martes, 28 de octubre de 2014

GISELA KOZAK ROVERO: "La literatura ha sido una forma de vida"

“Es como si de repente se necesitara pensar, tener otro lenguaje para entender qué ha pasado con nosotros", afirma la escritora de Ni tan chéveres ni tan iguales

Por: Elvianys Díaz / @ElviDiaz18

LiberArte está  ubicada en el local número 16 del Centro Comercial Los Chaguaramos. Es amplia, cálida y está bañada por la mezcla de la antigüedad y  el modernismo. La luz es tenue, un aroma a té impregna la habitación. Hay muebles, sofás y, por supuesto, libros de literatura, ciencias sociales, humanidades, poemarios y obras de arte. La banda sonora es un Jazz que lo envuelve todo. Es curioso, aunque el lugar es íntimo y acogedor, da una leve impresión de abandono, me recuerda a mi Alma Máter, la Universidad Central de Venezuela. Entrañable, sí. Pero con esa sensación de deterioro que te hace presentir que, en definitiva, tuvo tiempos mejores.  Allí me citó Gisela Kozak Rovero.

              Para la escritora y narradora venezolana, la literatura ha sido una forma de vida. “Es una forma de estar en el mundo, de pensar el mundo y la verdad es que no me arrepiento. La literatura fue una decisión vital para mí”, relata la también profesora de la Escuela de Letras de la UCV que, además, confiesa que Caracas es una de sus bajas pasiones. “Es como una mujer a la que se adora pero te trata mal”, comenta con un tono de nostalgia y picardía.

Kozak tiene una voz aplomada que deja poco espacio para el titubeo, y una mirada firme que se enternece y endurece, en la misma proporción, cuando le corresponde hablar de su ciudad, una constante en su obra. “Para mí, vivir en Caracas, ha sido  un tino, un destino, una elección, algo que a veces me molesta profundamente, pero es una relación muy contradictoria. Es una ciudad incómoda, peligrosa, dura, pero es mí ciudad, yo soy de aquí, lo que yo amo es de aquí, las cosas que a mí me interesan están aquí”, afirma como quien habla de un amor complicado.

Su prosa tiene el estilo mordaz, crítico e irónico que sólo se puede lograr desde la experiencia y la inteligencia. Ha escrito ensayo, crítica literaria, cuento, novela y artículos de opinión en los que resaltan temas como el feminismo, la diversidad sexual y, por supuesto, Caracas y la situación política y social del país. Su publicación más reciente, de la Editorial Puntocero, Ni tan chéveres ni tan iguales, narra y confronta, con el tono de una conversación casual, estereotipos del venezolano, el culto a lo militar, la gasolina regalada, el menosprecio a lo femenino, la cultura popular y el “cheverismo”.

“Me interesó saber, indagar, por qué, efectivamente, nos consideramos tan ricos, tan igualitarios, no racistas, abiertos. Cuando, básicamente, somos una cultura mojigata que no reconoce las diferencias que la atraviesan y que, desde luego, nuestra idea de la riqueza se contradice abiertamente con la vida de la mayor parte de los venezolanos", explica la autora.

—¿Qué significa ser chévere en Venezuela?
—Cómo vernos como esos sujetos henchidos de placer por la vida, henchidos de plenitud, en estado beatífico de felicidad y juventud eterna. Bellísimas las mujeres, simpatiquísimos los tipos. Además, energéticos, veloces, grandes consumidores de viagra. En un país peligrosísimo. ¿De verdad tu puedes vender, sin que se te caiga la cara de pena, un país como Venezuela cómo el destino más chévere? Esas son preguntas claves. Por ejemplo, ésta mañana Valentina Quintero decía: “En Canaima llegaron haber 100 turistas diarios. Sí, llegaban 100 turistas extranjeros, pero como el aeropuerto está malo llegan 10 o 15 por semana”. Entonces, esas cosas tienen que llamar la atención y yo creo que solamente las libertades de la literatura, el ensayo, la crónica, pueden plantearse esos problemas.

Y, en ese proceso de descubrir “cómo somos", Kozak considera que en Venezuela se está desarrollando un nuevo tipo de escritura, producto de la perplejidad que producen fenómenos como la polarización. "¿En qué momento un país tiene poblaciones que, en sus casos más extremos, parece estuvieran viviendo en dos universos paralelos, en dos planetas? Creo que a todos, de alguna manera, a los escritores y en general, eso nos ha golpeado. ¿Por qué hemos llegado a esto? Yo creo que todos nos preguntamos qué está pasando, y esas preguntas, no creo que no las hagamos de un lado nada más, por más que las explicaciones sean distintas. Además, es muy curioso pero tanto el libro de Héctor Torres, Objetos no declarados, como el mío, son una cosa fronteriza, tiene que ver con la crónica, con el cuento, con chismes, con observación cotidiana, con artículo de opinión. Es como si de repente se necesitara pensar, tener otro lenguaje, para plantearse al país. Y como escritores lo hacemos a partir de la vida cotidiana, de lo que tenemos a mano: ¿Oye, qué ha pasado con nosotros?”

Por lo tanto, la escritora y asesora en políticas culturales, considera que la literatura está tratando de construir un espacio de reflexión sobre lo que está ocurriendo, a través de un lenguaje donde la conversación sea protagónica. Cuando se le pregunta por el futuro de la literatura, sonríe y comenta: “No hay nada más fino, y más elegante, y más cool que estar diciendo que algo se está muriendo. La literatura se acabó, la muerte de la novela. Bueno, la literatura continúa, sorprendentemente, continua”.

