miércoles, 7 de mayo de 2014

SIN DESTINATARIOS







-Hola:

-Dedícame la canción que se parezca a lo que piensas de ti...
-Confiésame un pecado divertido
-Cuéntame si la felicidad te sabe a trago de champaña o a beso de amor
-Quisiera saber qué piensas cuando ves caer las gotas de lluvia por la ventana
-Conquístame con tu mayor defecto
-Recomiéndame el libro que más te haya marcado
-Dime qué película no verías jamás, para verla cien veces sin ti
-Cuéntame qué te hace sentir plena
-Recítame el primer poema que te aprendiste
-Desnúdame sin  ponerme un dedo encima
-Sedúceme con inocencia
-Confiésame un secreto inconfesable
-Cuéntame qué te hace ser "tú" cada día
-Dame tres razones para no quererte... tanto
-Dime a quién va dedicada tu canción favorita
-Cuéntame qué te borra la sonrisa del rostro
-Quiero saber a qué le tienes fe
-No me des razones para querer conocerte
-Dame un motivo para no ser desconocidos
-Confiésame que ves cuando cierras los ojos
-Cuéntame de qué material están hechas tus alas
-Dime si cuando me miras a los ojos, encuentras lo que estás buscando
-¿En quién piensas cuando te muerdes los labios?
-¿Cuál es tu lugar común favorito?... ¿El mío? El encuentro
-Confiésame una utopía
-Cuéntame qué te inspira
-Cuéntame en quién piensas antes de dormir, porque yo soy como Serrat, "no hago otra que pensar en ti, y no se me ocurre nada".


Elvianys Díaz



miércoles, 30 de abril de 2014

Al Gabo



           A veces los textos no planificados son los que mejor salen o fluyen, precisamente por su carácter imprevisto. Porque se dan por razones que no se tenían previamente estimadas. Sin embargo, estas razones, aunque contribuyan a una mayor fluidez en la escritura, no suelen ser las más agradables siempre. Éste es uno de esos casos:

        Volteé la hoja para continuar con el ejercicio. Uno de mis compañeros se levantó de su asiento y comenzó a leer en voz alta, mientras el resto del curso seguíamos las líneas leyendo mentalmente: 

        “No sé si fue mi sangre, pero un momento después había una revolución de tiburones alrededor de la balsa. Nunca había visto tantos. Nunca los había visto dar muestra de semejante ferocidad. Saltaban como delfines, persiguiendo, devorando peces junto a la borda. Atemorizado me senté en el interior de la balsa y me puse a contemplar la masacre.


        La cosa ocurrió tan violentamente que no me di cuenta en qué momento el tiburón saltó fuera del agua, dio un fuerte coletazo, y la balsa, tambaleando se hundió en la espuma brillante. En medio del resplandor del maretazo que estalló contra la borda alcancé a ver un relámpago metálico. Instintivamente, agarré un remo y me puse a descargar el golpe de muerte: estaba seguro de que el tiburón se había metido en la balsa. Pero en un instante vi la aleta enorme que sobresalía por la borda y me di cuenta de lo que había pasado. Perseguido por el tiburón, un pez brillante y verde, como de medio metro de longitud, había saltado dentro de la balsa. Con todas mis fuerzas descargué el primer golpe de remo en su cabeza.

        No es fácil dar muerte a un pez dentro de una balsa. A cada golpe la embarcación tambaleaba: amenazaba con dar vuelta de campana. El momento era tremendamente peligroso. Necesitaba de todas mis fuerzas y toda mi lucidez. Si descargaba los golpes alocadamente la balsa podía voltearse. Yo habría caído en un agua de tiburones hambrientos. Pero si no golpeaba con precisión se me escapaba la presa. Estaba entre la vida o la muerte. O caía entre las fauces de los tiburones, o tenía cuatro libras de pescado fresco para saciar mi hambre de siete días”.

        —¿Qué ven allí? ¿Qué predomina en esa narración? –preguntó la profe. 

        Al ver que nadie respondía o que quienes decían algo lo hacían en voz baja para que ella no los escuchara, agregó:

        —Es una narración dinámica que sugiere acción y movimiento. Una lee y siente el temblor de la balsa, el terror del naufrago a ser devorado por los tiburones. Una cierra los ojos y la imagen de ese hombre con aquel coraje, causado por la desesperación y las condiciones extremas en las que había vivido los últimos días, pasan por la mente como si fuera una película. ¿Verdad?

        —Sííí –respondimos los que atendíamos a su explicación.


