miércoles, 13 de agosto de 2014

Inocentes

A la maestra de las letras y señora de la literatura


Me quedé parada unos segundos en la acera y, después de evaluar la situación, decidí. Tenía ropa deportiva porque había salido a comprar una tarjeta telefónica en la panadería, las máquinas que quería usar estaban libres, y además había varias personas en el lugar, a pesar de que había oscurecido. Se daban, pues, las condiciones para que pudiera ejercitarme un rato.

Estiré el cuerpo y me dispuse a mover las piernas en la bicicleta. Quería relajarme, despejar la mente y olvidar las responsabilidades por un momento. Sin embargo, me fue difícil hacerlo de inmediato: mis músculos se relajaban con los movimientos, pero mi cerebro seguía haciendo un inventario de las cosas que debía hacer. El bendito trabajo de economía no salía de mi cabeza. Me quejé mentalmente de mis responsabilidades académicas y concluí que eran demasiadas, lo cual hizo que acelerara el paso en la máquina. En ese instante vi a una chica que venía montando a duras penas una patineta: perdía el equilibrio, se tambaleaba, y casi se cae. Pero esto en vez de molestarle, le causaba gracia. Escuché sus carcajadas ruidosas y sinceras. Esto último fue quizás lo que hizo que sonriera a medias. A su lado venían dos muchachos: uno corriendo, otro caminando, ambos riendo.

Dejé de prestarle atención al asunto y fijé la vista en el bombillo del poste que tenía en frente, y al fin pude abstraerme de todo por un momento. Me quedé con la mente en blanco, sin pensar en nada, el cuerpo se movía por inercia. No sabía dónde estaba, hasta que un “¿Siempre vienes para acá?” me regresó a la realidad. “A veces bajo”, respondí y le sonreí a la niña. Viéndola de cerca, me di cuenta de que era menor de lo que pensé.  Al parecer, había decidido dejar de sufrir en la patineta e intentar hacer algo en la otra bicicleta estática que estaba a mi lado.

             ¿Y esta máquina para qué sirve?

            Hice un leve gesto de extrañeza ante la pregunta y sonriendo le contesté:

            Para tonificar los músculos de las piernas.

                Se sorprendió  y luego se dirigió a los muchachos que la acompañaban:

             ¿Vieron? Ella sí sabe de estás cosas.

              El comentario me causó gracia y curiosidad. Me pareció raro que mi respuesta la haya impresionado y pude advertir así su cierto grado de inocencia ante la vida. Será que le pareció interesante lo de la tonificación, me dije. Para mí es poco común conseguir en las calles de esta ciudad a  personas así: que reparen en un pequeño detalle.  Bueno, es una niña.  Los infantes siempre ven las cosas de otro modo, concluí. Y no sé si fue eso u otro factor lo que le llamo la atención, pero lo cierto es que quiso seguir conversando conmigo.
           
             ¿Y cuántos años tienes?  interrogó.

             Tengo 22 ¿y tú?

              Abrió la boca y los ojos considerablemente y sin cerrar estos últimos, afirmó:

            ¿En serio? No parece. Aparentas como 18.

            Ja ja ja, qué bueno –respondí.

            Yo tengo 16.

               Esta vez la sorprendida fui yo. De verdad no parecía tener esa edad. Le calculaba 13 o 14 años como máximo. Se lo hice saber y me sonrió.

            ¿Y qué haces, estudias, trabajas? –prosiguió con las preguntas.

            Estudio en la universidad.

      Guao ¡más fino! Eso debe ser chévere –dijo, mientras miraba al cielo, como imaginándose ser parte del alma máter.

Una gota hizo que bajara el rostro y al yo subir el mío, pude ver la cantidad de nubes que presagiaban el chaparrón. Sin embargo, seguí en la máquina. No me importaba mojarme. Ella también se quedó y de vez en cuando noté que me miraba como quien ve detenidamente a su artista favorito sonriendo desde alguna valla publicitaria en la calle. El agua comenzó a caer y, por primera vez, me fijé con detalle en los chicos que acompañaban a la niña. Uno tenía aproximadamente la edad de ella y montaba la patineta con destreza. Al otro  no pude verlo muy bien, porque estaba lejos y la oscuridad lo cubría. Sin embargo, noté que era más grande. Llevaba un bulto colgado hacia adelante, al cual abrazaba como si cuidara algo, y estaba sentado en un muro.

