerro todos los días. Pero nada, respiré profundo y empecé a subir gastando lo último que le quedaba de energía a mi cuerpo.
  
             Al menos había gente en la calle, porque era viernes y eso en este barrio es equivalente al pre apocalipsis. La gente pierde la razón. Subía con pasos rápidos y cantaba mentalmente las distintas canciones que sonaban a todo volumen en las casas que iba dejando atrás. “No importa si el mundo me llama careta…”. “La mano arriba, cintura sola…”. “Ella quiere cualto, ella quiere cualto…”. Pasé la primera curva, tomé impulso y casi trotando, emprendí la subida o, más bien, la escalada de la calle siguiente. Es la más empinada de este barrio, me atrevo a decir, pero no hay de otra. Hay que subir. Al terminarla me detuve, respiré hondo y tomé fuerzas para continuar el camino. Faltaba poco pero había que escalar otra pendiente, menos empinada que la anterior, pero heavy de igual forma. Fue cuando volteé y decidí. Preferí irme por las escaleras y recortar camino. Ascendí con ánimo los escalones, saludé a algunos conocidos y terminé esa etapa del recorrido. Pensé en descansar un momento, pero al ver que el callejón estaba solo, caminé rápido y sin parar. No paraba, aceleré el paso y, cuando me di cuenta de que venía, corrí. Pero delante de mí salió otra sombra, que al acercarse se dejó percibir de carne y hueso. Con fuerza me empujó hacia la pared.

Carolina
  
             Acepté la invitación del chinito porque es de esos panas que son para toda la vida. Tenía tiempo sin andar por esas zonas. Desde que me fui, no frecuentaba por esos lugares y había perdido contacto con la gente. El día fue rutinario, hice varias diligencias que tenía pendiente y regresé a mi casa para recargar las pilas. Había pasado el tiempo, pero estaba segura también de que en esa fiesta iba a sonar lo mejor del baúl de la salsa, el son montuno, la cabilla… así que debía estar activa. Vestimenta casual y zapatillas (pa’ aguantar el trote). El Chino me mandó  a buscar con Joel en el carro para que me subiera, como si yo no me supiera el camino. Se ha tomado en serio eso de que me volví sifrina, porque me fui y ahora estudio y leo.  “Pero está bien, chama, échale bolas a tu vaina para que no seas bruta como yo. Ah, y acuérdate de mí cuando estés en tu gloria”, me dice siempre que hablamos. Yo le digo que se deje de vainas, que siempre lo recuerdo y que lo quiero demasiado, que no sea gafo, que se ponga las pilas. Pero no me hace caso ni me hará. Se dejó arrastrar por la rutina y la mentalidad del que ve pasar la vida hablando con los convis en la esquina.

              Cuando llegué y lo vi de espalda, no pude evitar taparle los ojos, como lo hacía cuando éramos unos carajitos. Sentí la misma confianza de siempre al verlo, incluso le quité el trago como solía hacerlo y me senté a su lado. Estaba tomando whisky y eso me hizo presentir que sería una buena noche. Enrique estaba hermoso, como siempre: sonriente, cariñoso, amable, amigo… El Chinito salió y lo abracé “¡Feliz cumpleaños, mi loco! ¡Qué bello estás!”. Hizo un gesto de picardía y me respondió que eso se debía a la buena vida. “Yo no esperaba verla. Es que tú sabes, ella ahora ya no anda con pobres”, agregó Enrique. Yo les dije que dejaran la gafedad, porque ellos sabían que seguía siendo la misma. Y con el impulso que me dio el  diálogo, aproveché. “Vamos a bailar es lo que es, Enrique, para que veas que me acuerdo”. Claro que me acordaba, a pesar de que tenía tiempo sin bailar salsa erótica en la sala de una casa. Él seguía bailando espectacular, como lo hacía en los matinés de todos los viernes. Seguía, además, estando en forma y usando buenos perfumes. Pensé en un momento en los medios que utiliza para darse ciertos gustos, pero deseché ese análisis. Preferí recordar nuestra adolescencia: las largas conversas, las rascas, las jodas con él y el chino, el amor puro, los besos y las caricias inocentes, y hasta algunos actos fuera de la ley.

              El Chino nos regaló la botella de whisky, después de que nos dijera “De toda la gente que está aquí, ustedes son los más reales, los de siempre”, y se fuera corriendo. Siempre le han incomodado las muestras de afecto. Enrique y yo  empezamos a prendernos y a reírnos de todo, a recordar nuestras vivencias. Todo lindo, todo cuchi, hasta que  me tomó de la mano, se me acercó y me dijo al oído una propuesta que culminó con un “Como en los viejos tiempos. ¿A qué no? ”. No hay que echarle la culpa de todo a los tragos, pero el alcohol me estimuló. Además, me quise poner a prueba.

Pasamos por los callejones sigilosamente, sin hacer ruido. Eran los mismos lugares, pero yo no los veía igual. Yo era distinta, efectivamente. Él se detuvo en un momento. “¿Segura que sabes?”, interrogó. “Eso no se olvida”, afirmé.  La chama advirtió mi presencia y corrió. La perseguí sin prisa y cuando la alcancé, ya Enrique sujetaba su cuello con un brazo y con la otra mano hundía sutilmente la navaja para infundirle miedo y para que no me mirara. Tomé su bolso y comencé a revisarlo. Los ojos de Enrique me miraban extrañados.  “Esta la está soñando, vale”, pensó probablemente. No comprendía por qué no agarraba la cartera de una vez y nos íbamos. Yo tampoco entendí  porqué quise revisar. En el interior había un monedero, un estuche de maquillaje, el celular, y varios libros (muchos, realmente), acompañados de un cuaderno. Agarré el teléfono y la despaché. “Bórralo, chama, pira de aquí y no voltees”.

Y comprendí a los muchachos. No era la misma. No pude quitarle el bolso, porque me vi reflejada en ella, porque ciertamente haber compartido en otros lugares y haber conocido otras realidades, me ha hecho comprender cosas, como que esos libros son más importantes y útiles para ella que un celular. Porque la universitaria víctima de la delincuencia pude haber sido yo. Entendí entonces que mi esencia siempre estará ligada a ese barrio, porque ahí crecí, pero que, no obstante, todo se transforma y mis ideas cambiaron.


Estaba linda la reflexión, hasta que el ruido de la sirena la interrumpió. Dejé de pensar, y si bien mi indolencia no era la misma de años atrás, el recuerdo de cada rincón de aquellos callejones y  la velocidad de mis piernas, seguían intactos.

                                                                                                        Claudia Hernández