—¿La nueva generación de autores venezolanos está reflejando en sus obras la cotidianidad del país?
—Creo, incluso, que a veces demasiado. Pienso, por ejemplo, que existe, en particular en el cuento, una fuerte tendencia a plantearse temáticas acerca de la sordidez, del vacío de la existencia, la droga, la sexualidad como problema, el amor como problema, la vida sin sentido. Es decir, una problemática que viene de un fuerte impacto de la literatura norteamericana, lo he comentado en varias oportunidades, Raymond Chandler, o cierta literatura  sucia norteamericana. Pero que, al mismo tiempo, es toda una manera de vivir estar aquí. Porque además, son escritores de diversas generaciones. Algunos de los cuales son orfebres,  por ejemplo,  Oscar Marcano que es el mayor de toda esa literatura sucia venezolana, y digo sucia en un sentido positivo. Todos esos escritores: Leopoldo Tablante, Carlos Ávila, Enza García Arreaza, en todos esos universos, un mundo que parece inmanejable, donde se vive una gran soledad, un gran abandono, una gran tristeza. Y creo que algunos cuentos de En Rojo caben perfectamente en eso, no lo había planteado pero caben perfectamente en esa onda.  Pienso que de todos nosotros quien ha retratado ese universo con mayor originalidad y ha permitido que asuma un significado más humano y más entrañable es Héctor Torres en Caracas muerde. Creo que es un buen momento para el cuento en Venezuela y hay, de verdad, manifestaciones completamente diferentes. 

—¿Y el tema  del desencanto y la violencia histórica?
—Evidentemente, en Venezuela, hay una literatura fuertemente crítica y sensible a la violencia, se impone el realismo sucio, cosa que no pasa en otra literatura. Pero también hay voces que evolucionaron de ese realismo sucio, es decir,  Postales sub sole de Fedosy Santaella, es un libro muy distinto al de Teofilus. Tenemos el caso, por ejemplo, de Israel Centeno que escribe una literatura sin concesión alguna.

Por cierto, ¿qué es el realismo sucio?
De alguna manera así se llamó a cierta literatura norteamericana que tenía que ver con la violencia, con la marginalidad, etc. Pero es una forma, digamos, de plantear la fuerte presencia que tiene entre nosotros una literatura del varón desencantado, solitario, marginal, borracho, drogadicto, que tiene graves dificultades para vivir su mundo. Y creo, te reitero, es un momento en el que hay muchísimas propuestas, unas más conocidas que otras pero que realmente vale la pena acercarse a ellas. Una literatura que sea capaz de plantearse todos los caminos, no solamente el desencanto varonil y de la decepción, y la marginación frente a un mundo terrible, sino también los múltiples caminos del vivir humano en nuestro contexto. Está también, por supuesto, Sánchez Rugeles, nuestro máximo realista sucio. Él tiene algo que es una cualidad muy importante: puso a leer a gente que no se acercaba a un libro.

Usted los ha llamado la generación Liubliana
—Generación Liubliana, una generación altamente desencantada que se quiere ir del país, una cosa extremadamente dolorosa y tremenda que está ahí. Y que, por cierto, la gente espera que  Sánchez Rugeles un poco exprese  en su vida y en su personalidad eso, pero ese un hombre feliz. Irónico, desencantado, pero feliz. Un tipo que ha trabajado a pulso su cerrera literaria, y me parece muy bien, y ha conseguido, de verdad, que un montón de gente joven lea.

—¿La revolución bolivariana ha influido en la literatura venezolana actual? ¿De qué manera?
Bueno, la primera influencia podría ser de carácter temático, En Rojo, hay cosas de la revolución bolivariana que están presentes. Carlos Noguera ha trabajado algo ese tema. Digamos, eso sería lo más epidérmico. Es decir, que se tematicen asuntos políticos. Yo creo que en lo hondo, toda ésta voluntad de escritura, de indagar a fondo en las llagas, en los dolores y en los problemas de  la sociedad venezolana está vinculado precisamente a esa situación que nos ha puesto cara a cara con nuestro destino cómo venezolanos, estemos aquí o no. Pienso en la narrativa de Méndez Guédez, hay escritores que han tocado el tema. Pero, además, está vinculado a toda una problemática de la diáspora, es decir, la gente que se va. 

—¿Considera qué Venezuela sigue siendo el país que siempre nace?
—Más que nunca, es decir, cada día más. Venezuela tiene un problema y es que tiene que volver a andar lo andado. Es el país inventor del agua tibia. La enorme tendencia del gobierno al inútil ensayo y error.

—¿A cuál género literario se le parece la Venezuela de hoy?
—Sainete con género de terror…

—¿Y a Gallegos con la barbarie?…
No, para nada, esto es… ¿Cómo le podríamos decir?... Un sainete sin humor y pleno de crueldad, eso es. Porque el sainete se define por el humor, pero no, esto  es un sainete que aterroriza, ese es el género de Venezuela.


Gisela Kozak, la escritora

Se formó con los escritores del Boom, de España. “En los años 80, cuando yo estudiaba Letras en la UCV, leí a Vargas Llosa, a Carpentier que me cambió la vida y decidí convertirme en latinoamericanista, leí a Marta Traba, por supuesto a Borjes, a Cortázar, a García Márquez. Una literatura compleja, con un ánimo revolucionario. Eso fue lo que me formó a mí cómo escritora”, relata la autora de Todas las lunas.

Mientras compartimos un té, en los espacios de Liberarte, confiesa que depositó sus utopías y pasiones en Todas las lunas: la música clásica, el erotismo, los clásicos literarios. “El lenguaje te da la posibilidad de conformar un mundo a partir, precisamente, de esas cosas irrealizables”, enfatiza con una sonrisa. 

"Tengo que reconocer que de adolescente y de joven a mí me impresionó muchísimo el neorealismo italiano, de Passolini, de Visconti que ya, además, las veía reestrenadas en el cine de la universidad”. Todas esas películas y autores conformaron un imaginario, unos colores, una manera de ver el mundo, de plantearse  la  literatura como una decisión vital y que constituyen a la escritora de hoy.

Una narradora mordaz que desde la elegancia, la crítica y la ironía, decidió que Venezuela formara parte de su trabajo. "Formó parte de mi trabajo en Ni tan chéveres ni tan iguales, también En Rojo y en Latidos de Caracas. Y bueno, ni hablar de mi trabajo crítico, porque ha tenido que ver en los últimos años con las políticas culturales venezolanas. Pero eso es una decisión personal, creo que la relación no es la misma en todos los escritores. Cada escritor escoge su manera de plantearse su  rol respecto al problema político". 

