sábado, 27 de septiembre de 2014

PARADOJAS

Son los seres de la oscuridad
que cada noche se despojan de su
piel diurna para deslizarse
por el asfalto capitalino
CARLOS VILLARINO

A mi cómplice favorita


         —¡Acepto!

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        El pasado no existe y menos cuando guarda sabor a fracaso. Es amargo sentirse el perdedor de una contienda, sobre todo cuando ésta guarda relación con algo tan imprescindible en nuestra cultura falocéntrica: la virilidad. Eduardo y su figura de macho bravío habían caído, literalmente, ante los encantos de la seductora piel de Milagros, que había resultado todo lo contrario a su nombre. El destino a veces puede ser cruel y paradójico.

      Ella, una dama de la noche, y él un jeque de ciudad. Porque ante el culto a la nocturnidad las corbatas más elegantes se deslizan como guantes de seda. Somos seres de la noche. Un enérgico compendio de oscuridades y sombras que se mezclan, y se adhieren a la piel de quienes se embarcan en los deliciosos peligros de pertenecerle al éxtasis y al placer de lo prohibido.

          Quizás su mayor error fue toparse con la mujer equivocada. La madrugada se hizo eterna entre la peligrosa amalgama de licor, polvos y deseo. Él la miraba con una inmoralidad turbia de pasión fogoza que nada tenía que ver con su perfil de empresario respetable. La cultura y sus años en la Princeton University se perdían a mil años luz ante la figura de buena hembra de senos firmes, sabrosos y bronceados de Milagros. Ella por su parte se olvidaba del pudor y sus caderas se movían al ritmo de una danza perversa y macabra capaz de engatusar hasta al sacerdote más fiel. “La mujer es el demonio”, dice el refrán popular.

            Era difícil no perder la cabeza ante aquel mujerón. Por lo tanto era comprensible que Eduardo perdiera la cordura, aún estando consciente de que mañana sería su matrimonio. Arreglado, claro está, como todo en su vida. Su compromiso con Isabella era todo un anhelo. Refinada, educada en los mejores colegios de la ciudad, de tez blanca y perfecta. Cursa el séptimo semestre de Estudios Políticos en la UCV, es una oradora impecable, no hay quien le gane en un debate. La muchacha escribe unos artículos de opinión arrechísimos, pero tiene dos secretos. El primero tiene que ver con su padre. El segundo con Antonio Arismendi, su profesor de cátedra, un cronista brillante oriundo de Mérida, que tiene un verbo implacable y, según ella, “escribe cómo los dioses”. Aunque todos saben que esa carrera es un “mientras tanto”, porque cuando se case con Eduardo la tendrá que abandonar. Él no va a permitir que la mujer que lo debe representar ande por allí en jeans y guayaberas gritando consignas en nombre de los menos favorecidos. ¿Qué vaina era esa del feminismo? ¿Qué carajos era ese interés de luchar por los derechos humanos? ¿Matrimonio igualitario para las minorías sexuales? “¡No me vengas con pajas, chica. Marico no es gente!”, solía decirle él cuando tenía unos whiskycitos encima. Y ella se molestaba, porque tenía un carácter que Dios se lo bendiga, y lo dejaba solo. Ya estaba cansada de explicarle, con los mejores argumentos, su compromiso de lucha social. Entonces él compraba un camión de rosas, y se aparecía en la universidad vistiendo una franelita con un árbol que decía: “Salvemos al mundo”, y ella se iba con él tan sólo por evitar que la siguiera avergonzando.

_______


            —Chamita, ¿entonces te casas mañana?

            —Sí, profe.

        —Coño... Y me disculpas el francés, pero ese tipo que escogiste es un pendejo, muchacha... Tú te mereces...

            —No, profesor, no me diga lo que merezco porque usted sabe que...


            Isabella sabía que a su brillante y admirado profesor le pesaba demasiado la brecha de veinte años que los separaba. “Veinte años no son nada”, dice un tango. Lo que comenzó cómo la más inocente de las admiraciones académicas se había transformado en un sentimiento distinto. Y él, hombre al fin, lo tenía claro. Su experiencia y la mirada vibrante de ella confirmaban el diagnóstico. Para él aquello no era nuevo, todo lo contrario. Sin embargo, con Isabella le pasaba otra cosa, no conseguía serle indiferente, le correspondía en la presencia del sentimiento. Pero se frenaba, porque era un tipo correcto, porque ella era su alumna, porque la edad se imponía, porque en casa lo esperaba una compañera de años, y ella tenía un novio, un completo imbécil, pero era su novio. Y Antonio era demasiado ético cómo para correr el riesgo, cómo para perder la cabeza, cómo para echarse esa vaina encima. Por eso, su romance intelectual no pasaba de eso. Aunque una vez, estando en su oficina, en el departamento de la Escuela, ella lo besó. Fue un beso dulce, casto e inocentón que les quemó la boca. Bendito sea el roce de aquellos labios rosados y sensibles sobre los suyos tan ávidos de ella. Entonces la envolvió en un abrazo, y sus labios se volvieron a juntar. Y se besaron sin pudor, con la torpeza de unos quinceañeros. Se besaron con la rabia de sus años y el tiempo se detuvo. Pero de allí no pasó, y juraron que nada había ocurrido.

             —Antonio, a mí no me importa si esto no es correcto. ¿Sabes que es correcto? Que yo te adoro...

                —Chamita, yo te quiero -interrumpió él. Pero esto no puede ser, perdóname.

             Aquello bastó para que ella no lo olvidara. El placer de la sabiduría en sus labios sedientos permanecía como un tatuaje. Nada que ver con los besos fríos y mojigatos de Eduardo, su novio.


________


             —Eduardo...Tengo algo que decirte -susurró Milagros en plena faena amorosa. 

             —Dime, mamacita murmuraba él, mientras la embestía una y otra vez.

           Sus pieles sudorosas de pasión; con aroma a sexo salvaje se rozaban ferozmente. Él ardía, mientras ella estallaba por dentro...