        Todos estuvimos de acuerdo. Subrayamos los verbos del párrafo y continuamos leyendo los demás fragmentos. Yo quedé fascinada, porque lo que percibí como lectora no se trató de una sensación superficial cualquiera. En realidad ese fragmento sí me había sugerido y sumergido en la acción. De verdad entendía perfectamente a qué se refería la profesora, porque efectivamente sentí el tambaleo de la balsa por unos segundos y compartí la vaga esperanza del naufrago al ver en el pez una remota posibilidad de sobrevivir. De inmediato me dije “Este efecto sólo lo produce un grande, un gran escritor”. 


        Seguimos con el ejercicio y nos encontramos de nuevo con su pluma. Esta vez se trataba de un fragmento de ¿Quién le cree a Janet Cooke? 


        Este párrafo tuvo cierta ventaja sobre el otro. La profesora decidió leerlo y eso implicó de manera automática algunas diferencias. La lectura en voz alta de quien sabe qué enfatizar, en qué momento hacer pausas y cuándo cambiar la entonación, produce un efecto distinto en el oyente: justo el que el escritor desea causar cuando crea el texto. Haciendo aquel gesto favorito que era como su sello estilístico, un semicírculo en el aire con la mano derecha, que permitía que se apreciaran sus largas uñas pintadas, comenzó:


        “Lo malo es que en periodismo un solo dato falso desvirtúa sin remedio a los otros datos verídicos. En la ficción, en cambio, un solo dato real bien usado puede volver verídicas a las criaturas más fantásticas. La norma tiene injusticias de ambos lados: en periodismo hay que apegarse a la verdad aunque nadie la crea, y en cambio en literatura se puede inventar todo, siempre que el autor sea capaz de hacerlo creer como si fuera cierto. Hay recursos intercambiables. Si un escritor dice que vio volar un rebaño de elefantes, no habrá nadie que se lo crea porque el buen periodismo le ha hecho creer al mundo que los elefantes no vuelan”.


        Fue pertinente y satisfactorio. Agradable y oportuno: una revelación. Logré entender completamente en unos minutos algo que me había costado internalizar del todo en el semestre anterior. Con esa sola lectura, al fin pude saber exactamente en qué consistía eso de argumentar.

         Naturalmente no me conformé con esas lecturas y busqué más. Entonces tuve la dicha de apreciar varias de sus obras. De vivir minutos de agonía, angustia y desespero con la aventura completa del naufrago. Sintiendo el calor del sol que le destruía la piel, aunque yo estaba bajo el techo de mi cuarto, y compartiendo el cansancio tras cada brazada que daba para llegar a tierra, a pesar de que estaba acostada en mi cama. No fue menos grato entrar al mundo lascivo y promiscuo de Relato de mis putas tristes, y creerme en algún momento que todo en la vida comienza y acaba en el sexo. Agradable fue también creerme completamente uno de sus clásicos más conocidos, una historia contada con un manejo impecable de los saltos en la linealidad temporal. Un relato que a pesar de que, como afirma uno de sus personajes, carece de todos los requisitos para ser una historia verosímil literariamente hablando, convence precisamente por ser tan absurda y confusa como lo es la vida misma en ocasiones. En ocasiones en donde todo indica un rumbo, donde todo es como la Crónica de una muerte anunciada. Y, sin embargo, la gente no evita que se cumpla el anuncio. Debe ser por eso que el título de este relato se ha convertido en una cita y referencia automática cuando estoy frente a una situación ilógica que ha dado previamente todos los indicios de serlo. En referencia se convirtió de igual manera ese gesto que Gabriel tuvo con esta tierra creadora de literatos como él, esta que es amor y dolor a la vez, alegría y tragedia simultáneamente: América Latina. La soledad de América Latina, discurso que emitió al recibir el mayor de sus premios literarios por Cien años de soledad, es un flechazo de oro (un discurso contundente y directo, pues) por ser el clamor y las exigencias de casi todo un continente; planteados de manera magistral a través de la narración, las referencias históricas y las comparaciones. Todo esto acompañado de los infaltables recursos estéticos. Pero que no deja de ser un mensaje claro y explícito en donde todo latinoamericano se ve inevitablemente reflejado al leerlo. Curiosidad, sorpresa, desesperación, expectativa, reflexiones y sobre todo, una sonrisa llena de satisfacción, son las consecuencias y los efectos que se han desprendido de la lectura de estas y otras obras de García Márquez


        Me contenta poder afirmar ( me atrevo a hacerlo) que Gabo no se fue, sino que se quedó vivo en todas esas páginas, en esas ideas plasmadas y transmitidas, en todas esas almas que, como afirmaba con toda razón, estaban ansiosas de leer mensajes en lengua castellana. El mensaje quedó claro para los que nos dedicamos a esto de expresar ideas por escrito. Quedó claro porque sus mensajes fueron un ejemplo de cómo deben ser esos textos anhelados por las almas. 