La obra 

Egresada de la Escuela de Letras de la UCV, Magíster en Literatura Latinoamericana, y  Doctora en Letras por la Universidad Simón Bolívar. Ha publicado: los ensayos Rebelión en el Caribe Hispánico. Urbes e historias más allá de boom y la postmodernidad (1993), La catástrofe imaginaria (1998), Venezuela, el país que siempre nace (2007), La literatura asediada: revoluciones políticas, culturales y sociales (2012), Ni tan chéveres ni tan iguales (2014); el libro de cuentos Pecados de la capital y otras historias (2005); y las  novelas Latidos de Caracas (2006), En rojo (2011) y Todas las lunas (2011).



viernes, 3 de octubre de 2014

Amor que mata

              



          
 Ella nunca estuvo muy bien de la cabeza. Me consta. Y no sólo a mí, sino a mi difunto amigo. Él estuvo enamorado de ella hasta  la muerte, que irónicamente parecía ser la amante secreta de ella. Al final de todo, no quedaba más que  escuchar las suposiciones de cada persona cercana a ellos para tratar de entender qué ocurrió.


           Al parecer ellos se amaban a desmedida, pero las conductas sadomasoquistas en sus relaciones sexuales no los ayudaban mucho. Ciertamente, él siempre cargaba un moretón nuevo y constantemente estaba agobiado por  el dolor, no sólo físico, sino mental. Ni hablar de cuando lo llevamos a rumbear sin el permiso de ella. Fue la primera vez que lo vi tan sonriente tras tantos años de matrimonio (nueve para ser exactos) y vida con esa mujer, pero también fue la primera y única vez que estuve frente a un amigo al que le pegaba su mujer.

           Esa última noche nadie la sabe contar con exactitud. Seguramente para los policías está siendo un problema resolver este caso, en el que hay muchos testigos, pero nadie maneja la información correcta. Es muy confuso. Al igual que Sócrates, un vecino (muy mirón por cierto) que les dice a los investigadores: “Yo solo sé que no sé nada”.

           Por lo que se escucha entre todo el cuchicheo de las mujeres y algunos caballeros del funeral, la es culpa de ella, quien  sólo lloraba para disimular su gusto por la muerte de su esposo. La gente es muy cruel y cuando creen conocer a alguien, son aún peores, porque sienten que pueden criticar a diestra y siniestra.


           Ellos eran muy felices, es todo lo que sé. Y su trágico final no debería ser tildado de homicidio involuntario, sino de suicidio involuntario, ¿quién le mandó a casarse con ella? Con una mujer que come plástico y que él por complacerla se atragantó con una bola del mismo, proveniente de un consolador usado.

                
                                                                                                                    Anónimo

sábado, 27 de septiembre de 2014

PARADOJAS

Son los seres de la oscuridad
que cada noche se despojan de su
piel diurna para deslizarse
por el asfalto capitalino
CARLOS VILLARINO

A mi cómplice favorita


         —¡Acepto!

_________


        El pasado no existe y menos cuando guarda sabor a fracaso. Es amargo sentirse el perdedor de una contienda, sobre todo cuando ésta guarda relación con algo tan imprescindible en nuestra cultura falocéntrica: la virilidad. Eduardo y su figura de macho bravío habían caído, literalmente, ante los encantos de la seductora piel de Milagros, que había resultado todo lo contrario a su nombre. El destino a veces puede ser cruel y paradójico.

      Ella, una dama de la noche, y él un jeque de ciudad. Porque ante el culto a la nocturnidad las corbatas más elegantes se deslizan como guantes de seda. Somos seres de la noche. Un enérgico compendio de oscuridades y sombras que se mezclan, y se adhieren a la piel de quienes se embarcan en los deliciosos peligros de pertenecerle al éxtasis y al placer de lo prohibido.

          Quizás su mayor error fue toparse con la mujer equivocada. La madrugada se hizo eterna entre la peligrosa amalgama de licor, polvos y deseo. Él la miraba con una inmoralidad turbia de pasión fogoza que nada tenía que ver con su perfil de empresario respetable. La cultura y sus años en la Princeton University se perdían a mil años luz ante la figura de buena hembra de senos firmes, sabrosos y bronceados de Milagros. Ella por su parte se olvidaba del pudor y sus caderas se movían al ritmo de una danza perversa y macabra capaz de engatusar hasta al sacerdote más fiel. “La mujer es el demonio”, dice el refrán popular.

            Era difícil no perder la cabeza ante aquel mujerón. Por lo tanto era comprensible que Eduardo perdiera la cordura, aún estando consciente de que mañana sería su matrimonio. Arreglado, claro está, como todo en su vida. Su compromiso con Isabella era todo un anhelo. Refinada, educada en los mejores colegios de la ciudad, de tez blanca y perfecta. Cursa el séptimo semestre de Estudios Políticos en la UCV, es una oradora impecable, no hay quien le gane en un debate. La muchacha escribe unos artículos de opinión arrechísimos, pero tiene dos secretos. El primero tiene que ver con su padre. El segundo con Antonio Arismendi, su profesor de cátedra, un cronista brillante oriundo de Mérida, que tiene un verbo implacable y, según ella, “escribe cómo los dioses”. Aunque todos saben que esa carrera es un “mientras tanto”, porque cuando se case con Eduardo la tendrá que abandonar. Él no va a permitir que la mujer que lo debe representar ande por allí en jeans y guayaberas gritando consignas en nombre de los menos favorecidos. ¿Qué vaina era esa del feminismo? ¿Qué carajos era ese interés de luchar por los derechos humanos? ¿Matrimonio igualitario para las minorías sexuales? “¡No me vengas con pajas, chica. Marico no es gente!”, solía decirle él cuando tenía unos whiskycitos encima. Y ella se molestaba, porque tenía un carácter que Dios se lo bendiga, y lo dejaba solo. Ya estaba cansada de explicarle, con los mejores argumentos, su compromiso de lucha social. Entonces él compraba un camión de rosas, y se aparecía en la universidad vistiendo una franelita con un árbol que decía: “Salvemos al mundo”, y ella se iba con él tan sólo por evitar que la siguiera avergonzando.

_______


            —Chamita, ¿entonces te casas mañana?

            —Sí, profe.

        —Coño... Y me disculpas el francés, pero ese tipo que escogiste es un pendejo, muchacha... Tú te mereces...

            —No, profesor, no me diga lo que merezco porque usted sabe que...