            Sin embargo, aquella confesión hizo las veces de un eficaz coito interruptus. El tono mordaz y cínico, la manera perversa de mover la boca al pronunciar cada palabra. No, no hubo anestesia en aquella revelación que carecía del sentimentalismo que caracteriza a ese tipo de noticias. Él se puso pálido, la erección se desmoronó, y el miembro regresó a su estado pasivo. Se le secó la garganta, lo que le provocó tos. Los ojos se le irritaron y enrojecieron. Estuvo a punto de llorar. O quizás fue la mezcla del escocés con las otras sustancias lo que generó tal reacción. No tuvo tiempo de pensar demasiado. Cayó derribado sobre los pechos de ella. El repique del celular lo sacó de su estado de trance.

           —¡Aló! dijo Eduardo, todavía aturdido.

          —Eduardo, yo no te amo -indicó una voz aplomada del otro lado del teléfono.

           —Pero a tu padre y a su empresa sí -aseveró él.

          Colgó la llamada y desterró de su mente el ataque de sinceridad de su futura esposa. A cómo diera lugar esa boda, su boda, se llevaría a cabo. El acuerdo se realizó hace un año, cuando ella cumplió sus veinte primaveras y su actual suegro le solicitó un préstamo para su empresa quebrada.


  —Tienes que abortar -dijo con un tono inexpresivo, recuperando la conciencia, mientras dirijía una mirada implacable hacia Milagros.

        —No voy a hacer esa vaina... No de nuevo, chico.

        —¡Maldita, puta! Claro que lo harás.

        —¡Pero no podemos matar a nuestro hijo!

       —No me vengas con lecciones de moralidad. Además, seguro esa barriga no es mía -gritó Eduardo, mientras se bajaba de la cama y se ponía el pantalón.

         — No te puedes casar, Eduardo, estoy embarazada de ti - aseveró Milagros.

     —Si tú mujer se entera te botará. Es más, si te empeñas en casarte, mañana me aparezco en la iglesia y suelto la bomba -decía ella, mientras se acariciaba el vientre sudado y desnudo, que hace menos de veinte minutos él besaba, mordía y lamía sin decoro.

        —¿Me estás amenazando, zorra? -interrogó Eduardo, con los ojos ardientes, mientras le sostenía con fuerza la muñeca.

          —¡Ay!, me estás haciendo daño, animal -gimió ella. No importa lo que digas, mañana todos sabrán que la futura madre de tu hijo soy yo.


                A Eduardo se le puso turbia la mirada. La sujetó, una vez más, de la muñeca. Y le atisbó un puñetazo certero al rostro.

           —!No, por favor, Eduardo, no! -suplicaba Milagros, mientras él sostenía con la otra mano una almohada.

              —Ahhhhhhhhh

            Fue lo último que se escuchó la suite 429, de aquel hotel ubicado en una calle de Chacaíto.

__________



           —¿Y cómo estuvo la despedida de soltero? -preguntó el sonriente padrino de dientes blaquísimos.

               —No hubo, bro -respondió Eduardo

               —¿Y esa cara de trasnocho, picarón?

               —La que debe tener todo el que va al matadero, quiero decir, al altar.

               —Marico, pero yo te mandé a la de siempre...

                —¡Te dije que no hubo despedida, carajo! -gritó Eduardo con violencia.


                La flamante novia de tez blanca y cara de llovizna, no tardó en llegar del brazo de su padre. Y se cumplió, cómo si se tratara de un guión bien ensayado, todo el protocolo de la boda. Hasta que, estando los novios frente al altar, el cura les formuló la pregunta definitiva:


            Mientras tanto, sentado en la ultima fila de la iglesia, uno de los invitados, el profesor Arismendi, lee con disgusto la primera página de La Voz: “Hallan sin vida a mujer en un hotel de Caracas”. La causa de la muerte fue asfixia, y las autoridades manejan la hipótesis de un crimen pasional. Mientras lee la noticia recuerda sus famosas crónicas policiales y carcelarias, y sonríe a medias. Luego recuerda para qué está allí y la expresión de disgusto regresa. Está a punto de olvidar su ateísmo y ofrecerle una velita al Santo que sea para que su chamita no se case.

               —¡Acepto! responde el acelerado novio, con los ojos rojos.

          Es el turno de Isabella, todas las miradas están puestas sobre ella. Su boca se mueve, gesticula, está a punto de emitir la esperada respuesta. Sin embargo, el sonido de una sirena de policía, que proviene de la parte de afuera de la iglesia, no permite que su voz sea escuchada.





Elvianys Andrea Díaz 




sábado, 13 de septiembre de 2014

La bicicleta

La bicicleta
es un vehículo movido por el deseo,
cuyo motor son los sueños.
ELOY TIZÓN
A Ana Julia


      Los nervios, los nervios. ¡Ay! Los benditos nervios que produce toda primera vez. El corazón se acelera, en el estómago bailan mariposas. Una rara, pero seductora, sensación de vértigo se apodera de todo el cuerpo. Sin embargo, esos nervios podían resultar gratificantes y esa era una sensación que Salvador conocía muy bien.

       Recuerda, con especial ilusión, aquella primera vez en la que sus pies se elevaron del suelo. Se sintió completa y absolutamente libre. Pero qué niño de cinco años no se siente el ser más libre del mundo. Salvador creció siendo libre, con los ojos abiertos, y también con los ojos cerrados. Se hizo escritor y con el lenguaje superó las limitaciones que trae consigo la existencia misma. Se ocupó de crear nuevas realidades a través de magistrales descripciones cinematográficas y sutiles coqueteos con la ficción. Sin embargo, hubo algo que jamás pudo narrar en sus relatos. Es que todas las palabras le parecían superfluas ante aquella inexplicable e indescriptible sensación de libertad plena y absoluta de su niñez montado en aquel particular vehículo.