        La muerte es un destino inexorable del ser humano. A veces llega primero a unos que a otros y en circunstancias distintas. Pero llega y no eso está sujeto a cambios. No obstante, el antónimo, la contraparte de ese destino, sí es susceptible de ser cambiada, manejada y controlada parcialmente. La vida sí está sujeta a cambios. De hecho ese es el factor que la define. 

        El hombre decide en gran parte cómo llevar su vida, qué decir, qué hacer, qué aportar, a cuáles cambios someterse, cuáles proponer y promover. El hombre que, en su paso por este mundo, decide dedicarse a algo, poner todas sus energías para ser bueno en ello y desde allí actuar con firmeza para colaborar con la humanidad, se inmortaliza. El Gabo decidió ser escritor y aportar desde y hacia el periodismo, la literatura y la cultura. Murió su cuerpo, esa máquina a través de la cual operó, pero Gabriel García Márquez está vivo en cada taller de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en la persona (muchas personas) que disfruta, aprende y/o se motiva a poner en práctica alguna buena acción cuando lee alguna de sus obras: en todo su legado.

        Ahora estoy en un aula de nuevo. Es otra clase, otra profesora, otro grupo, otro año, es otro compañero el que lee, yo soy otra. Ya no leemos con la finalidad de hacer un ejercicio que permita comprender mejor el contenido de una lección específica de la materia. Aunque la verdad sí estábamos haciendo unos ejercicios de igual o mayor importancia: reflexionar, pensar y analizar. El compañero leía, con una dicción casi perfecta, el texto proyectado en la pared por el video beam, y yo seguía la lectura desde el monitor de la computadora que tenia en frente. Se trataba de Periodismo: el mejor oficio del mundo. A pesar de que ya conocía el contenido del discurso, mientras iba leyendo y escuchando al mismo tiempo, descubría ideas nuevas que me hacían pensar en la nobleza, los riesgos y los sacrificios que implica ese oficio. Un final fulminante me dejaba un mensaje preciso: “Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el palpito de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral de fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a morir por eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra de acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, y no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente”.

         Asentí con la cabeza, y del mismo modo como comprendí en segundos con aquel fragmento del pasado lo que no había asimilado en seis meses, entendí, con mayor claridad, por qué estaba en ese salón. Gracias por todo, Gabo.                                      

            
                                                                                                         Claudia Hernández

martes, 8 de abril de 2014

Más de cien razones, más de cien mentiras

Cuando más perdida me siento recuerdo que existe una canción que desde la primera vez que la escuché se convirtió en mi grito de guerra personal. ¿Guerra? Bueno, quizás “guerra”  es la palabra menos adecuada en este clima inestable, violento e intolerante que impregna nuestro país. La oscuridad se ha posado sobre una Venezuela que, desde hace rato dejó de ser luz. Y la paz, el diálogo, la tolerancia, y la sensatez han pasado a formar parte de un diccionario utópico que, al parecer no está a nuestro alcance. Lo que si está a la vuelta de la esquina es una tipa frívola llamada: violencia. Dicha canción entonces, podría decir que se ha transformado (porque creo que todo se transforma), en mi himno personal contra el desaliento, en mi llamado a continuar y a no desistir. “Tenemos memoria, tenemos amigos, tenemos la duda y la fe, sumo y sigo…Tenemos cenizas de revoluciones”, así lo afirma mi admirado Joaquín Sabina, el mismo que se pregunta: “¿Quién coño me ha robado el mes de abril?”, y vive en el número siete, Calle Melancolía. Y yo lo reitero: “más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarnos de un tajo las venas”. Y es que, motivos para continuar sobran, el primero de ellos: ¡Estamos vivos! Después de todo, ese velo fatal e inevitable (propio de nuestra condición humana), llamado muerte, es lo único que no tiene remedio o solución. Para lo demás siempre habrá una forma, una solución, un camino, ¿no? Al menos es lo que me gustaría creer. Llámenme soñadora o bohemia, ilusa quizás, pero yo, sigo creyendo que existe un camino. Y aunque el futuro se ve lejano, poco prometedor y cubierto por las nubes grises de la desesperanza, debemos recordar que existen: "más de cien palabras, más de cien motivos para no cortarnos de un tajo las venas, más de cien mentiras que valen la pena”. Toca repetir la canción a diario, tampoco podemos tirarnos a la desidia. Que tirar sea solo un sinónimo criollo de hacer el amor. Y es que, nos estamos volviendo tan irracionales, fanáticos y apasionados (pero faltos de amor), que hemos perdido (si es que alguna vez la tuvimos) la capacidad de reconocer a la otredad. Y no, no me refiero al “gobierno”, que ya ha hecho muchos méritos por si solo, para que ese título le quede grande. Yo hablo  de ese individuo que tienes a tu lado que respira tu mismo aire, y observa cada día la misma luna que tú, pero que simplemente piensa y tiene una realidad diferente a la tuya. ¿Es qué pensar distinto es un pecado? ¿Acaso los puntos intermedios no son válidos? ¿Es tiempo de sentar posturas radicales? ¿Será tu argumento más valido que el mío? Ese que tiene problemas, familia, trabajo, sueños, que quiere convertirse en profesional. Al que cree, como yo, en la Academia, al que pasa el día pegado a una biblia, al que busca a Dios cuando alza la cabeza al cielo, al que solo cree en la bendición de su mamá. Al Arquitecto que sueña con construir un país mejor, al periodista que aunque suene romántico, pretende ser la voz de los que no la tienen, al abogado que todavía cree en la justicia, que guarda  en su chaqueta  una desgastada constitución. Constitución sabia, con todas las respuestas esa que, muchos nombran, pocos leen, y básicamente, muy pocos (por no decir ninguno) respeta, o se rige realmente bajo su marco.