           La lluvia hizo que las personas que quedaban se fueran del lugar y que los chicos corrieran a refugiarse en una especie de toldo que había en la esquina. Pero en ella provocó todo lo contrario. Se bajo de la máquina, se paró en la grama, miró hacia arriba, dejó que las gotas cayeran en su rostro y comenzó a dar vueltas, acompañadas de pequeños brincos. Me miró riendo y acepté la invitación. Llegué a donde estaba y abriendo los brazos,  dejé que el agua tocara mi cuerpo. La lluvia arreció junto con los ánimos. Comencé a jugar, a dar vueltas en puntillas en una especie de ballet mal ejecutado y un “¡Uhhh!” salió desde lo más profundo de mis entrañas, como si con aquel grito me liberara de alguna atadura. Ella también disfrutaba bailando un estilo de danza parecido al mío, al tiempo que hundía los pies en los pozos de barro que comenzaban a formarse. Yo había olvidado todo, hasta que en ese momento recordé mis tareas y mis deberes, pero ya no me pesaban. La vi reír con ganas y pensé que qué bien era ser así: libre, inocente y sin preocupaciones. Me sentí bien por haber disfrutado de mi niñez.

Nos mojamos hasta que escampó y, cuando ya no vimos caer más gotas, comenzamos a caminar hacia el toldo. “¡Qué fino estuvo!, comentó ella, mientras exprimía su cabello. “Súper”, respondí, entretanto hacia lo propio con mi camisa. Debajo del techo, los muchachos esperaban y se burlaban al vernos mojadas. Nos miraban y movían la cabeza de una lado a otro en un gesto de negación que lo que deseaba comunicar más bien era algo como “Qué horror” o “Están locas” o  las dos cosas.

Nos terminamos de acercar y el chico del bulto se levantó para cederme el puesto, permitiéndome ver qué era aquello que cargaba con tanto cuidado. Observé fijamente y sentí como  un aire frío, que no tenía nada que ver con el hecho de que estuviera mojada de pies a cabeza, me recorrió el cuerpo y el pensamiento. Ella pareció advertir mi sorpresa. “Vine a hacer ejercicio, porque después de que tuve a mi hija siento que quedé muy gorda”, dijo, mientras me veía con la misma expresión de idolatría de las veces anteriores. No respondí nada, sino que dirigí mi vista a aquel marsupio artificial de donde sobresalían un par de ojos de mirada verdaderamente inocente, tan inocente como me sentí en ese instante, que me miraban fijamente.

                                                       
                                                                                                 Claudia Hernández


jueves, 7 de agosto de 2014

Hoy y siempre, muy señora mía

         Marilala, siento que te necesito, cómplice de mi imaginación.  Como tú no hay otra. Te quiero hoy y siempre, lejos o cerca, me une el vernos en Maracaibo, bajo un inexpugnable anonimato, frente al relámpago del Catatumbo, donde nos daremos un beso eterno.

Tú que me conoces tanto, y yo que no me canso de soñarte. Déjame recorrer tu espalda en una cruzada por el romance, donde el deseo o las ganas de ver estrellas de color rosa determinen hasta dónde puedo llegar.

Eres una sombra que siempre me mirara, me juzgara e influirá en todo lo que haga, en lo que escriba y en mi vida sentimental. Nadie se me ha parecido a ti, a lo que tú generas, a lo que tú transmites. No tengo consuelo, no encuentro manera de olvidarte.

Cierro estas breves líneas dejando constancia de mi amor por ti. No me olvides, tengo miedo de vivir bajo la incertidumbre de no saber lo que es estar contigo, envidio absolutamente a todo el que te pretenda, ninguno es suficiente para lo que tú implicas.

Soy un egoísta si de ti se trata, la libertad sin ley es anarquía, y me da miedo los lobos que te desean. Sin ti soy tan pobre que solo tengo dinero. No hay  un “te amo” que se compare con uno que tu pronuncies. No me deje morir, señora del rayo.