     Intentó describirla de muchas formas. De manera sistemática, indicando que su máquina de ensueño tenía dos ruedas, dispuestas en línea y diametralmente iguales; un par de pedales dispuestos uno del lado derecho y el otro del lado izquierdo, simétricamente alineados; un manubrio, para dirigir el velocípedo; un asiento sobre el cual reposará cuerpo del conductor; una cadena metálica que hará las veces motor y, por su puesto, una carrocería, en este caso un cuadro metálico, sobre la cual  irán engranados y dispuestos los elementos mencionados con anterioridad. Las había de distintos tamaños y colores; con características especiales para los distintos tipos de terrenos. El equilibrio era un elemento clave que se adquiría con la experiencia (después de algunas caídas), y el movimiento de los pies sobre los pedales debía ser constante para poder obtener velocidad.

         Sus intentos de plasmar en el papel aquella experiencia eran totalmente inútiles. La narrativa le estaba fallando. La verdad sea dicha, era él quien le fallaba a ella. Y en esas horas de desvelo entre el bloqueo y el papel en blanco, el escritor comenzaba a cuestionarse severamente la profesión que había escogido. Entonces cerraba los ojos, se aferraba a las sensaciones, y se transportaba a su infancia, y se volvía etéreo, recordando las horas en su bici.  Pero los prejuicios de la edad son como la realidad, siempre se imponen. Si bien los años le habían traído experiencias y nuevos conocimientos, la ciudad, las colas kilométricas, la rutina, el gobierno, las dificultades, la contaminación, los conflictos con las editoriales, la economía, la inflación, las noticias, la inseguridad, las responsabilidades, se habían instalado cómo obstáculos en aquella travesía que quería emprender. Qué difícil resultaba ser libre. Que utópica se volvía su preciada emancipación. En definitiva, ya no era el ser autodeterminado, aunque nervioso, que se subió aquella tarde de agosto a su primera bicicleta, naranja y pequeña, cómo él, con las ruedas que parecían un arcoíris. Su padre lo miraba entre orgulloso y preocupado. Pero la insistencia y la determinación del infante en no usar más las rueditas de apoyo, influyeron en la decisión del papá de permitirle a su chamo manejar el vehículo a su voluntad. Y así, asustado, pero emocionado, Salvador, puso a andar su bici en el Parque del Este. Con el  Ávila, imponente y majestuoso de fondo, mientras que la brisa fresca caraqueña acariciaba sus mejillas rosadas y rechonchas. Y mientras crecía  descubría que a la velocidad del pedal el parque, el Ávila y su ciudad podían verse más bonitos.

         Pero los años han pasado, porque el calendario siempre parece ir con prisas. Y ante su incapacidad de plasmar aquellos recuerdos, el escritor salió de su casa un domingo de mayo. Regresó al mismo parque de años atrás, que ahora tiene un nombre distinto, pero él sigue llamando igual, y sonrió con nostalgia al descubrir que no era el único que había envejecido. Con los mismos nervios de la infancia, porque tenía años sin manejar— y el corazón acelerado, pero con la mirada aplomada y la seguridad de que lo que bien se aprende jamás se olvida, puso un pie sobre cada pedal, comenzó a mover las piernas y le dio paso a la velocidad. Confirmó, una vez más, la preciada sensación de libertad. Era verdad, su ciudad, al pedal, era mucho más hermosa. Sin embargo, en esta ocasión, la felicidad duró poco. Su emancipación se vio interrumpida y frustrada por unos gritos.


                                                                       ___________


        El hombre cae al suelo y pega la frente contra el piso, tiene sesenta años, está sufriendo un paro cardiorespiratorio. Algunos deportistas que se encontraban en el parque, intentan practicarle los primeros auxilios, pero no cuentan con el equipo necesario y el hombre, inevitablemente, muere ante los ojos curiosos de los que allí se encontraban. Alguien llamó una ambulancia, pero ésta tardó treinta minutos en llegar y no contaban con el equipo de reanimación para  revivirlo. La fatalidad se imponía. Qué ciertos resultaban en aquel momento aquellos versos que rezan que "La muerte muy segura en su victoria, suele darnos una vida de ventaja". 

       Salvador estaba pálido y no salía de su estado de impresión."No hay ficción que supere a la realidad", pensó, mientras se hacía la señal de la cruz. Sin embargo, no hubo tiempo de regresar a la calma. Se escucharon gritos nuevamente, ésta vez venían del estacionamiento, unas chicas manifestaban que sus vehículos habían sido abiertos, y se habían robado sus artículos y ropa deportiva... 

                                                           ___________

        Salvador llega a casa consternado, abrumado. Se debate entre la realidad y el deseo, toma un libro de su biblioteca, marcado en la página 121, y lee en voz alta una frase de la escritora Gisela Kozak Rovero:

Libre es quien todo lo tiene
y a todo renuncia
y a todo vuelve.

       Él sabe perfectamente que sólo a través de la literatura puede regresar a su infancia libre, pero es consciente de que, cómo decía su admirado Cortázar, también es una de las muchas formas de participar en los procesos históricos de un país. Sabe perfectamente que mediante la narrativa puede relatar la "realidad". Entonces, con la convicción que lo caracteriza, encendió su computadora, abrió un documento en blanco y escribió en la primera línea:


Crónicas de una ciudad al pedal...






Elvianys Andrea Díaz




lunes, 1 de septiembre de 2014

Pasiones Fatales II




“Trilladas se me escuchan las palabras, es que a todos nos tocan algún día”
KANY GARCÍA





    Me di cuenta de que todo eso que dicen del matrimonio era verdad. La convivencia entre Eloísa y yo se mantenía en pie solo porque la fuerza de la costumbre la sostenía. Eso era todo: adaptarnos a vivir en la peligrosa comodidad que sugiere la monotonía. Aquella fuerza arrolladora que nos había impulsado a querer compartir nuestras vidas se había acabado, y era reemplazada ahora por una rutina que nos pesaba, como sabiamente expresa el refrán, más que un matrimonio ajuro. Siempre he pensado que la sabiduría popular suele ser cruel y acertada en la misma medida. No vayan a pensar que soy prepotente por asegurar que sé lo que mi esposa sientía exactamente. Lo que pasa es que estos veinte años no solamente han traído consigo celebraciones de aniversarios, reuniones familiares y dos hermosos hijos, sino un amplio conocimiento de nuestras personalidades por parte de ambos. Por eso, aunque haya tratado de ignorarlo, fue inevitable que notara en su mirada que ya no me amaba. Aunque fue más doloroso aún aceptar que yo le correspondía en la ausencia del sentimiento:

Fingir demencia es bueno en algunas ocasiones. Pero este no era el caso y lo aprendimos a los golpes. Tú también te hiciste la loca, Eloísa. Que Carla y Sebastián se hayan ido de vacaciones con tu hermana fue quizá el hecho más trascendental que nos ocurrió en los últimos meses. Nos sirvió para dejar de disimular. Ya no debíamos darnos un beso frío y sonreír por compromiso delante de ellos, ni yo tenía que guardar las formas llegando temprano a casa. Por eso fue que empecé a regresar del trabajo cuando ya dormías. Prefería salir de la oficina y caminar, sentarme en un banco o entrar en el bar que fuera y esperar a que las horas pasaran. Cualquier cosa era mejor que entrar a la casa y tener que mirar de frente el fracaso de nuestra relación. Lo que sea era preferible antes de tener que enfrentar la posibilidad de que algún día me pidieras que nos sinceraramos. Sí, los años me habían vuelto un poco cobarde.


Tu orgullo no te permitía reclamarme por mi actitud. Sé que prefieres estar muerta a permitir que alguien descubra que tiene la capacidad de lastimarte. Pero esa psicología yo la conozco. A diferencia de tus pacientes, yo sé cuáles son tus técnicas para analizar a la gente y para reaccionar ante las situaciones. Por eso entiendo porqué decidiste guiarte por tu instinto y aparecer esa tarde en mi oficina. Sospechabas algo. Sin embargo, la sorpresa te dejó helada, porque nunca imaginaste que me encontrarías en mitad de un beso con Miguel, mi asistente. ¿Sabes algo? Con él todo había vuelto a renacer. Al principio quise oponerme a lo que sentía, pero después lo acepté. Ya tú no estabas como hace dos décadas para salvarme, suponiendo que el amor que sentía por él pudiera considerarse maligno. Ya tú no estabas como en nuestra época de universitarios en la que aquel compañero nuestro llamado Germán me llegó a gustar tanto como tú. En ese tiempo las presiones familiares y mi debilidad emocional ante el qué dirán me hicieron pensar que aquello era inaceptable. Entonces me aferré a tu inteligencia y a tu belleza para ignorar aquella atracción en la que era correspondido. Ahora comprendo muy bien esa frase trillada que reza que los cuarenta años son los segundos veinte. La vida me estaba presentando de nuevo la oportunidad de querer y no la iba a desaprovechar, porque él me estaba salvando del suicidio del que había estado siendo víctima contigo al condenarme a dejar de sentir.

No te daré más detalles por respeto y consideración. Solo diré que él se volvió muy importante en mi vida. Me hizo conocer pasajes de mí mismo que no imaginaba que existían. Tú también lo hiciste en su momento, Eloísa, y creo que es oportuno recordarte que te amé muchísimo. Con Miguel descubrí facetas que me hacían sentir feliz y me atreví a hacer cosas en las que jamás había imaginado participar. Pero la que superó a todas fue la de aquella maldita noche en la que fui Kiara e interpretando “Qué bello” hice mi primer y único show. Fue algo inolvidable: las luces, la atmósfera del bar, los aplausos de la gente y la mirada iluminada de Miguel. Se notaba tan orgulloso. Sabía que lo deseaba a morir. Yo sé que, de haberme visto, te habrías avergonzado de mí. Menos mal que no fue así.

Sin embargo, la felicidad se me acabó al llegar a la casa. Vestía la ropa con la que había ido a trabajar, aunque todavía olía a las cremas que me había echado antes de salir a la tarima. Deseaba que estuvieras dormida para que no lo notaras. En algún momento me sentí mal al pensar en esto, así que pasé por el despacho antes de subir para tomarme un trago. Justo cuando me senté para beber el primer sorbo de whisky, vi mi arma en el escritorio y me alarmé. Ese no era su lugar. ¿Pero qué es esto? pensé. Así que tomé la magnum y corrí hacia el cuarto para cuestionarte, con prueba en mano, por tu error de haberla tomado sin permiso. Y se jodió todo. ¿Por qué, Eloísa, ah? ¿Por qué coño tuviste que hacerlo? ¿Por qué tenían que ser tan hijas de puta? La escena de mi madre y tú en nuestra cama destruyó nuestras vidas. Nuestra relación ya no servía, no existía. Y sí, me había metido a maricón, ¡pero jamás fui vil ni irrespeté el hogar que habíamos formado!

Nunca en la vida había sentido tanto odio, y lo peor fue que creyeron tener el control del momento. "Dios te bendiga, Manuelito”. Ja! Siempre mi madre dejándose traicionar por la soberbia. No contaban con el detalle del arma, hasta que las apunté y sus rostros alegres solo hacían muecas de pánico. Sus ojos solo reflejaban terror. Los míos se consumían de la rabia. Estuve a punto de jalar el maldito gatillo, pero al desviar la vista un segundo y ver los restos de escarcha que había en mi mano, se me cruzaron los cables. La vida me pareció absurda. No podía comprender cómo habíamos llegado hasta ahí. Pensé en mis hijos y en Miguel, que son pura luz. Me sentí inmoral para reclamar, aunque la arrechera me consumía, y dejando atrás al Manuel que había sido toda mi vida, me fui.

Aquel torbellino de sentimientos hicieron que me retirara sin decir palabra alguna. Había decidido alejarme de todos y empezar de cero. Volvería cuando hubiera podido haber pasado medianamente el trago amargo y estuviera listo para ver a mis hijos, porque a ellos no podría dejarlos nunca. Pero ya no era el mismo:la imagen de ustedes en la cama se volvió una pesadilla, un peso constante, un parásito que, alimentado por el resentimiento, creció dentro de mí. El odio que me había producido la traición de ustedes me encegueció. Seguro creíste que todo se quedaría así, que después de todo sí tenían el control. Pero no, Eloísa, resulta que toda mi vida había perseguido la justicia a través de la abogacía y ésta vez también tenía que conseguirla, así fuera con otros medios.