Estamos viviendo horas tan duras, tan menguadas, que vemos enemigos en todos lados. Sentimos miedo hasta de nuestra sombra, tenemos miedo a que piense distinto a nosotros y que nos apuñale por la espalda. Y es que sentir miedo no es sinónimo de cobardía, al contrario, el miedo es una condición humana. Aunque por allí hay quienes dicen que, “ya nos han quitado tanto que, nos quitaron hasta el miedo”. Y hemos llegado a niveles de incoherencia tan grandes que, parece más lógico lanzar piedras en una calle, que sostener un debate académico. Y sí, yo sé, desde un pupitre no se cambia el mundo (pero te formas para cambiarlo, ¿no?) ¿Qué no estamos en tiempos para la formación? Eso explicaría la falta de raciocinio en el ambiente.  Porque simple y sencillamente, como académica, como estudiante, ando en busca de respuestas. Respuestas a preguntas que todos nos hacemos y que, en palabras de mi profesora de Historia de la Comunicación, a veces solo nos queda tratar de “entender”…Y yo me pregunto: "¿Cual es la labor de la universidad en circunstancias como las actuales? ¿Cerrar sus puertas? ¿Armar guarimbas? No creo, " las Universidades son Instituciones al servicio de la Nación y a ellas corresponde colaborar en la orientación de la vida del país mediante su contribución doctrinaria en el esclarecimiento de los problemas nacionales", así lo reza el articulo 2 de la Ley de Universidades. ¿Y qué nos correspondería hacer como universitarios? "Reflexionar y analizar  la situación-país, opinar, tomar una postura, y hacer lecturas del conflicto porque sino, NO seriamos académicos". ¿Y en qué espacios se debería hacer esto? En la UNIVERSIDAD . Y en medio de este coyuntural conflicto, en el cual, muchos nos sentimos impotentes confundidos, deprimidos, molestos.  ¿Saben por qué sigo asistiendo a clase? Simple, porque yo.  tengo fe en la Universidad, en la  retórica.

 Porque creo firmemente que, un/a profe influyente es él/la que logra que, sus alumnos se enamoren. Sí, que se enamoren de la materia. Que se cautiven a través de su retórica y manera de impartir los contenidos. Pero que, no se casen con el punto de vista que él/ella les enseñe, sino que se abran a TODAS las posibilidades, para que puedan formar sus propios criterios. Porque él/la buen profe, es guía, y brinda las herramientas, para que él/la buen/a alumno/a continúe explorando... Porque sigo creyendo (soy tremenda ilusa), que de todo este caos se puede obtener un aprendizaje. Sí, ya se que me puse a escribir de fe y  no estamos hablando de religión, aunque por allí dicen que el ejercicio del periodismo, en su práctica,  es todo un apostolado. Sin embargo, estoy muy clara, se bien que, no puedo exigirle a una Academia que es (y siempre ha sido) el reflejo del país, que vuelva a una normalidad que,  desde hace rato no existe en esta Venezuela tan fragmentada. Pero simple y sencillamente no podría avalar que mi Alma Mater cierre sus puertas.  ¡Coño! “Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena… ¡Que los que matan se mueran de miedo!”. Es que, me rehúso a cambiar de canción, y de autor, y que con el permiso de Milanés, me toque decir con pesar: “Yo pisaré las calles nuevamente, de lo que fue Caracas ensangrentada, y en una hermosa plaza liberada (Altamira (?)), me sentaré a llorar por los ausentes”… Pero de lo que sí estoy segura es de que, “Más temprano que tarde, sin reposo, retornaran los libros, las canciones, que quemaron las manos asesinas, RENACERÁ mi Pueblo de sus ruinas, y pagarán su culpa los traidores…”
 
 
PD: "De la autoflagelación sólo resulta la autodestrucción" 
 
                                                                                                                             Elvianys Díaz

lunes, 7 de abril de 2014

Convivencia ideal

  Las ideas no son tangibles. Debe ser por eso que en ocasiones son indestructibles. No se pueden tocar, pero si pueden materializarse y la Filven 2014 es una muestra indiscutible de ello. Cuando las ideas llegan, se siembran y se quedan a vivir en la mente de las personas, ya hay una gran labor hecha, debido a que éstas serán el impulso que moverá a esos seres humanos.