            Isabella sabía que a su brillante y admirado profesor le pesaba demasiado la brecha de veinte años que los separaba. “Veinte años no son nada”, dice un tango. Lo que comenzó cómo la más inocente de las admiraciones académicas se había transformado en un sentimiento distinto. Y él, hombre al fin, lo tenía claro. Su experiencia y la mirada vibrante de ella confirmaban el diagnóstico. Para él aquello no era nuevo, todo lo contrario. Sin embargo, con Isabella le pasaba otra cosa, no conseguía serle indiferente, le correspondía en la presencia del sentimiento. Pero se frenaba, porque era un tipo correcto, porque ella era su alumna, porque la edad se imponía, porque en casa lo esperaba una compañera de años, y ella tenía un novio, un completo imbécil, pero era su novio. Y Antonio era demasiado ético cómo para correr el riesgo, cómo para perder la cabeza, cómo para echarse esa vaina encima. Por eso, su romance intelectual no pasaba de eso. Aunque una vez, estando en su oficina, en el departamento de la Escuela, ella lo besó. Fue un beso dulce, casto e inocentón que les quemó la boca. Bendito sea el roce de aquellos labios rosados y sensibles sobre los suyos tan ávidos de ella. Entonces la envolvió en un abrazo, y sus labios se volvieron a juntar. Y se besaron sin pudor, con la torpeza de unos quinceañeros. Se besaron con la rabia de sus años y el tiempo se detuvo. Pero de allí no pasó, y juraron que nada había ocurrido.

             —Antonio, a mí no me importa si esto no es correcto. ¿Sabes que es correcto? Que yo te adoro...

                —Chamita, yo te quiero -interrumpió él. Pero esto no puede ser, perdóname.

             Aquello bastó para que ella no lo olvidara. El placer de la sabiduría en sus labios sedientos permanecía como un tatuaje. Nada que ver con los besos fríos y mojigatos de Eduardo, su novio.


________


             —Eduardo...Tengo algo que decirte -susurró Milagros en plena faena amorosa. 

             —Dime, mamacita murmuraba él, mientras la embestía una y otra vez.

           Sus pieles sudorosas de pasión; con aroma a sexo salvaje se rozaban ferozmente. Él ardía, mientras ella estallaba por dentro...


            Sin embargo, aquella confesión hizo las veces de un eficaz coito interruptus. El tono mordaz y cínico, la manera perversa de mover la boca al pronunciar cada palabra. No, no hubo anestesia en aquella revelación que carecía del sentimentalismo que caracteriza a ese tipo de noticias. Él se puso pálido, la erección se desmoronó, y el miembro regresó a su estado pasivo. Se le secó la garganta, lo que le provocó tos. Los ojos se le irritaron y enrojecieron. Estuvo a punto de llorar. O quizás fue la mezcla del escocés con las otras sustancias lo que generó tal reacción. No tuvo tiempo de pensar demasiado. Cayó derribado sobre los pechos de ella. El repique del celular lo sacó de su estado de trance.

           —¡Aló! dijo Eduardo, todavía aturdido.

          —Eduardo, yo no te amo -indicó una voz aplomada del otro lado del teléfono.

           —Pero a tu padre y a su empresa sí -aseveró él.

          Colgó la llamada y desterró de su mente el ataque de sinceridad de su futura esposa. A cómo diera lugar esa boda, su boda, se llevaría a cabo. El acuerdo se realizó hace un año, cuando ella cumplió sus veinte primaveras y su actual suegro le solicitó un préstamo para su empresa quebrada.


  —Tienes que abortar -dijo con un tono inexpresivo, recuperando la conciencia, mientras dirijía una mirada implacable hacia Milagros.

        —No voy a hacer esa vaina... No de nuevo, chico.

        —¡Maldita, puta! Claro que lo harás.

        —¡Pero no podemos matar a nuestro hijo!

       —No me vengas con lecciones de moralidad. Además, seguro esa barriga no es mía -gritó Eduardo, mientras se bajaba de la cama y se ponía el pantalón.

         — No te puedes casar, Eduardo, estoy embarazada de ti - aseveró Milagros.

     —Si tú mujer se entera te botará. Es más, si te empeñas en casarte, mañana me aparezco en la iglesia y suelto la bomba -decía ella, mientras se acariciaba el vientre sudado y desnudo, que hace menos de veinte minutos él besaba, mordía y lamía sin decoro.

        —¿Me estás amenazando, zorra? -interrogó Eduardo, con los ojos ardientes, mientras le sostenía con fuerza la muñeca.

          —¡Ay!, me estás haciendo daño, animal -gimió ella. No importa lo que digas, mañana todos sabrán que la futura madre de tu hijo soy yo.


                A Eduardo se le puso turbia la mirada. La sujetó, una vez más, de la muñeca. Y le atisbó un puñetazo certero al rostro.

           —!No, por favor, Eduardo, no! -suplicaba Milagros, mientras él sostenía con la otra mano una almohada.

              —Ahhhhhhhhh

            Fue lo último que se escuchó la suite 429, de aquel hotel ubicado en una calle de Chacaíto.

__________



           —¿Y cómo estuvo la despedida de soltero? -preguntó el sonriente padrino de dientes blaquísimos.

               —No hubo, bro -respondió Eduardo

               —¿Y esa cara de trasnocho, picarón?

               —La que debe tener todo el que va al matadero, quiero decir, al altar.

               —Marico, pero yo te mandé a la de siempre...

                —¡Te dije que no hubo despedida, carajo! -gritó Eduardo con violencia.


                La flamante novia de tez blanca y cara de llovizna, no tardó en llegar del brazo de su padre. Y se cumplió, cómo si se tratara de un guión bien ensayado, todo el protocolo de la boda. Hasta que, estando los novios frente al altar, el cura les formuló la pregunta definitiva:


            Mientras tanto, sentado en la ultima fila de la iglesia, uno de los invitados, el profesor Arismendi, lee con disgusto la primera página de La Voz: “Hallan sin vida a mujer en un hotel de Caracas”. La causa de la muerte fue asfixia, y las autoridades manejan la hipótesis de un crimen pasional. Mientras lee la noticia recuerda sus famosas crónicas policiales y carcelarias, y sonríe a medias. Luego recuerda para qué está allí y la expresión de disgusto regresa. Está a punto de olvidar su ateísmo y ofrecerle una velita al Santo que sea para que su chamita no se case.

               —¡Acepto! responde el acelerado novio, con los ojos rojos.