¿Por qué con mi madre, ah? ¿Por qué tenías que intentar quitármela y ponerla en esta situación? No es justo. No podía permitirlo. Así que la tuve que liberar para siempre y definitivamente. Ya no tendrá que traicionar a su hijo para enredarse contigo. Le quité ese peso de encima. Ya no suspirará de vez en cuando pensando en lo que hizo, porque, de hecho, ya no puede inhalar ni exhalar. Y tú eres la única culpable. Tendrás que aprender a vivir con eso.

Fue doloroso aceptar que yo le correspondía en la ausencia del sentimiento, del amor. Ahora seguro debe estar leyendo esto y pensará que soy un monstruo. ¿Y saben? Tiene razón, como casi siempre. Ella nunca dio su brazo a torcer y yo siempre cedí. Ahora que lo pienso, ese fue el motivo principal de la debacle matrimonial. Pero eso ya no importa. Yo siento la presión del cañón de la magnum en mi sien y contemplo la idea de presionar el gatillo. Una basura como yo no merece vivir. Aunque, realmente lo que no merezco es morir ahora. Sería huir, ser cobarde, tonto y tomar el camino más fácil. Lo correcto es quedarme para apreciar el fruto de mi venganza, pero también para cargar con esta cruz mientras respire, porque ella y yo viviremos para pagar por esto. Pienso de nuevo en Carlita y Sebastián y confirmo que lo mejor es permanecer aquí, en esta dimensión. Nunca los dejaría solos y Eloísa tampoco lo hará. De eso me aseguraré, porque a partir de hoy esta piltrafa humana en forma de indigente se convertirá en su sombra.


                                                                                         
                                                                                        Claudia Hernández

viernes, 29 de agosto de 2014

Pasiones Fatales I


Nosotros, los de entonces,
ya no somos los mismos.
PABLO NERUDA

 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal.

          


         Giré la perilla con destreza, lo quería sorprender. Sin embargo, una vez en su oficina, en el Bufete, mis ojos fueron testigos de una escena cinematográfica y sin censura que se reproduce una y otra vez en mi cabeza. Y, en definitiva, la sorprendida fui yo.

         El corazón se me desboca, me falta el aliento. Él voltea y nuestras miradas se cruzan. “No es posible, no es posible, no es posible”, me repito como un mantra.

           ¿Y ahora?
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         Ay, Manuel... Ahora sabes a whisky, tú que nunca has sido amante al licor. Te inscribiste en el gym, andas obsesionado con el temita de la juventud. Y prefiero no hablar del nuevo corte de cabello y de los pantalones “tubito”. Son cuarenta años, chico, ya no estás para esos trotes de quinceañero. Y la verdad, ya no me acaricias, siempre estás cansado. Ya no somos cómplices, ni en la cama. Y no, me rehúso a ser una esposa histérica. Ay, Manuel: Amarte era tan fácil, tú libre, libre yo.

     Cambiaste de perfume. El beso en los labios por un beso en la frente con sabor a ¿culpabilidad? Seguramente le miras con los ojos de amor que alguna vez me miraste a mí. Sabes que te conozco, pero que no soy capaz de vulnerar tu libertad, así como tú no lo eres de sostenerme la mirada. Siempre has tenido esa idea loca y convulsa de que soy capaz de leerte. Te equivocas, amor, no eres mi paciente, contigo el psicoanálisis no me funciona. Lo nuestro es pura fenomenología, una conexión a la que no he sido capaz de estudiar o buscarle explicación, porque el amor es así, no tiene explicación o razón, de lo contrario no sería amor, ¿no crees?

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              La memoria, en una fracción de segundos, se apoderó de la situación. Sin embargo, el presente se impuso:

          Sus brazos rodean tu cintura, no dices nada. No digo nada. Soy invisible. En esta escena no hay música de fondo. Creo que diré algo. Las palabras no me salen. Soy una estatua en la puerta de tu oficina, un narrador testigo. Una voyerista, quizás. Él te cubre la boca con su boca. Te besa con castidad, como para que sus labios se conozcan. En el segundo asalto no tiene contemplación, casi te deja sin aire. Lo sé por tu expresión de hombre agitado y ruborizado. Lo sé porque así reaccionabas ante mis besos. Creo que ahora tu lengua experta hace círculos dentro de esa boca. Esa boca es mía, pienso, los celos me consumen. Sus dientes te muerden, casi acaban con tu labio inferior. Tus manos juegan con su pelo alborotado, las suyas recorren tu anatomía, se deshace de tu saco, de tu corbata de seda, desabotona tu camisa, la misma que te planché antes de salir de casa. La intensidad de sus pasiones se hace evidente en la inmensidad de sus entrepiernas.

               No lo soporto más y un grito ahogado interrumpe aquel estrafalario coloquio pasional entre Manuel Javier Rovira, mi marido, y su joven asistente.

         ¡¡¡Manuel!!! grité con desesperación, cómo si la mordaza que cubría mi boca y me mantenía en silencio, e inmóvil, hubiera desaparecido.

          ¡Eloísa! exclamaste asombrado, sudado, enrojecido. ¿Tú qué haces aquí? 
agregaste.


           Te estremeces, me estremezco. Te separas de tu amante, de tu juvenil y viril amante, que permanece callado. Aquí estoy yo, tu mujer. Parada, atónita, aún en la puerta de tu oficina. ¿No invitas a pasar a tu esposa?, pregunto con el poco humor que me queda. Soy cómo David Garrik, me siento como el cómico suicida del poema de Juan de Dios Peza. Suelto una carcajada, que es más bien un relámpago de tristeza. Comprendo bien aquella premisa de Reír llorando.

        Tienes la mirada perdida, la quijada te tiembla. Sí, a ti, al flamante y siempre ético abogado. Yo no permito que las lágrimas acaben de escapar y empiece a llover en mi semblante nublado. Tus ojos azules, se tornan añil. Me prohíbo hacerte una escena, “¡primero cabrona que ridícula!”, me digo. Salgo de la oficina caminando a grandes zancadas. 