            Una forma histórica de materialización y difusión ideológica han sido los libros, oferta principal de este evento. Los libros pueden ser los mejores amigos o enemigos. Tienen la capacidad de producir tranquilidad o de hacer que la gente dude de todo lo que ha creído hasta el momento de  leerlos. Los libros son indispensables en la creación  de la conciencia necesaria para entender y seguir una o varias causas. Son portadores e inoculadores de ideas. Hay gente que lo tiene claro y actuó en consecuencia mediante la organización y ejecución de la feria.

            Lo mejor de ella fue la diversidad que aglutinó: diversidad de textos y por lo tanto de propuestas y temas, de público y por consiguiente de pensamiento, de charlas y actividades; y no menos importante, de precios. A pesar de tener una tendencia ideológica clara, puesto que fue organizada y llevada a cabo por el Gobierno bolivariano, no dejó de  ser plural. Tener la posibilidad de encontrar libros como “No vengas tú” de Sindy Lazo hasta el Corán, pone en evidencia que hubo una armónica convivencia de estilos y perspectivas respecto al material que se ofrecía en los stands: literatura clásica y contemporánea, libros de cocina, cuentos infantiles, guías para el buen desempeño sexual,  guías para tratar de aprender a vivir (libros de autoayuda, pues)…

            “Leer en común” fue el eslogan de la feria  y fue respaldado con su dinámica. Pues no sólo se trató de diversos libros disponibles. El evento en toda su extensión constituyó un espacio de lectura en conjunto, de expresión y debate de ideas, de interacción y compartir. Lo cual se podía llevar a cabo tanto en las charlas, conversatorios, recitales de poesía y presentaciones de  libros por parte de sus autores, o en los restaurantes dispuestos para que los visitantes acompañaran su conversación con un café, una comida o un trago.

            Cuestionamientos, satisfacciones, reflexiones, buenas relaciones sociales y anécdotas dignas de recordar, son algunos de los aportes que, me atrevo a decir, dejó la Filven 2014 a quienes asistieron a ella. Quizá lo pudo haber causado una frase dicha  por el moderador de una charla, un afiche colgado en una pared o un libro adquirido. Todo evento que genera pensamiento y discusión produce esos efectos. Todo evento que promueve el acercamiento a la cultura enriquece al ser humano.
           
                                                                                                             
                                                                                                               Claudia Hernández


lunes, 31 de marzo de 2014

MalaBar

     El “MalaBar” era un sitio de esos, de los que casi nadie frecuenta. Un bar pequeño, con pocas mesas, una barra de madera casi podrida y ambientado por el hedor, el tufo de los baños pestilentes; un bar donde sólo va el borracho a comprar anís, o el viejo verde a beber cerveza barata con alguna carajita que, para su buena suerte, se vuelve mierda con dos vasos de vodka. Un bar donde raras veces puedes ver a personas como aquella mujer de la mesa de la esquina, junto al baño, a la que parece darle igual el olor, que bebe con tanta desdicha  una botella de Blue Label, carísima por demás. Para esas ocasiones, toco mi mejor repertorio. Al tocar “Vision of Johana”, a ella parece sorprenderle, quizás alegrarle. No alcancé a comprender el ánimo en la mirada de aquella mujer esa noche… 

     Un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…
____

  —¿Cuál es su nombre?
  —Alfredo, Alfredo Salazar. Trabajo en el “MalaBar”, el local que queda cinco cuadras más abajo.
  —¿Mesonero? ¿Bartender?
  —No, soy músico, señor. 
  —A ver, ¿y qué se le ofrece al señor músico? 
 —Quiero contarle algunas cosas que han estado pasando, y me tienen un poco perturbado…
____

     Tenía ya bastante tiempo tocando en el MalaBar, y ese tipo de visitas no eran normales; lo peor, es que se volvían frecuentes. Esa mujer… En fin, decía que tenía un tiempo trabajando para Lucho, el flaco de la barra y dueño del local, blanco leche, alto, con cara de adicto pero, al final, buen tipo. Tenía otros empleos, pero ese era “el tigrito” que disfrutaba más. Todas las noches llegaba con mi guitarra a ponerle música a los despechos; ganaba poco, quizás nada, y sonará maricón, pero rasgar la guitarra era mi mejor pasatiempo. La música en algún momento fue para mí lo que la gente llama una vocación. Pero también por la música me convertí en un pelabola. Yo sólo quería pegar en la radio, como dirían los Bacilos.