          Es el turno de Isabella, todas las miradas están puestas sobre ella. Su boca se mueve, gesticula, está a punto de emitir la esperada respuesta. Sin embargo, el sonido de una sirena de policía, que proviene de la parte de afuera de la iglesia, no permite que su voz sea escuchada.





Elvianys Andrea Díaz 




sábado, 13 de septiembre de 2014

La bicicleta

La bicicleta
es un vehículo movido por el deseo,
cuyo motor son los sueños.
ELOY TIZÓN
A Ana Julia


      Los nervios, los nervios. ¡Ay! Los benditos nervios que produce toda primera vez. El corazón se acelera, en el estómago bailan mariposas. Una rara, pero seductora, sensación de vértigo se apodera de todo el cuerpo. Sin embargo, esos nervios podían resultar gratificantes y esa era una sensación que Salvador conocía muy bien.

       Recuerda, con especial ilusión, aquella primera vez en la que sus pies se elevaron del suelo. Se sintió completa y absolutamente libre. Pero qué niño de cinco años no se siente el ser más libre del mundo. Salvador creció siendo libre, con los ojos abiertos, y también con los ojos cerrados. Se hizo escritor y con el lenguaje superó las limitaciones que trae consigo la existencia misma. Se ocupó de crear nuevas realidades a través de magistrales descripciones cinematográficas y sutiles coqueteos con la ficción. Sin embargo, hubo algo que jamás pudo narrar en sus relatos. Es que todas las palabras le parecían superfluas ante aquella inexplicable e indescriptible sensación de libertad plena y absoluta de su niñez montado en aquel particular vehículo.

     Intentó describirla de muchas formas. De manera sistemática, indicando que su máquina de ensueño tenía dos ruedas, dispuestas en línea y diametralmente iguales; un par de pedales dispuestos uno del lado derecho y el otro del lado izquierdo, simétricamente alineados; un manubrio, para dirigir el velocípedo; un asiento sobre el cual reposará cuerpo del conductor; una cadena metálica que hará las veces motor y, por su puesto, una carrocería, en este caso un cuadro metálico, sobre la cual  irán engranados y dispuestos los elementos mencionados con anterioridad. Las había de distintos tamaños y colores; con características especiales para los distintos tipos de terrenos. El equilibrio era un elemento clave que se adquiría con la experiencia (después de algunas caídas), y el movimiento de los pies sobre los pedales debía ser constante para poder obtener velocidad.

         Sus intentos de plasmar en el papel aquella experiencia eran totalmente inútiles. La narrativa le estaba fallando. La verdad sea dicha, era él quien le fallaba a ella. Y en esas horas de desvelo entre el bloqueo y el papel en blanco, el escritor comenzaba a cuestionarse severamente la profesión que había escogido. Entonces cerraba los ojos, se aferraba a las sensaciones, y se transportaba a su infancia, y se volvía etéreo, recordando las horas en su bici.  Pero los prejuicios de la edad son como la realidad, siempre se imponen. Si bien los años le habían traído experiencias y nuevos conocimientos, la ciudad, las colas kilométricas, la rutina, el gobierno, las dificultades, la contaminación, los conflictos con las editoriales, la economía, la inflación, las noticias, la inseguridad, las responsabilidades, se habían instalado cómo obstáculos en aquella travesía que quería emprender. Qué difícil resultaba ser libre. Que utópica se volvía su preciada emancipación. En definitiva, ya no era el ser autodeterminado, aunque nervioso, que se subió aquella tarde de agosto a su primera bicicleta, naranja y pequeña, cómo él, con las ruedas que parecían un arcoíris. Su padre lo miraba entre orgulloso y preocupado. Pero la insistencia y la determinación del infante en no usar más las rueditas de apoyo, influyeron en la decisión del papá de permitirle a su chamo manejar el vehículo a su voluntad. Y así, asustado, pero emocionado, Salvador, puso a andar su bici en el Parque del Este. Con el  Ávila, imponente y majestuoso de fondo, mientras que la brisa fresca caraqueña acariciaba sus mejillas rosadas y rechonchas. Y mientras crecía  descubría que a la velocidad del pedal el parque, el Ávila y su ciudad podían verse más bonitos.

         Pero los años han pasado, porque el calendario siempre parece ir con prisas. Y ante su incapacidad de plasmar aquellos recuerdos, el escritor salió de su casa un domingo de mayo. Regresó al mismo parque de años atrás, que ahora tiene un nombre distinto, pero él sigue llamando igual, y sonrió con nostalgia al descubrir que no era el único que había envejecido. Con los mismos nervios de la infancia, porque tenía años sin manejar— y el corazón acelerado, pero con la mirada aplomada y la seguridad de que lo que bien se aprende jamás se olvida, puso un pie sobre cada pedal, comenzó a mover las piernas y le dio paso a la velocidad. Confirmó, una vez más, la preciada sensación de libertad. Era verdad, su ciudad, al pedal, era mucho más hermosa. Sin embargo, en esta ocasión, la felicidad duró poco. Su emancipación se vio interrumpida y frustrada por unos gritos.


                                                                       ___________


        El hombre cae al suelo y pega la frente contra el piso, tiene sesenta años, está sufriendo un paro cardiorespiratorio. Algunos deportistas que se encontraban en el parque, intentan practicarle los primeros auxilios, pero no cuentan con el equipo necesario y el hombre, inevitablemente, muere ante los ojos curiosos de los que allí se encontraban. Alguien llamó una ambulancia, pero ésta tardó treinta minutos en llegar y no contaban con el equipo de reanimación para  revivirlo. La fatalidad se imponía. Qué ciertos resultaban en aquel momento aquellos versos que rezan que "La muerte muy segura en su victoria, suele darnos una vida de ventaja". 

       Salvador estaba pálido y no salía de su estado de impresión."No hay ficción que supere a la realidad", pensó, mientras se hacía la señal de la cruz. Sin embargo, no hubo tiempo de regresar a la calma. Se escucharon gritos nuevamente, ésta vez venían del estacionamiento, unas chicas manifestaban que sus vehículos habían sido abiertos, y se habían robado sus artículos y ropa deportiva... 

                                                           ___________

        Salvador llega a casa consternado, abrumado. Se debate entre la realidad y el deseo, toma un libro de su biblioteca, marcado en la página 121, y lee en voz alta una frase de la escritora Gisela Kozak Rovero:

Libre es quien todo lo tiene
y a todo renuncia
y a todo vuelve.