                                                               
                                                                 Tomás Chitty

sábado, 2 de agosto de 2014

Reseña: "La Ley del cuerno"


74 periodistas han sido asesinados entre 2000 y 2011
La ley del cuerno, el retrato de una espeluznante realidad mexicana
“Aquí no hay autoridad”, dice la periodista y cronista Marcela Turati: 9 de cada 10 policías están comprados por el narcotráfico


            La ley del cuerno, publicada por ediciones Puntocero en el año 2011, recoge los trabajos de siete periodistas mexicanos: Juan Villoro, Pablo Ordaz, Edgar David Piñón Balderrama, Alejandro Almazán, Diego Enrique Osorno, Óscar Martínez y Marcela Turati. Los cuales, a través de sus testimonios, revelan: “Siete maneras de morir con el narco”.

           El narcotráfico mexicano tiene su génesis a finales del siglo  XIX e inicios del XX, en las zonas mineras de Sinaloa. Sin embargo, no es sino hasta lo década de los 70 cuando se consolidan las primeras familias narcotraficantes. En la actualidad, el problema de consumo y  las guerras entre carteles se ha agravado terriblemente, desencadenando una narcoguerra. 

             Ésta inicia, oficialmente, cuando el entonces presidente de México, Felipe Calderón, el 11 de diciembre de 2006, da el grito de guerra contra las bandas del narcotráfico, y éstas responden de vuelta, según la periodista venezolana, Maye Primera, editora y recopiladora de la Ley del cuerno. 

            El texto es un compendio de 7 crónicas periodísticas relatadas desde la voz de sus protagonistas y que retratan la espeluznante realidad mexicana. Más de 35.000 mil muertes en los últimos 5 años. El poder del narcotráfico, los crímenes diseñados, el prestigio de lo ilegal, el reinado de la violencia, la crisis de la gobernabilidad, el culto por el exceso, el papel de la mujer dentro de los cártel y el peligro que implica hacer periodismo en “un país de sangre y plomo”, como dice el periodista Juan Villoro, autor de “La alfombra roja, el imperio del narcoterrorismo”, uno de los textos que compone el libro.


Ser periodista y no morir en el intento. “México es un entorno donde decir la verdad es progresivamente peligroso”, asevera el periodista mexicano, Juan Villoro. Según cifras de la ONG Periodistas sin fronteras, México ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. La ley del cuerno, revela a través de testimonios, como los de Villoro y Edgar Piñón Balderrama, el asedio y las amenazas que padecen a diario los periodistas mexicanos por cuenta de los narcos.

          El narcotráfico se vale del uso de los medios de comunicación como estrategia política, bien sea para “quemar” al adversario, o para evitar que salgan a luz pública nombres o datos de sus parientes. “Los medios tienen historias impublicables”, resalta Piñón. “Ser periodista en los peores días de la guerra contra el crimen organizado puede volverse asfixiante. La incertidumbre te mata”, agrega.

Descomposición social. Las crónicas desvelan, una tras otra, cruentas cifras de asesinatos a causa del narcotráfico. “Un país donde el narcotráfico se lleva por delante a más de 6000 personas al año”, resalta Pablo Ordaz, autor de “La muerte imparable”. En México reina la impunidad, los narco tienen comprados (o amenazados) a policías, jueces, políticos y periodistas. Utilizan la muerte como una herramienta de poder y trabajo. Lo más lamentable es que al 40% de los asesinados, según Ordaz, nadie los reclama, y en su mayoría son jóvenes que no estudian ni trabajan, sólo esperan su turno de matar o morir.
         El papel de la mujer dentro del cártel es retratado a través de la crónica de Alejandro Amazán. “Las que sicaríamos no necesitamos motivos”, así lo afirma Yeretzi, una de las “Chicas Kalashnikov”, quién luego aclara que “las mujeres no matamos por capricho, lo hacemos por dinero”. “En este país puedes matar a quien quieras, al cabo no pasa nada”, es parte del testimonio de Marta, una sicaria de 20 años.
           Esta descomposición ha sido originada por la narcoguerra, según la periodista Marcela Tintori. “La cómplice indiferencia de la justicia y el obligatorio silencio ciudadano”. La única ley verdadera en México, es la ley del cuerno de chivo, el poder de las balas. Por su parte, los narcos aprovechan sus “15 minutos de impunidad”.
           Se pavonean por las calles con sus atuendos excéntricos y exagerados, compran lo que deseen con sus dólares, productos de las drogas: gobiernos, mansiones, alcohol, armas, mujeres.  Cuando mueren, lo hacen como "Faraones", así lo afirma en su crónica Diego Enrique Osorio.