 ____

     Me sonrojé al verla llegar. Alta, trigueña, labios tan carnosos como los de Mimí Lazo pero con la sensualidad de los de Angelina Jolie, cabello lacio que caía hasta su cintura. Su atuendo, atrevido, muy ceñido al cuerpo, dejaba trazar las líneas de su figura: plana de la cintura para arriba, y eróticamente protuberante de la cintura para abajo, sabrán a lo que me refiero. Yo, en ese mismo instante entonaba versos de Buena Fe. Ella pasa y todos se hacen los simpáticos, / desde los más vulgares hasta excelsos catedráticos. / Se va contoneando sabiéndose encima / de un par de corazas para su autoestima. Sin intención alguna, fue como piropearla con esa canción. Me sentí como un albañil sádico, un mototaxista balurdo. Ella me miró y su cara esbozó una sonrisa. Mi cara e’ güevon avergonzado no fue normal. Le menté la madre al dúo cubano.
____

  —Mira, muchacho, no tengo tiempo, vale. Te equivocaste de sitio. La Iglesia está una cuadra más arriba; y apúrate que el párroco solo confiesa hasta las 4pm. Aquí recibimos denuncias concretas, con pruebas, esto no es “Señorita Laura” o “Caso Cerrado”, no tenemos tiempo. —Fue lo último que dijo antes de marcharse.

     No sabía a quién más recurrir. Si antes pensaba que el sistema policial era una cagada, en ese momento lo corroboré, lo detestaba aún más. Es claro, no tenía pruebas, pero de que el asunto estaba sospechoso, lo estaba. Ya habían pasado tres días sin saber de Lucho. Durante esos días, el MalaBar permaneció cerrado. "¿En qué andaría metido el flaco?", me preguntaba.
____

     Se acercó a la barra, saludó al flaco; me pareció que se conocían. Le sirvió un shot de tequila que se tomó de un sorbo luego de lamer la sal de su mano, y después chupó el limón. En ese momento pude ver que de manera discreta ella escribía en una servilleta. "Lucho controló", pensé. Ella se dio cuenta que yo la observaba, y entonces se acercó hasta donde me encontraba. Al tener frente a mí semejante mujerón no pude pronunciar palabra. Sonrió. “Sarissha”—pronunció y se marchó. 
____

     Las visitas de Sarissha al bar se volvían frecuentes; no permanecía  más de una hora, pero allí estaba seguido. Una noche se apareció con varias amigas, una catira, bajita pero con par de buenas razones, saben a lo que me refiero; y la otra, blanca, cabello castaño, nada protuberante en apariencia, pero sí que era efusiva. Los borrachos del sitio no tardaron en buceárselas.  Por petición  de una treintona despechada,  yo cantaba al ritmo melancólico de Franco de Vita. Yo pienso que, / no son tan inútiles, las noches que te di. /  Te marchas y que, / yo no intento discutírtelo, lo sabes y lo se. Sin embargo, al verlas llegar en mi mente empezó a sonar “Pasarela” de Daddy Yankee, al mismo tiempo que me  preguntaba qué se traían aquellas mujeres. El flaco las saludó con estruendo. Pude escuchar sus nombres. ¿Sussy y Layla?, me dije. “Hay una cosa que yo no te he dicho aún/ que mis problemas sabes que, / se llaman tú”. Coreaba la treintona, abrazando la botella de ron. Torturaba el reggaetonero: Por culpa de esos cuerpos tan ricos/ me tienen el cuello como un abanico/ de lau a lau. /La acera es tu pasarela/ Lúcete aiie. Tuve la impresión que mi pobre y pequeña tarima iba a ser sustituida por un tubo de striptease. Esa fue la última noche que vi a Lucho.
____

     Una chamba menos. Tres días después de mí visita a la estación de policía, el bar aún permanecía cerrado. A nadie parecía extrañarle la aparente clausura del bar, y menos la desaparición de Lucho.
____

     Traté de no orinarme en ese momento. Las mismas putas que desaparecieron con el flaco estaban frente a las puertas cerradas del viejo MalaBar. Quise pasarles por un lado sin que me vieran, pero una de ellas, no supe distinguir cuál, pronunció mi nombre. "Maldita sea", me dije. Me estaban buscando. En ese momento me daba por muerto.