       Él sabe perfectamente que sólo a través de la literatura puede regresar a su infancia libre, pero es consciente de que, cómo decía su admirado Cortázar, también es una de las muchas formas de participar en los procesos históricos de un país. Sabe perfectamente que mediante la narrativa puede relatar la "realidad". Entonces, con la convicción que lo caracteriza, encendió su computadora, abrió un documento en blanco y escribió en la primera línea:


Crónicas de una ciudad al pedal...






Elvianys Andrea Díaz




lunes, 1 de septiembre de 2014

Pasiones Fatales II




“Trilladas se me escuchan las palabras, es que a todos nos tocan algún día”
KANY GARCÍA





    Me di cuenta de que todo eso que dicen del matrimonio era verdad. La convivencia entre Eloísa y yo se mantenía en pie solo porque la fuerza de la costumbre la sostenía. Eso era todo: adaptarnos a vivir en la peligrosa comodidad que sugiere la monotonía. Aquella fuerza arrolladora que nos había impulsado a querer compartir nuestras vidas se había acabado, y era reemplazada ahora por una rutina que nos pesaba, como sabiamente expresa el refrán, más que un matrimonio ajuro. Siempre he pensado que la sabiduría popular suele ser cruel y acertada en la misma medida. No vayan a pensar que soy prepotente por asegurar que sé lo que mi esposa sientía exactamente. Lo que pasa es que estos veinte años no solamente han traído consigo celebraciones de aniversarios, reuniones familiares y dos hermosos hijos, sino un amplio conocimiento de nuestras personalidades por parte de ambos. Por eso, aunque haya tratado de ignorarlo, fue inevitable que notara en su mirada que ya no me amaba. Aunque fue más doloroso aún aceptar que yo le correspondía en la ausencia del sentimiento:

Fingir demencia es bueno en algunas ocasiones. Pero este no era el caso y lo aprendimos a los golpes. Tú también te hiciste la loca, Eloísa. Que Carla y Sebastián se hayan ido de vacaciones con tu hermana fue quizá el hecho más trascendental que nos ocurrió en los últimos meses. Nos sirvió para dejar de disimular. Ya no debíamos darnos un beso frío y sonreír por compromiso delante de ellos, ni yo tenía que guardar las formas llegando temprano a casa. Por eso fue que empecé a regresar del trabajo cuando ya dormías. Prefería salir de la oficina y caminar, sentarme en un banco o entrar en el bar que fuera y esperar a que las horas pasaran. Cualquier cosa era mejor que entrar a la casa y tener que mirar de frente el fracaso de nuestra relación. Lo que sea era preferible antes de tener que enfrentar la posibilidad de que algún día me pidieras que nos sinceraramos. Sí, los años me habían vuelto un poco cobarde.


Tu orgullo no te permitía reclamarme por mi actitud. Sé que prefieres estar muerta a permitir que alguien descubra que tiene la capacidad de lastimarte. Pero esa psicología yo la conozco. A diferencia de tus pacientes, yo sé cuáles son tus técnicas para analizar a la gente y para reaccionar ante las situaciones. Por eso entiendo porqué decidiste guiarte por tu instinto y aparecer esa tarde en mi oficina. Sospechabas algo. Sin embargo, la sorpresa te dejó helada, porque nunca imaginaste que me encontrarías en mitad de un beso con Miguel, mi asistente. ¿Sabes algo? Con él todo había vuelto a renacer. Al principio quise oponerme a lo que sentía, pero después lo acepté. Ya tú no estabas como hace dos décadas para salvarme, suponiendo que el amor que sentía por él pudiera considerarse maligno. Ya tú no estabas como en nuestra época de universitarios en la que aquel compañero nuestro llamado Germán me llegó a gustar tanto como tú. En ese tiempo las presiones familiares y mi debilidad emocional ante el qué dirán me hicieron pensar que aquello era inaceptable. Entonces me aferré a tu inteligencia y a tu belleza para ignorar aquella atracción en la que era correspondido. Ahora comprendo muy bien esa frase trillada que reza que los cuarenta años son los segundos veinte. La vida me estaba presentando de nuevo la oportunidad de querer y no la iba a desaprovechar, porque él me estaba salvando del suicidio del que había estado siendo víctima contigo al condenarme a dejar de sentir.

No te daré más detalles por respeto y consideración. Solo diré que él se volvió muy importante en mi vida. Me hizo conocer pasajes de mí mismo que no imaginaba que existían. Tú también lo hiciste en su momento, Eloísa, y creo que es oportuno recordarte que te amé muchísimo. Con Miguel descubrí facetas que me hacían sentir feliz y me atreví a hacer cosas en las que jamás había imaginado participar. Pero la que superó a todas fue la de aquella maldita noche en la que fui Kiara e interpretando “Qué bello” hice mi primer y único show. Fue algo inolvidable: las luces, la atmósfera del bar, los aplausos de la gente y la mirada iluminada de Miguel. Se notaba tan orgulloso. Sabía que lo deseaba a morir. Yo sé que, de haberme visto, te habrías avergonzado de mí. Menos mal que no fue así.

Sin embargo, la felicidad se me acabó al llegar a la casa. Vestía la ropa con la que había ido a trabajar, aunque todavía olía a las cremas que me había echado antes de salir a la tarima. Deseaba que estuvieras dormida para que no lo notaras. En algún momento me sentí mal al pensar en esto, así que pasé por el despacho antes de subir para tomarme un trago. Justo cuando me senté para beber el primer sorbo de whisky, vi mi arma en el escritorio y me alarmé. Ese no era su lugar. ¿Pero qué es esto? pensé. Así que tomé la magnum y corrí hacia el cuarto para cuestionarte, con prueba en mano, por tu error de haberla tomado sin permiso. Y se jodió todo. ¿Por qué, Eloísa, ah? ¿Por qué coño tuviste que hacerlo? ¿Por qué tenían que ser tan hijas de puta? La escena de mi madre y tú en nuestra cama destruyó nuestras vidas. Nuestra relación ya no servía, no existía. Y sí, me había metido a maricón, ¡pero jamás fui vil ni irrespeté el hogar que habíamos formado!