Por: Elvianys Díaz/ @ElviDiaz18


 




domingo, 27 de julio de 2014

Todo se transforma

                                                                         A  los de siempre

 El Chino

Ya estaba todo listo, cuadrado. Cuando hay cash todo es más fácil, porque le das algo a la gente, te hacen las vueltas y ya. Qué ladilla estar organizando detalles. Aunque de lo que sí me encargué fue del sonido. Eso tenía que escucharse al pelo y retumbar en todas partes. Con los vecinos ya había hablado para que no se la pusieran. Si querían, podían llegarse o si no, taparse la cabeza con la almohada. La curda estaba en su lugar también. El escocés para la gente especial que invité y los demás que se conformaran con gasolina de avión. Le di al dj una lista de temas infaltables que tenía que colocar en toda la noche y dejé que fluyera. Esa noche tenía que prometer, porque para la envidia de muchos tengo un año más sobreviviendo en esta vida de locura, de brujas y reales, de buenas y malas. Porque hoy cumple años un rey.

Enrique

No sé por qué quería hacerlo. Desde que me levanté llevaba dándole vueltas a ese beta en la cabeza. ¿Con quién? ¿A qué hora? Y todas esas cosas que uno siempre piensa. A pesar de que uno tiene experiencia, hay que maquinar todo para no caerse. Si la ocasión se prestaba, inventaba. La siesta me había hecho bien. Me levanté con energía para ir contra el mundo, sin creer en nadie. Y siendo hoy viernes ¡menos! Los desgraciados éstos me empezaron a tocar la puerta más temprano de lo normal y tuve que salir antes de lo que tenía pensado. No sé si ellos durmieron en la tarde, pero estaban alborotados. Franelita Under Armour, el Levisito  y las Jordan. Qué mas, pues. Hoy corono de todo.
   
            Al Chino le está yendo bien en las vueltas. Me ofreció un trago de 12 años cuando llegué. Sé que lo hizo porque ya puede ofrecer en sus rumbas algo más caché que el anis y porque me respeta. Aunque nunca me quejé de lo que daba en sus rumbas, porque para mí el Cartujo, con lo que venga, siempre será  una bebida de lujo. La vaina está bien: los panas, la curda, el baúl a morir que sale de las cornetas. No sé todavía qué regalarle al convive por su cumpleaños. Ya veré qué le doy…

La casa estaba a reventar, vino un poco de gente que andaba perdida. Es que ese Chino del coño es muy querido. Salí un rato a agarrar aire y a achantarme a hablar con los convives, cuando de repente sentí su mano tapando mis ojos y viajé al pasado: amanecidas hablando paja, soñando, planificando, jugando play, tomando. Tardes jugando al escondite, fusilado, stop, la ere… Había pasado el tiempo, pero era la misma mano, delicada, de largos dedos. La misma que siempre me impedía la visión hace años. Así que me liberé como solía hacerlo, diciendo la contraseña: su nombre. Carolina, susurré, mientras me reía. Estaba bella, como siempre, igualita. Jamás pensé que la vería por esos lados. Desde que se fue hablábamos poco. Pero su aprecio al Chino la hizo llegarse. Me abrazó como si no hubiera pasado el tiempo y me quitó el trago de la mano. Sus ojos brillaron al probar el whisky, me volvió a abrazar y se sentó al lado mío a conversar. Era ella, cambiada pero original, sencilla, alegre, amiga… Volví a contemplar la idea.