____
     Desconocían lo que hacía. Para ellas, él solo tenía un pequeño local en el centro de la ciudad. Distribuidor de drogas. Blanco leche, alto, escuálido. La policía allanó su casa seis días atrás. Su guitarrista estaba preso. Me invitaron a formar parte de su equipo. ¿Destino? ¿Buena suerte? No sé como llamarlo. Acepté.
____

     Sí, en un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…Nació mi oportunidad. Yo, Alfredo Salazar, podría esta vez, poder pegar en la radio.
                                                                                                                    Ambar Almenar

La Despedida


He amado antes, es muy cierto. He besado más bocas de las que seria adecuado contar si mi propósito es mantener mi estatus de dama. También es cierto que no fuiste el Adán de mi Edén. Tú has sido por tu parte un colonizador, un conquistador, quien ha construido y forjado. "El segundo en mi vida, pero el primero en amor", en palabras de Miguel Gallardo. Me he perdido en ojos hermosos, del color de los cielos y de los mares. Te confieso que muero por unos ojos verdes, como los que  amaste tanto y que, de vez en cuando se me escapa un sueño en su nombre. Un nombre que  mis labios no pronuncian, por no ofenderte. He tenido tantas aventuras como sueños, y bien sabes que soy una bohemia soñadora. Pero, no te cuento esto con el fin de vanagloriarme o para presumirte mis encantos (que ya los conoces bien). Si te digo esto, no es más que con el fino y firme propósito de contarte (por si no lo sabes) que aunque antes de ti tuve mundo, sé que después de ti quedaré en la nada. Porque simple y sencillamente  lo eres todo: la sonrisa tonta en mis labios, el rubor en mis mejillas, mi enojo recurrente, y la calidez en mi entrepierna cuando se me ocurre pensar en tus caricias. Te amo con paciencia (te miento), te amo con locura. Lo lamentable del caso es que mis sentimientos por ti son un pecado inevitable que, probablemente ya estaba escrito en el libro de algún autor resentido, que se niega a otorgarnos un final feliz. Y hablando de finales, eso es justo lo que me ha animado a escribirte, en esta -casi inevitable- ocasión.  A ti (al igual que a mi) no nos parecen gratas las despedidas, y mucho menos esas que guardan sabor a “hastasiempres”.  Temía que al comenzar las primeras líneas de esta epístola, la palabra –despedida- se me atragantara en la garganta, y un inminente sollozo me impidiera  hacer lo propio. Vamos a sincerarnos, esto  nunca será una despedida. Me rehúso a ser cliché y decirte que te llevaré en el corazón y en el alma (aunque así lo sea). No te  juraré que no te olvidaré, porque esto no es una canción de Enrique Iglesias. No haré promesas, ni daré mayores explicaciones (bien sabes que no me gustan). Te he dicho tantas veces que te amo, que ya no se me ocurre otra palabra para expresarte lo que me generas y me provocas. Mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo somos mucho más que dos. Te imploro que no me olvides, que me recuerdes como la mujer que te ama, no más que las otras, pero que te ama. Acuérdate de mi y cierra los ojos cuando escuches la voz añeja de Sabina, recordándote todas las veces que Nos dieron las diez; o cuando te derritas en las melodías de Serrat, pensando en nuestras Palabras  de Amor . No olvides que hubo una mujer  que quiso perderse contigo en Paris, en Tokio, en Caracas, en la ciudad que se te ocurra, pero contigo.


Y aunque fui pareja torpe de tu baile, fui tuya, como solo una mujer enamorada puede serlo. Pero ahora (justo ahora) debo estarme subiendo en un avión, con rumbo a un destino que no es tu corazón. Me marcho feliz, porque tuve la dicha de conocerte, porque te he amado, porque  también me has amado. Me marcho feliz, por la veces que estuve entre tus brazos, y pude comprender que si alguna vez fui bella y fui buena, fue allí, enredada en tu piel. Me marcho feliz, porque he comprobado que  tú, eres lo más parecido a esa utopía llamada felicidad. Y me niego a que se convierta en melancolía. Me marcho sin promesas, sin pedirte que me esperes, que me entiendas y mucho menos que me detengas. Te escribo porque si te veo, sabré que no hay mas destino que el corazón tuyo.  Hasta que tu flash vuelva a alcanzar mi luz.



Siempre tuya(de todas las maneras que una mujer puede pertenecerle a un hombre).

                                                                                                       Elvianys Díaz

miércoles, 12 de marzo de 2014

Me sentí poderoso


  Sujeté el cigarrillo con la boca, lo encendí, recordé la última vez que fumé (hace una hora):

Aspiré el cigarrillo por última vez y después de casi quemarme los dedos con la punta de la colilla, puesto que se había consumido casi toda, la boté. Me tomé lo que quedaba del trago de whisky y empecé a caminar hacia la salida. Me iba decepcionado. No había podido cuadrar nada esa noche. “¿Cómo es posible que no haya caído ninguna?”, pensé, mientras iba a la puerta de la discoteca. Y cuando estaba a punto de salir, la vi. Se movía al son del house y levantaba un vaso con su mano izquierda. Bailaba sola. Me quedé viendo la cosa unos minutos y al notar que nadie la acompañaba, me acerqué.