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 Dos lágrimas espesas recorrieron mi rostro mientras escuchaba Madrigal, sentada en el despacho de nuestra casa, en compañía de una Black Label. Con la voz de Danny Rivera nos enamoramos, fue la primera canción que me dedicaste. Pero también fue la primera que escuché en la voz de ella, mi gran amiga de años atrás: Amanda. Y al ritmo de la balada, mis manos hacían girar tu pistola. Sí, la que guardas en la gaveta número dos, sobre el escritorio de madera. La idea de jugar a la ruleta rusa y presionar el  maldito gatillo me sedujo. Sin embargo, ¿una psicóloga suicida? Eso sería una incoherencia. Y si algo he sido en ésta vida es una una mujer consecuente. Entonces dejé el arma, alcé la cabeza y la foto de ella, de Amanda, puso en orden mis ideas.  

         Amanda y su belleza otoñal complementaron, en una época de mi vida, a mi juventud ávida y febril de experiencias. Hoy, a mis cuarenta años, su número telefónico danza en mi cabeza cómo una canción.


           La insistencia de ella fue el detonante de asistir a ese bar. El mismo antro de colores que habíamos visitado tantas noches en los tiempos de la universidad. Me escuchó deprimida a través del teléfono y le conté que tenías un amante, me confesó que lo sospechaba. Juro que no le dí detalles. De eso te encargaste tú solito, mi siempre justo esposito. Después de todo, no es un secreto que ella te conoce mejor que yo. Siempre me lo advirtió, me dijo que lo pensara bien. Que tu sonrisa aniñada y tus manos delicadas no guardaban relación con los ademanes de macho catalán de tu difunto padre. Además, había un detallazo: yo había sido tu primera y única novia. Pero, como toda enamorada, sorda y ciega, no atendí a sus consejos, pensé que eran el reflejo de sus celos.

           Después del show en tu oficina, creí que lo había visto todo, Manuel. Pero no, aquello era sólo el inicio del circo fatal que se desencadenó en nuestras vidas.

            Llegamos al bar, en Las Mercedes, y nos sentamos en la barra. “Dos cubas libres, por favor”, solicitó Amanda, con su acento de caraqueña, al bartender que le guiñó el ojo.

         Ella estaba como siempre: atractiva. ¡Uff! Con esa mezcla de inspiración fatal que los años no le han marchitado.

          "Esta noche habrá un show que disfrutaras mucho, nena”, sentenció. Se trataba de una imitadora de Kiara. Y, efectivamente, lo iba a disfrutar. La música comenzó a sonar, sonreí inevitablemente: conocía bien la canción.

          Un desborde de sensualidad impregnó el escenario. “¿Por qué me miras así, mientras me visto sin ti.. Recuerda bien este cuerpo?”. “Y yo que te deseo a morir”. Mientras la mano de Amanda se deslizaba por mi muslo. “Cómo en los viejos tiempos, Ísa”, me decía entre sonreída y culpable, ya chispada por el trago.

      Tacones de plataforma, piernas largas y gruesas, bien depiladas; un vestido corto y púrpura, ¿púrpura?, una boa de plumas roja; peluca negra de cabellos largos y ondulados; uñas largas; pestañas postizas; argollas inmensas; labios gruesos y rojos. Era todo maquillaje. Aquel atuendo era un culto a la exageración, una representación del estilo de vida Trans. Kiara se acercaba al público y le cantaba, muy cerca, a un joven muchacho: “Que bello cuando me amas así”. La excitación estaba en el ambiente. 

        Pero lo reconocí, inevitablemente. Detrás de esa mascara de bases, polvos, sombras, rímel, rubor, pestañas postizas y vestido ajustado, estaba el hombre con el cual he dormido por más de veinte años. Al principio creí que me estaba volviendo loca, que alucinaba, como consecuencia de la luz de neón, el humo, y el licor. Pero no, la quijada caída de Amanda me confirmó que estaba en lo cierto. Eras como Dolores del Río, en Azul y no tan rosa. Y entonces una idea retorcida se cruzó en mi mente. Tenía claro como materializar mi venganza. Ella, por su parte, no supo decir que no. “Como en los viejos tiempos, Amanda”, le susurré al oído, mientras le mordía el lóbulo de la oreja.

          ¡Maldita sea! grité en voz alta, entre ebria y sorprendida.

          Y yo que te deseo a morir  cantabas.


________


           Llegaste a las 4 a.m, escuché cuando abriste la puerta. La sombra de tu figura se apreciaba a lo lejos. Debiste sentirte descubierto. Encendiste la luz de la habitación. Ella estaba profundamente dormida, descansaba tranquila, enredada en mis pechos. Divisé tu figura en la puerta.

          Es verdad, yo no esperaba que me engañaras con otro hombre y, mucho menos, que tus reuniones nocturnas no fuesen sobre casos y leyes; del correcto abogado a ¿Kiara? ¿Era en serio? Era inevitable no odiarte, Manuel. Pero tú tampoco esperabas encontrar a tu mamá, Amanda Rovira, en nuestra habitación. “Dios te bendiga, Manuelito”, susurra mi avezada compañera entre dormida y despierta.






Elvianys Andrea Díaz 

jueves, 14 de agosto de 2014

De amantes a víctimas




Tú y yo estamos sentenciados
a glorificar viejas heridas
y a devolver a las aguas
nuestro cadáver diario.
RAFAEL CADENAS 



           No sabía por dónde comenzar a relatar nuestras cuitas. Existían variadas posibilidades, por ejemplo, cómo conocí a Héctor Colmenares.

           La verdad sea dicha, no hubo necesidad de hacer presentaciones, bastó una mirada de reconocimiento para que a  uno no le quedara la menor duda de quién era el otro. El encuentro fue casual, o al menos eso creí yo. Aunque hoy, contando mi versión de los hechos, ya no me siento tan seguro. Ahora me pregunto ¿De habernos conocido en otro contexto, habríamos sido amigos? Nuestra rivalidad, más que una actitud de machos viriles, correspondió a los celos de dos románticos que, por infortunio casual, se fijaron en la misma dama. Ella, siempre ella, tan voraz y y encantadora. Toda una devoradora de hombres, cómo diría Gallegos.