Isabel
  
             Salí de la estación de Metro, como cada noche, y comencé a caminar hacia la calle por donde se sube a mi casa. Estaba cansada. Avanzaba por inercia, mientras pensaba que esta rutina me estaba matando. El trabajo y la universidad, la falta de tiempo para distraerme, dedicarme a mí, tener vida social. Pero, bueno, hay que sacrificarse, después vendrá la recompensa. Me consolaba. Pensaba, además, que allá arriba tenía gente por quien luchar y que ellos lo valían todo. Pero qué dura es la vida del pobre, pana, definitivamente…

Cuando llegué a la parada,  salí de mi mundo mental, volví a la realidad y le menté la madre efusivamente al cielo. ¿Cómo es posible que no hubiera Jeeps? ¡Y que estaban de huelga porque mataron a uno de los conductores! Sí, entiendo, es un hecho sumamente lamentable, pero ¿qué culpa tenemos los pendejos? Porque los que nos fregamos con esto somos quienes tenemos que subir y bajar el cerro todos los días. Pero nada, respiré profundo y empecé a subir gastando lo último que le quedaba de energía a mi cuerpo.
  
             Al menos había gente en la calle, porque era viernes y eso en este barrio es equivalente al pre apocalipsis. La gente pierde la razón. Subía con pasos rápidos y cantaba mentalmente las distintas canciones que sonaban a todo volumen en las casas que iba dejando atrás. “No importa si el mundo me llama careta…”. “La mano arriba, cintura sola…”. “Ella quiere cualto, ella quiere cualto…”. Pasé la primera curva, tomé impulso y casi trotando, emprendí la subida o, más bien, la escalada de la calle siguiente. Es la más empinada de este barrio, me atrevo a decir, pero no hay de otra. Hay que subir. Al terminarla me detuve, respiré hondo y tomé fuerzas para continuar el camino. Faltaba poco pero había que escalar otra pendiente, menos empinada que la anterior, pero heavy de igual forma. Fue cuando volteé y decidí. Preferí irme por las escaleras y recortar camino. Ascendí con ánimo los escalones, saludé a algunos conocidos y terminé esa etapa del recorrido. Pensé en descansar un momento, pero al ver que el callejón estaba solo, caminé rápido y sin parar. No paraba, aceleré el paso y, cuando me di cuenta de que venía, corrí. Pero delante de mí salió otra sombra, que al acercarse se dejó percibir de carne y hueso. Con fuerza me empujó hacia la pared.

Carolina
  
             Acepté la invitación del chinito porque es de esos panas que son para toda la vida. Tenía tiempo sin andar por esas zonas. Desde que me fui, no frecuentaba por esos lugares y había perdido contacto con la gente. El día fue rutinario, hice varias diligencias que tenía pendiente y regresé a mi casa para recargar las pilas. Había pasado el tiempo, pero estaba segura también de que en esa fiesta iba a sonar lo mejor del baúl de la salsa, el son montuno, la cabilla… así que debía estar activa. Vestimenta casual y zapatillas (pa’ aguantar el trote). El Chino me mandó  a buscar con Joel en el carro para que me subiera, como si yo no me supiera el camino. Se ha tomado en serio eso de que me volví sifrina, porque me fui y ahora estudio y leo.  “Pero está bien, chama, échale bolas a tu vaina para que no seas bruta como yo. Ah, y acuérdate de mí cuando estés en tu gloria”, me dice siempre que hablamos. Yo le digo que se deje de vainas, que siempre lo recuerdo y que lo quiero demasiado, que no sea gafo, que se ponga las pilas. Pero no me hace caso ni me hará. Se dejó arrastrar por la rutina y la mentalidad del que ve pasar la vida hablando con los convis en la esquina.

              Cuando llegué y lo vi de espalda, no pude evitar taparle los ojos, como lo hacía cuando éramos unos carajitos. Sentí la misma confianza de siempre al verlo, incluso le quité el trago como solía hacerlo y me senté a su lado. Estaba tomando whisky y eso me hizo presentir que sería una buena noche. Enrique estaba hermoso, como siempre: sonriente, cariñoso, amable, amigo… El Chinito salió y lo abracé “¡Feliz cumpleaños, mi loco! ¡Qué bello estás!”. Hizo un gesto de picardía y me respondió que eso se debía a la buena vida. “Yo no esperaba verla. Es que tú sabes, ella ahora ya no anda con pobres”, agregó Enrique. Yo les dije que dejaran la gafedad, porque ellos sabían que seguía siendo la misma. Y con el impulso que me dio el  diálogo, aproveché. “Vamos a bailar es lo que es, Enrique, para que veas que me acuerdo”. Claro que me acordaba, a pesar de que tenía tiempo sin bailar salsa erótica en la sala de una casa. Él seguía bailando espectacular, como lo hacía en los matinés de todos los viernes. Seguía, además, estando en forma y usando buenos perfumes. Pensé en un momento en los medios que utiliza para darse ciertos gustos, pero deseché ese análisis. Preferí recordar nuestra adolescencia: las largas conversas, las rascas, las jodas con él y el chino, el amor puro, los besos y las caricias inocentes, y hasta algunos actos fuera de la ley.