           Me paré detrás de ella y bailé siguiéndole el paso. Se volteó, esbozó una pequeña sonrisa y siguió moviéndose. “Ajá, no me rechazó”, me dije, entretanto le ponía la mano en la cintura. Bailamos unos minutos, hasta que el cambio de género musical nos interrumpió. El Dj puso reggaetón y la mayoría de quienes bailaban dejaron de hacerlo. Ella se fue a la barra, la seguí y antes de que hiciera su pedido, la abordé.

            —¿Qué te gusta tomar? –pregunté.

            Se volteó y mirándome extrañada, como si la hubiera sorprendido que la siguiera, me respondió:
           —Vodka.

           —¿Y estás sola? –interrogué para confirmar.

          —Vine con unas compañeras de clase, pero se perdieron. Deben estar por ahí, si es que no se han ido…–respondió al tiempo que meneaba su trago con el pitillo.

           Cuando una luz me dejó verle la cara, me quedé loco. Inmediatamente calculé que tenía unos 17 años y que, por lo tanto, le doblaba la edad. Estuve tentado a irme, pero le vi el cuerpo y comprendí que la edad no importaba nada en comparación con sus curvas. Pedí vodka para ella y ron para mí. Normalmente hubiera pedido whisky, pero no quería reflejar ninguna muestra de adultez. “Ay no, tan fina que estaba la música y la quitaron, jajajajaja", dijo luego de tomar el primer sorbo. Al verla reír a carcajadas después de decir algo tan simple, me di cuenta de que estaba ebria. Me tomé el trago en dos sorbos y la invité a hacer lo propio. Lo hizo y se dio lo que esperaba: terminó de embriagarse.

            “El reggaetón también es bueno. Ven” –le dije y la halé hacia la pista. “Esa nena cuando baila me vuelve loco bailando el dembow. Dembow, dembow, dembow…”, sonaba. Bailamos frente a frente y podía ver como se le perdía la mirada en un punto indefinido. Me pegué a ella. Se lo recosté, para decirlo en criollo. “¿Qué es eso, vale, jajaja? ¡Qué canción tan vieja, jajajaja!” –decía, mientras me rodeaba el cuello con las manos. La agarré por la cintura y la besé. Metí mi lengua entre sus labios y recorrí toda su boca. Me retiraba, mordía su labio inferior y repetía el procedimiento. Ella me respondía, aunque la noté nerviosa. Me separé y vi que su rostro ciertamente reflejaba cierto temor. “Así no se va a poder”, me dije y la llevé a la barra.

            —Qué calor hace. Vamos a tomarnos otro trago –le dije, entretanto le hacía señas al bartender y metía la mano en mi bolsillo.

            —Sí, demasiado. Necesito tomar algo –respondió.

           Llegaron los mismos tragos de antes, pero lo demás fue distinto. Agarré su bebida, metí su cartera debajo de mi brazo, para apartarnos de la barra, y cuando iba a agarrar mi trago, dejé caer su bolso. Me disculpé, pero no hice ningún movimiento para recogerlo. Ella se agachó para hacerlo y, con la misma rapidez de siempre, eché la pastilla en su bebida.

            Cuando se levantó, ya estaba hecho. Amagué varias veces antes de darle el trago, simulando a manera de broma que se me iba a caer también. Con ese tiempo bastó para que la tableta se disolviera. Finalmente se lo entregué y sin decirle nada, se tomó la mitad en un sorbo. Con eso bastó. Caminé con ella a una esquina del local y comenzó el proceso. “Ay, mi cabeza. Me siento mal. Tengo ganas de vomitar” –dijo. Fueron las últimas palabras que pronunció. Después solo hacía sonidos raros. De queja. “Ven, vamos a tomar aire” –le dije y nos dirigimos a una puerta trasera del sitio. Le hice la seña a la rata de Pérez y salimos.

           Cuando la penetraba, veía sus ojos desorbitados, que no se terminaban de cerrar, pero que no veían a ningún lado específicamente. Empujaba una de sus piernas para tener mayor profundidad y con cada vaivén entraba con más fuerza. La muy perra se quejaba como si le desagradara, pero yo sabía que lo que sentía era placer y después de retirarme me di cuenta: había sangre. “Hasta salí estrenando, vale”, pensé. La vi allí tirada por última vez y me fui. Le di al mal nacido de Pérez su paga. El bicho me cobra por hacerme esa segunda. Quien sabe si después que se las dejo ahí, no aprovecha  también. Qué desgraciado. Dejé de hacer suposiciones inútiles y salí a la calle.


            Recordé. Me sentí poderoso. Aspiré el cigarrillo por última vez y después de casi quemarme los dedos con la punta de la colilla (como de costumbre), puesto que se había consumido casi toda, la boté.

                                                                                                         Claudia Hernández