                  Yo a mis veinticinco años era un muchacho inmaduro, Héctor. Los diez años que me llevabas no tardaron en hacerse notar. Tú, un avezado fotógrafo que la conocías como la palma de tu mano. Yo, un estudiante ocupado, persiguiendo la más grande de las utopías humanas: la libertad. Estudié con especial atención a los modernos y a los antiguos. Las consideraciones de Arendt y Constant. Los ideales de los grandes emancipadores de la historia. Yo era un muchacho etéreo, de mente abierta y ligera. Era como el viento, hasta que la conocí a ella, hasta que te conocí a ti y quedé atado a Cadenas, a su poesía. Porque una cosa no fue más que el resultado de la otra. Cuando leas estás líneas, si eso fuera posible, seguro sonreirías engreído, como siempre, y me mentarías la madre.

              Estar con ella, algunas veces era volar, otras era pisar tierra, otras tantas aprender y sobrevivir. Eso era justamente: una constante fuente de aprendizaje; una leona imponente y hermosa capaz de devorar y cazar a sus presas, a sus amantes. Y no me malinterpretes que lo mío no era simple admiración juvenil en comparación a tus sentimientos añejos, de macho realizado. ¿Cuantas noches como ésta no te imaginaste recorriendo sus curvas peligrosas, Héctor? Cuéntame, si la imaginaste poseída y poseedora, porque yo no sólo lo imaginé, también lo hice realidad. Sabes que no soy un tipo que se conforma con las ficciones, aunque eso implique desafiar a la perfectible realidad que siempre se impone y dejar los miedos, tan propios de nuestra condición humana, en un segundo plato.

           Un amigo común me dijo que era absurdo, que era perdida de tiempo escribirte ésta epístola. Posiblemente tenga razón, pero soy terco. Sentí estas líneas como una respuesta al pacto de caballeros que hace tiempo hicimos, ese pacto tácito de miradas. Ya todo estaba dicho, la oralidad no fue necesaria. Nuestro lenguaje, siempre implícito, emitía y decodificaba los mensajes de manera eficiente.

           Ojalá hubiésemos estado en el siglo XIX para ponerle fin a este asunto en un duelo entre caballeros. Un duelo de espadas, elegante, sutil, donde el más habilidoso le hubiera dado la estocada final. Una estocada digna al perdedor, ante la presencia de la dama en cuestión. Hubiera sido sublime atravesar tu pecho velludo y moreno con el fino filo de mi espada, para luego secar las lagrimas de nuestra amada que, por benevolencia, lloraría ríos por ti. O quizás todo lo contrario, ser yo quién exhalara el último de mis suspiros ante su mirada complaciente y penetrante, mientras tú te hacías ganador con mi perecer. Pero no fue así, Héctor, nada fue así. Este nuevo siglo se nos impuso, la posmodernidad nos arrojó a senderos más oscuros y menos elegantes, menos parecidos a nuestros sentires. Es un hecho, los triángulos amorosos nunca tienen finales felices. 

          Sin embargo, por respeto o por capricho, he decidido redactar las crónicas de aquél día. Cuando leí la noticia, en La Voz, una frase del escritor venezolano Héctor Torres vino a mi mente: “Caracas muerde”.

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          Intentaré contar, en la medida de lo posible, los acontecimientos de aquel día. Procuraré ser veraz, preciso y no superfluo.Y será a través de la crónica, el género que escogí para narrar nuestras cuitas, empleando los testimonios de testigos y la investigación que realicé, que intentaré reconstruir el episodio de aquél martes desafortunado. Quiero comprobar la trascendencia de aquellos hechos, hacerle un homenaje a la memoria, vencer al olvido. Convertir en ficción la más funesta de mis realidades, con el propósito utópico de que así sea más digerible.

             Martes 20 de mayo. Me habías citado con una semana de anticipación a los pasillos de la Escuela de Psicología de la UCV. Al parecer harían un encuentro de poesía, se reunirían algunos egresados. Porque además de fotógrafo, eras un hombre de letras y humanidades. Pero yo sabía lo que querías: competir. Aunque siempre dijiste que por semejante dama no podía existir competencia alguna, no era un medalla, había que halagarla. Porque, la verdad sea dicha, aquel no era un amor tangible. Pero te hice caso, ¿sabes? Acepté el reto. Preparé mis mejores versos para ti y para ella. Versos que nunca leí...

        El encuentro estaba pautado para las tres de la tarde. Yo me encontraba en Lugar Común, en Altamira, como aquella tarde de abril  en la  que nos conocimos. Eran aproximadamente las dos cuando decidí tomar el metro. El sistema de transporte es impredecible, así que quise prevenir y llegar temprano. Recuerdo que la tarde estaba hermosa, soleada, nuestra mujer nos sonreía, el Obelisco se veía imponente, la fuente estaba encendida; los rayos de sol se hacían uno solo con las gotas de agua de la fuente: nacía un arcoiris. Pensé en ti, seguro hubieras tomado una foto prodigiosa.

        Tuve que esperar cinco minutos, casi eternos, hasta que el tren se aproximó y abordé. Entré con premura, me cogí fuerte de un tubo, porque los puestos estaban llenos. Miré a los lados, y saqué mi IPod. El aleatorio siempre parece una estocada. Viniloversus puso en mute la bulla de los usuarios del vagón.