              El Chino nos regaló la botella de whisky, después de que nos dijera “De toda la gente que está aquí, ustedes son los más reales, los de siempre”, y se fuera corriendo. Siempre le han incomodado las muestras de afecto. Enrique y yo  empezamos a prendernos y a reírnos de todo, a recordar nuestras vivencias. Todo lindo, todo cuchi, hasta que  me tomó de la mano, se me acercó y me dijo al oído una propuesta que culminó con un “Como en los viejos tiempos. ¿A qué no? ”. No hay que echarle la culpa de todo a los tragos, pero el alcohol me estimuló. Además, me quise poner a prueba.

Pasamos por los callejones sigilosamente, sin hacer ruido. Eran los mismos lugares, pero yo no los veía igual. Yo era distinta, efectivamente. Él se detuvo en un momento. “¿Segura que sabes?”, interrogó. “Eso no se olvida”, afirmé.  La chama advirtió mi presencia y corrió. La perseguí sin prisa y cuando la alcancé, ya Enrique sujetaba su cuello con un brazo y con la otra mano hundía sutilmente la navaja para infundirle miedo y para que no me mirara. Tomé su bolso y comencé a revisarlo. Los ojos de Enrique me miraban extrañados.  “Esta la está soñando, vale”, pensó probablemente. No comprendía por qué no agarraba la cartera de una vez y nos íbamos. Yo tampoco entendí  porqué quise revisar. En el interior había un monedero, un estuche de maquillaje, el celular, y varios libros (muchos, realmente), acompañados de un cuaderno. Agarré el teléfono y la despaché. “Bórralo, chama, pira de aquí y no voltees”.

Y comprendí a los muchachos. No era la misma. No pude quitarle el bolso, porque me vi reflejada en ella, porque ciertamente haber compartido en otros lugares y haber conocido otras realidades, me ha hecho comprender cosas, como que esos libros son más importantes y útiles para ella que un celular. Porque la universitaria víctima de la delincuencia pude haber sido yo. Entendí entonces que mi esencia siempre estará ligada a ese barrio, porque ahí crecí, pero que, no obstante, todo se transforma y mis ideas cambiaron.


Estaba linda la reflexión, hasta que el ruido de la sirena la interrumpió. Dejé de pensar, y si bien mi indolencia no era la misma de años atrás, el recuerdo de cada rincón de aquellos callejones y  la velocidad de mis piernas, seguían intactos.

                                                                                                        Claudia Hernández

sábado, 12 de julio de 2014

Carta a la arquitecto de mis pasiones

        Cómo están de moda las cartas, decidí escribirte una:

A ti, que eres blanca como las nubes, de cabello negro azabache, con una sonrisa pura en un rostro perfectamente armónico.  Algunas pecas cerca de unos ojos marrones que configuran una mirada sobria e intrigante.

Tu indiferencia trastoca mi homeostasis sentimental, mendigo un instante de tu atención.  Simplemente te alejas mientras que yo estoy dispuesto a entregarle mi libertad, mi rebeldía y hasta mi fe.

Cuando estoy cerca de ti no puedo ocultar mi interés.  Sin embargo, como dice el francés, yo quisiera que el “Le Premier Pas” fuera tuyo, aunque puedo jurar que eso jamás pasara. No me atrevo a nada, quisiera que me tomaras del brazo y me llevaras por las escaleras de tu vida a los rincones de tu  alma, donde yo viviría felizmente realizado.


En las noches me siento a pensarte y concluyo que soy un idiota, que sé que nunca te diré todo lo que realmente siento, pero debo intentar descifrar el ritmo de tu corazón,  alejar tus demonios y tomarte para siempre. Si soy Bolívar es porque tú eres y serás por siempre mi campaña admirable.