Nunca en la vida había sentido tanto odio, y lo peor fue que creyeron tener el control del momento. "Dios te bendiga, Manuelito”. Ja! Siempre mi madre dejándose traicionar por la soberbia. No contaban con el detalle del arma, hasta que las apunté y sus rostros alegres solo hacían muecas de pánico. Sus ojos solo reflejaban terror. Los míos se consumían de la rabia. Estuve a punto de jalar el maldito gatillo, pero al desviar la vista un segundo y ver los restos de escarcha que había en mi mano, se me cruzaron los cables. La vida me pareció absurda. No podía comprender cómo habíamos llegado hasta ahí. Pensé en mis hijos y en Miguel, que son pura luz. Me sentí inmoral para reclamar, aunque la arrechera me consumía, y dejando atrás al Manuel que había sido toda mi vida, me fui.

Aquel torbellino de sentimientos hicieron que me retirara sin decir palabra alguna. Había decidido alejarme de todos y empezar de cero. Volvería cuando hubiera podido haber pasado medianamente el trago amargo y estuviera listo para ver a mis hijos, porque a ellos no podría dejarlos nunca. Pero ya no era el mismo:la imagen de ustedes en la cama se volvió una pesadilla, un peso constante, un parásito que, alimentado por el resentimiento, creció dentro de mí. El odio que me había producido la traición de ustedes me encegueció. Seguro creíste que todo se quedaría así, que después de todo sí tenían el control. Pero no, Eloísa, resulta que toda mi vida había perseguido la justicia a través de la abogacía y ésta vez también tenía que conseguirla, así fuera con otros medios.

¿Por qué con mi madre, ah? ¿Por qué tenías que intentar quitármela y ponerla en esta situación? No es justo. No podía permitirlo. Así que la tuve que liberar para siempre y definitivamente. Ya no tendrá que traicionar a su hijo para enredarse contigo. Le quité ese peso de encima. Ya no suspirará de vez en cuando pensando en lo que hizo, porque, de hecho, ya no puede inhalar ni exhalar. Y tú eres la única culpable. Tendrás que aprender a vivir con eso.

Fue doloroso aceptar que yo le correspondía en la ausencia del sentimiento, del amor. Ahora seguro debe estar leyendo esto y pensará que soy un monstruo. ¿Y saben? Tiene razón, como casi siempre. Ella nunca dio su brazo a torcer y yo siempre cedí. Ahora que lo pienso, ese fue el motivo principal de la debacle matrimonial. Pero eso ya no importa. Yo siento la presión del cañón de la magnum en mi sien y contemplo la idea de presionar el gatillo. Una basura como yo no merece vivir. Aunque, realmente lo que no merezco es morir ahora. Sería huir, ser cobarde, tonto y tomar el camino más fácil. Lo correcto es quedarme para apreciar el fruto de mi venganza, pero también para cargar con esta cruz mientras respire, porque ella y yo viviremos para pagar por esto. Pienso de nuevo en Carlita y Sebastián y confirmo que lo mejor es permanecer aquí, en esta dimensión. Nunca los dejaría solos y Eloísa tampoco lo hará. De eso me aseguraré, porque a partir de hoy esta piltrafa humana en forma de indigente se convertirá en su sombra.


                                                                                         
                                                                                        Claudia Hernández

viernes, 29 de agosto de 2014

Pasiones Fatales I


Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
PABLO NERUDA

 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal.

          


         Giré la perilla con destreza, lo quería sorprender. Sin embargo, una vez en su oficina, en el Bufete, mis ojos fueron testigos de una escena cinematográfica y sin censura que se reproduce una y otra vez en mi cabeza. Y, en definitiva, la sorprendida fui yo.

         El corazón se me desboca, me falta el aliento. Él voltea y nuestras miradas se cruzan. “No es posible, no es posible, no es posible”, me repito como un mantra.

           ¿Y ahora?
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         Ay, Manuel... Ahora sabes a whisky, tú que nunca has sido amante al licor. Te inscribiste en el gym, andas obsesionado con el temita de la juventud. Y prefiero no hablar del nuevo corte de cabello y de los pantalones “tubito”. Son cuarenta años, chico, ya no estás para esos trotes de quinceañero. Y la verdad, ya no me acaricias, siempre estás cansado. Ya no somos cómplices, ni en la cama. Y no, me rehúso a ser una esposa histérica. Ay, Manuel: Amarte era tan fácil, tú libre, libre yo.

     Cambiaste de perfume. El beso en los labios por un beso en la frente con sabor a ¿culpabilidad? Seguramente le miras con los ojos de amor que alguna vez me miraste a mí. Sabes que te conozco, pero que no soy capaz de vulnerar tu libertad, así como tú no lo eres de sostenerme la mirada. Siempre has tenido esa idea loca y convulsa de que soy capaz de leerte. Te equivocas, amor, no eres mi paciente, contigo el psicoanálisis no me funciona. Lo nuestro es pura fenomenología, una conexión a la que no he sido capaz de estudiar o buscarle explicación, porque el amor es así, no tiene explicación o razón, de lo contrario no sería amor, ¿no crees?

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              La memoria, en una fracción de segundos, se apoderó de la situación. Sin embargo, el presente se impuso:

          Sus brazos rodean tu cintura, no dices nada. No digo nada. Soy invisible. En esta escena no hay música de fondo. Creo que diré algo. Las palabras no me salen. Soy una estatua en la puerta de tu oficina, un narrador testigo. Una voyerista, quizás. Él te cubre la boca con su boca. Te besa con castidad, como para que sus labios se conozcan. En el segundo asalto no tiene contemplación, casi te deja sin aire. Lo sé por tu expresión de hombre agitado y ruborizado. Lo sé porque así reaccionabas ante mis besos. Creo que ahora tu lengua experta hace círculos dentro de esa boca. Esa boca es mía, pienso, los celos me consumen. Sus dientes te muerden, casi acaban con tu labio inferior. Tus manos juegan con su pelo alborotado, las suyas recorren tu anatomía, se deshace de tu saco, de tu corbata de seda, desabotona tu camisa, la misma que te planché antes de salir de casa. La intensidad de sus pasiones se hace evidente en la inmensidad de sus entrepiernas.

               No lo soporto más y un grito ahogado interrumpe aquel estrafalario coloquio pasional entre Manuel Javier Rovira, mi marido, y su joven asistente.