          Mientras tanto tú, tomabas una camionetica en Capitolio, a decir verdad, nunca te había gustado el Metro. Te subiste, algunos puestos estaban vacíos, escogiste la ventana, como siempre. Te calzaste los audífonos de tu reproductor y dejaste que Alí Primera hiciera lo propio. La camionetica, en la que se podía leer: “El Revolucionario”, arrancó. Sin embargo, el curso fue interrumpido por un grito de alto. Un muchacho venía corriendo, como alma que lleva el diablo, sudando a chorros, apresurado, con un sobre en las manos. El chofer, un señor canoso, extrañamente tuvo compasión. “Bueno, carajito, termínate de subir es qué”, le gritó. El muchacho, que no pasaba de los veinte años: alto, blanco y delgado, pálido y bañado en sudor; cara de “piedrero”, se sentó a tu lado, Héctor. Pero, tú venías muy ocupado analizando los versos del trovador, con la cabeza recostada del vidrio y los ojos cerrados, demasiado concentrado como para detenerte a mirar a quién tenías al lado. Entonces, el buen chofer se para en un semáforo, en Teatros, justo frente a la estación del Metro. De nuevo se repite el procedimiento: la camioneta está cerca de arrancar, y le gritan voz de alto. En esta ocasión no es uno, son dos los jóvenes. Al chofer no le da buena espina, pero se detiene. Tú ni te enteras.

        Yo estoy llegando a Chacaíto y, de pronto, me detengo a pensar en la fatalidad de nuestros sentimientos, pero en seguida desecho esas ideas de mi mente. Dejo la música correr. Entre Sabana Grande y Plaza Venezuela, Rawayana se impone, la voz de Beto Montenegro relata una premisa de nuestra realidad: “Si no llevas la pistola, parece que no estuvieras a la moda”.

          Mientras que a ti Soledad Bravo te dice al oído: “La vida es una y no hay regreso”. Estás poseído, inspirado, elevado, etéreo, eres uno con la música. Pero afuera, la melodía es la del corneteo de carros, el olor a gasolina, sangre, pólvora y humo. Se produce una película, pero no es ficción, tú ni te enteras, no todavía. Soledad insiste: “No quiero que lo olvides: la vida es una y no hay regreso”.

          Mira, ahí está ese cabrón y tiene el paquete -comenta el nuevo pasajero a su compañero, mientras señala al flaco al lado de Héctor.

           ¿Y qué esperaras para quebrarlo? responde el otro, haciendo señas a la abultada cintura de su compañero.

             ¿Aquí, marico? ¡Hay demasiada gente! dice con voz temblorosa.

        A esa bruja hay que quemarla, guevón. Y si te echas pa´ tras, te reviento a ti también.

               Al llegar a Plaza Venezuela, abriste los ojos, Héctor, compruebas que no estás solo, el viaje no es una antología musical. Notas los movimientos raros, al  acompañante que te impuso la casualidad. Las miradas enrojecidas, consecuencia de algún pase de perico, que los observan desde la puerta de la camionetica. Los sujetos se hacen señas, uno se ubica en la puerta de adelante, el otro en la puerta de atrás. El perseguido no parece tener escapatoria. El tiempo se paraliza, justo cuando pones tu reproductor en pause. ¡PUM! La primera bala es abrumadora. Todo es confuso, la gente grita. PUM, PUM, PUM, PUM, PUM. El chofer se detiene. Se abren las puertas de atrás y de adelante. Los atacantes se lanzan de la camioneta. El perseguido, con una pierna herida, se baja por la puerta trasera, el concierto de balas continua sonando. El chofer, más amarillo que Pikachú, acelera, besa el escapulario que guinda del retrovisor. Arranca, piensa que ese es el pan de cada día de ésta ciudad, que lo que acaba de pasar es cotidiano, se acostumbra a vivir de la mano con la fatalidad. Aquí la delincuencia impone sus formas y su justicia. Agradece seguir con vida y, afortunadamente, no haber sido robado. “Hoy me salvé”, piensa. Recuerda a sus colegas y sus historias de asaltos y secuestros. Sin embargo, no todo ha salido bien, un olor a sangre impregna la unidad: la ley del hierro alcanzó a un inocente.

               Salí de la estación de Zona Rental, y me recibió el rostro lúgubre y decaído de nuestra amada, resulté empapado, fui víctima de la tormenta de su dolor. Ella te lloraba un diluvio y yo no alcanzaba a entender por qué. De camino al puente de Plaza Venezuela, fui testigo de una escena horrorosa. Parecía salida de una novela negra, había patrullas y curiosos alrededor, en el piso yacía un cuerpo, cubierto por una manta blanca. A decir verdad, ya no era blanca, estaba teñida de sangre, barro y agua de lluvia. Aceleré al paso. Llegué a nuestra Alma Máter. Y allí te esperé en el pasillo de Psicología. Nunca llegaste, Héctor. Sin embargo, un muchacho que aporreaba una guitarra e interpretaba una canción de Soledad Bravo, me reveló el peor de los presentimientos: “La vida es una y no hay regreso”.

           Cuando leí la noticia al día siguiente, en La Voz, una frase del escritor Héctor Torres vino a mi mente: “Caracas muerde”. Nuestra rivalidad, impregnada de arte desde el principio, había terminado. No lo podía creer. Me llené de sentimientos horribles. Me sentí devastado. No podía ser qué un hombre de tu valor, ahora fuese un número más, una estadística para el índice de mortalidad. Un ciudadano menos. Un cuerpo más en Bello Monte. Y la maldije, Héctor, a nuestra querida, la maldije. Porque mientras tú eras impactado por tres balas, que no te pertenecían en aquella unidad, ella no hacía más que mojarme con su lluvia de dolor. El presente desaparecía ante nuestros ojos, el futuro era una bruma borrosa.

            Dejar de ser sus amantes para ser sus víctimas, en eso nos transformó nuestra amada. Sí, nuestra amada ciudad. Ya no me enamoro, Héctor. Ahora solo tengo amantes de paso, me resisto a querer a otra ciudad que no sea Caracas. Caracas, nuestra eterna Caracas.

           Soy un forastero triste, un exiliado, desterrado de mi propia tierra y cómo duele. A veces Madrid, a veces Buenos Aires o Londres. Hermosas todas, es verdad, pero ninguna como ella. Soy prófugo de la memoria, los años han pasado, y yo me sigo enfrentando al olvido. Es curioso, ¿sabes? Solo el olvido sostiene, o al menos eso dice la escritora Gisela Kozak Rovero.



                                                                                                               Elvianys Andrea Díaz