          
                                                                                                        Tomás Chitty

lunes, 7 de julio de 2014

Catalejo tiene un año

            Catalejo nunca deja de estar de fiesta, porque siempre está celebrando la vida. Sin embargo, en este mes las festividades adquieren un carácter familiar y, por lo tanto, especial. Tanto quienes concebimos a este ser lleno de ideas, como él mismo, cumplimos año en junio. Hace 365 días Catalejo comenzó a vivir con una primera entrada que se originó gracias al mismo motivo por el que nace esta plataforma: la necesidad de escribir.
    
        En ocasiones las necesidades se convierten en adicción y placer. Eso sucedió en este caso. Sin embargo, el carácter adictivo en este contexto no ha sido negativo. El impulso de exponer ideas, en el género que sea, fue incrementando con el tiempo. Tiempo en el que la vida de las expositoras se fue llenando de experiencias y aprendizajes que orientaron el contenido que se ha publicado hasta ahora. Se ha producido ese fenómeno que tiene lugar cuando se combina el transcurso de los días con la consumación de hechos importantes: la evolución.

Teniendo presente que, como dijo en algún momento Fernando Savater, “la escritura es un traje que se adapta a cualquier vestidura”, decidimos narrar, argumentar o hacer un “de todito” a la hora de mostrar contenidos. Ya comprenderán porque hay textos de todo tipo. Aunque lo que predominó inicialmente en las mentes de quienes redactan fue la certeza de que lo que se dice debe responder a criterios de responsabilidad y respeto, pues se escribe para ser leídos.

Por azares de la vida (no hubo planificación alguna), el aniversario de este espacio coincide con el día en que se celebra una profesión que implica que quienes la ejerzan sean responsables y conscientes de que los mensajes que comunican influyen en mayor o menor medida a quienes los reciben: el periodismo. Al igual que el ejercicio del oficio, la labor de publicar en este blog exige compromiso ético y social.

            En este caso, el compromiso y la exigencia pasan a ser agradables, debido a que estimulan y hacen recordar que los contenidos de Catalejo pueden y deben ser siempre perfectibles. Hace un año escribí, porque la necesidad de resumir mis vivencias de aquel 27 de junio, me impulsaron. Debo decir que es excelente redactar líneas bajo esas emociones. Hoy, más que por necesidad, redacto por responsabilidad y formalidad. Lo cual no implica que no haya disfrute en la acción. Sobre todo en eso de mezclar la narración en tercera y primera persona a placer.

            ¿Los fines de la nota? Informativos y persuasivos. Los primeros ya se lograron, puesto que quien haya llegado hasta aquí, posee información con la que antes no contaba. Los segundos implican esfuerzos futuros, porque la invitación es para quienes han seguido este portal, para quienes lo hacen desde ahora y para los que hagan lo propio a futuro: continúen mirando a través desde este Catalejo, que aunque esté impregnado de subjetividad, como todas las acciones humanas, no deja de mostrar y de apostar a la libertad de consciencia y pensamiento.

           A propósito, suscribo un poco de Buena Fe. “Nunca aspiré a que desfilen por todas las líneas de mi pensamiento. Ojalá que te construyas en tus experiencias y tus sentimientos”.


                                                                                                               Claudia Hernández

                                                                                            

miércoles, 25 de junio de 2014

Abril

      Se llamaba Abril. Sus grandes ojos verdes, a veces aguamarina, constituían toda la inmensidad de mi universo. Era lo que más me fascinaba de ella; su piel era blanca como  porcelana, con apenas unas pequitas en las mejillas que, de vez en cuando, se confundían con el rubor  que le provocaban mis besos. Bueno, los besos que solía darle. Porque como dice la salsa, “todo tiene su final, nada dura para siempre”. Y, como jamás duró una flor dos primaveras,  lo nuestro no fue una excepción. Sin embargo, nunca olvidaré aquella última mirada.
                                                             ________


Había ignorado las múltiples advertencias de mis amigas: que si la noche, el peligro, la ciudad devoradora…

El humo. Las luces. La música a todo volumen, -me genera sordera-, el vodka, la cuba libre, la multitud, los necios que se empeñan en conversar, y se gritan al oído preguntas que, en un sitio más apropiado, no se atreverían a formular. Se empeñan en una interacción absurda, aun sabiendo que en ese tipo de tugurios lo importante es saber mover las caderas.