         ¡¡¡Manuel!!! grité con desesperación, cómo si la mordaza que cubría mi boca y me mantenía en silencio, e inmóvil, hubiera desaparecido.

          ¡Eloísa! exclamaste asombrado, sudado, enrojecido. ¿Tú qué haces aquí? 
agregaste.


           Te estremeces, me estremezco. Te separas de tu amante, de tu juvenil y viril amante, que permanece callado. Aquí estoy yo, tu mujer. Parada, atónita, aún en la puerta de tu oficina. ¿No invitas a pasar a tu esposa?, pregunto con el poco humor que me queda. Soy cómo David Garrik, me siento como el cómico suicida del poema de Juan de Dios Peza. Suelto una carcajada, que es más bien un relámpago de tristeza. Comprendo bien aquella premisa de Reír llorando.

        Tienes la mirada perdida, la quijada te tiembla. Sí, a ti, al flamante y siempre ético abogado. Yo no permito que las lágrimas acaben de escapar y empiece a llover en mi semblante nublado. Tus ojos azules, se tornan añil. Me prohíbo hacerte una escena, “¡primero cabrona que ridícula!”, me digo. Salgo de la oficina caminando a grandes zancadas. 



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 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal, sentada en el despacho de nuestra casa, en compañía de una Black Label. Con la voz de Danny Rivera nos enamoramos, fue la primera canción que me dedicaste. Pero también fue la primera que escuché en la voz de ella, mi gran amiga de años atrás: Amanda. Y al ritmo de la balada, mis manos hacían girar tu pistola. Sí, la que guardas en la gaveta número dos, sobre el escritorio de madera. La idea de jugar a la ruleta rusa y presionar el  maldito gatillo me sedujo. Sin embargo, ¿una psicóloga suicida? Eso sería una incoherencia. Y si algo he sido en ésta vida es una una mujer consecuente. Entonces dejé el arma, alcé la cabeza y la foto de ella, de Amanda, puso en orden mis ideas.  

         Amanda y su belleza otoñal complementaron, en una época de mi vida, a mi juventud ávida y febril de experiencias. Hoy, a mis cuarenta años, su número telefónico danza en mi cabeza cómo una canción.


           La insistencia de ella fue el detonante de asistir a ese bar. El mismo antro de colores que habíamos visitado tantas noches en los tiempos de la universidad. Me escuchó deprimida a través del teléfono y le conté que tenías un amante, me confesó que lo sospechaba. Juro que no le dí detalles. De eso te encargaste tú solito, mi siempre justo esposito. Después de todo, no es un secreto que ella te conoce mejor que yo. Siempre me lo advirtió, me dijo que lo pensara bien. Que tu sonrisa aniñada y tus manos delicadas no guardaban relación con los ademanes de macho catalán de tu difunto padre. Además, había un detallazo: yo había sido tu primera y única novia. Pero, como toda enamorada, sorda y ciega, no atendí a sus consejos, pensé que eran el reflejo de sus celos.

           Después del show en tu oficina, creí que lo había visto todo, Manuel. Pero no, aquello era sólo el inicio del circo fatal que se desencadenó en nuestras vidas.

            Llegamos al bar, en Las Mercedes, y nos sentamos en la barra. “Dos cubas libres, por favor”, solicitó Amanda, con su acento de caraqueña, al bartender que le guiñó el ojo.

         Ella estaba como siempre: atractiva. ¡Uff! Con esa mezcla de inspiración fatal que los años no le han marchitado.

          "Esta noche habrá un show que disfrutaras mucho, nena”, sentenció. Se trataba de una imitadora de Kiara. Y, efectivamente, lo iba a disfrutar. La música comenzó a sonar, sonreí inevitablemente: conocía bien la canción.

          Un desborde de sensualidad impregnó el escenario. “¿Por qué me miras así, mientras me visto sin ti.. Recuerda bien este cuerpo?”. “Y yo que te deseo a morir”. Mientras la mano de Amanda se deslizaba por mi muslo. “Cómo en los viejos tiempos, Ísa”, me decía entre sonreída y culpable, ya chispada por el trago.

      Tacones de plataforma, piernas largas y gruesas, bien depiladas; un vestido corto y púrpura, ¿púrpura?, una boa de plumas roja; peluca negra de cabellos largos y ondulados; uñas largas; pestañas postizas; argollas inmensas; labios gruesos y rojos. Era todo maquillaje. Aquel atuendo era un culto a la exageración, una representación del estilo de vida Trans. Kiara se acercaba al público y le cantaba, muy cerca, a un joven muchacho: “Que bello cuando me amas así”. La excitación estaba en el ambiente. 

        Pero lo reconocí, inevitablemente. Detrás de esa mascara de bases, polvos, sombras, rímel, rubor, pestañas postizas y vestido ajustado, estaba el hombre con el cual he dormido por más de veinte años. Al principio creí que me estaba volviendo loca, que alucinaba, como consecuencia de la luz de neón, el humo, y el licor. Pero no, la quijada caída de Amanda me confirmó que estaba en lo cierto. Eras como Dolores del Río, en Azul y no tan rosa. Y entonces una idea retorcida se cruzó en mi mente. Tenía claro como materializar mi venganza. Ella, por su parte, no supo decir que no. “Como en los viejos tiempos, Amanda”, le susurré al oído, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.

          ¡Maldita sea! grité en voz alta, entre ebria y sorprendida.

          Y yo que te deseo a morir  cantabas.


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           Llegaste a las 4 a.m, escuché cuando abriste la puerta. La sombra de tu figura se apreciaba a lo lejos. Debiste sentirte descubierto. Encendiste la luz de la habitación. Ella estaba profundamente dormida, descansaba tranquila, enredada en mis pechos. Divisé tu figura en la puerta.

          Es verdad, yo no esperaba que me engañaras con otro hombre y, mucho menos, que tus reuniones nocturnas no fuesen sobre casos y leyes; del correcto abogado a ¿Kiara? ¿Era en serio? Era inevitable no odiarte, Manuel. Pero tú tampoco esperabas encontrar a tu mamá, Amanda Rovira, en nuestra habitación. “Dios te bendiga, Manuelito”, susurra mi avezada compañera entre dormida y despierta.






Elvianys Andrea Díaz