No tengo diez minutos en el antro, y ya recibo la primera invitación a bailar. Baile. Movimiento. Meneo de caderas. Roce de cuerpos. Sudor mezclado con perfume y humo. Una perfecta amalgama de narcóticos nocturnos. Un baile tras otro, la música no para de sonar. El cuerpo se adapta a esa rutina mecánica, pero sensual, y al manoseo. Las manos en la cintura, en las caderas, en el culo, en los pechos. Las frentes llenas de sudor se rozan al ritmo de la Electro. El deseo. El deseo aparece, es algo instintivo. La mente vuela, está en otro sitio. Uno tras otro, se repite la misma rutina.

Los cuerpos son masas aglutinadas, todas iguales, lo único que varía es la forma de moverse: unos más lascivos que otros, pero de todos modos aquello no es más que sexo con ropa. El vaivén es el mismo. No me preocupo por los rostros, la poca luz y el vodka en el cerebro, no me permiten distinguir entre uno u  otro compañero.

La cercanía es inevitable, lo siento pegado a mí. Sus manos no se despegan de mi cuerpo. Suena un reggaetón. “Dile que bailando te conocí, cuéntale”, asevera el cantante. Me parece conocido pero no recuerdo su nombre. Sus labios se deslizan, poco a poco, por mi cuello. La piel se eriza, mi mente está en otro lugar. No vacilan mucho, llegan a las mejillas, y se aventuran a mis labios. Los suyos saben a Cuba libre, son algo dulces. El reggaetonero sigue insistiendo, dice: “dile que beso mejor…”. Yo ni me entero, estoy ocupada pensando “¿Y si fuera ella? Con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella, que otra vez me lleva; nunca me responde, si al girar la rueda. . . Ahh”, me susurra  al oído Alejandro Sanz . Mis manos acarician su cabello corto, y mi boca se enfrasca en la suya, dulce y avezada. Por unos segundos me sumerjo en la fantasía de pensar que no es mi acompañante quién me devora. “Abril”, susurro entre dientes, separando, a duras penas, sus labios de los míos.

            Disculpa, ¿qué dijiste? –me pregunta al oído.

            Que tengo calor, ¿nos tomamos un trago?

  Claro, mi bella, vamos por los tragos –afirma él.

El sabor a Vodka también me recuerda a Abril. Era su trago favorito, el problema venía cuando lo mezclaba con otras sustancias.

 ¿Y cómo te llamas, mi bella?

Alejandra –mascullé.

¡Qué casualidad! Yo me llamo Alejandro, nosotros como que estábamos destinados, belleza.

Le asiento con una sonrisa. Apenas puedo escuchar sus balbuceos. Mi mente vuelve a los acontecimientos de esta mañana, y a la última mirada de Abril. El pana vuelve a besarme. “Esos labios tuyos me provocan”, me susurra con su aliento a licor. Ignoro su comentario balurdo. Sólo quiero olvidar. Le beso con fuerza, con rabia. Soy un huracán en su boca, que lo revuelve todo sin contemplación, incluso, puedo sentir  su excitación en mi cintura. “Es mentira que sepan a vinagre los besos sin amor”, pienso en la canción de Sabina. “No es tu culpa, no es tu culpa, no se quiso dejar ayudar”, me repetía como un mantra. Deseo salir corriendo, estoy sudando frío, siendo escalofríos, me siento claustrofóbica. “Tengo que ayudarle, yo puedo ayudarle”, susurra una y otra vez la voz en mi cabeza. Él ni se entera, está muy inspirado cantando: “me tratas mal, pero me gusta”. ¡Pum Pum! Detonó el arma, y mi acompañante cayó a mis pies.


Entonces lo sentí, en toda mi piel, el vals de la muerte que abrasaba su vida. Y la mirada, la última mirada, como la de Abril. El vértigo me recorrió la columna, la gente gritaba y se dispersaba. Yo corrí. El tugurio era ahora un infierno. Igual que esta mañana. Sin embargo, esta vez a la pistola no la sostenían mis manos.

                                                                                                        Elvianys Díaz