lunes, 7 de abril de 2014

Convivencia ideal

  Las ideas no son tangibles. Debe ser por eso que en ocasiones son indestructibles. No se pueden tocar, pero si pueden materializarse y la Filven 2014 es una muestra indiscutible de ello. Cuando las ideas llegan, se siembran y se quedan a vivir en la mente de las personas, ya hay una gran labor hecha, debido a que éstas serán el impulso que moverá a esos seres humanos.

            Una forma histórica de materialización y difusión ideológica han sido los libros, oferta principal de este evento. Los libros pueden ser los mejores amigos o enemigos. Tienen la capacidad de producir tranquilidad o de hacer que la gente dude de todo lo que ha creído hasta el momento de  leerlos. Los libros son indispensables en la creación  de la conciencia necesaria para entender y seguir una o varias causas. Son portadores e inoculadores de ideas. Hay gente que lo tiene claro y actuó en consecuencia mediante la organización y ejecución de la feria.

            Lo mejor de ella fue la diversidad que aglutinó: diversidad de textos y por lo tanto de propuestas y temas, de público y por consiguiente de pensamiento, de charlas y actividades; y no menos importante, de precios. A pesar de tener una tendencia ideológica clara, puesto que fue organizada y llevada a cabo por el Gobierno bolivariano, no dejó de  ser plural. Tener la posibilidad de encontrar libros como “No vengas tú” de Sindy Lazo hasta el Corán, pone en evidencia que hubo una armónica convivencia de estilos y perspectivas respecto al material que se ofrecía en los stands: literatura clásica y contemporánea, libros de cocina, cuentos infantiles, guías para el buen desempeño sexual,  guías para tratar de aprender a vivir (libros de autoayuda, pues)…

            “Leer en común” fue el eslogan de la feria  y fue respaldado con su dinámica. Pues no sólo se trató de diversos libros disponibles. El evento en toda su extensión constituyó un espacio de lectura en conjunto, de expresión y debate de ideas, de interacción y compartir. Lo cual se podía llevar a cabo tanto en las charlas, conversatorios, recitales de poesía y presentaciones de  libros por parte de sus autores, o en los restaurantes dispuestos para que los visitantes acompañaran su conversación con un café, una comida o un trago.

            Cuestionamientos, satisfacciones, reflexiones, buenas relaciones sociales y anécdotas dignas de recordar, son algunos de los aportes que, me atrevo a decir, dejó la Filven 2014 a quienes asistieron a ella. Quizá lo pudo haber causado una frase dicha  por el moderador de una charla, un afiche colgado en una pared o un libro adquirido. Todo evento que genera pensamiento y discusión produce esos efectos. Todo evento que promueve el acercamiento a la cultura enriquece al ser humano.
           
                                                                                                             
                                                                                                               Claudia Hernández


lunes, 31 de marzo de 2014

MalaBar

     El “MalaBar” era un sitio de esos, de los que casi nadie frecuenta. Un bar pequeño, con pocas mesas, una barra de madera casi podrida y ambientado por el hedor, el tufo de los baños pestilentes; un bar donde sólo va el borracho a comprar anís, o el viejo verde a beber cerveza barata con alguna carajita que, para su buena suerte, se vuelve mierda con dos vasos de vodka. Un bar donde raras veces puedes ver a personas como aquella mujer de la mesa de la esquina, junto al baño, a la que parece darle igual el olor, que bebe con tanta desdicha  una botella de Blue Label, carísima por demás. Para esas ocasiones, toco mi mejor repertorio. Al tocar “Vision of Johana”, a ella parece sorprenderle, quizás alegrarle. No alcancé a comprender el ánimo en la mirada de aquella mujer esa noche… 

     Un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…
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  ¿Cuál es su nombre?
  Alfredo, Alfredo Salazar. Trabajo en el “MalaBar”, el local que queda cinco cuadras más abajo.
  ¿Mesonero? ¿Bartender?
  No, soy músico, señor. 
  A ver, ¿y qué se le ofrece al señor músico? 
 Quiero contarle algunas cosas que han estado pasando, y me tienen un poco perturbado…
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     Tenía ya bastante tiempo tocando en el MalaBar, y ese tipo de visitas no eran normales; lo peor, es que se volvían frecuentes. Esa mujer… En fin, decía que tenía un tiempo trabajando para Lucho, el flaco de la barra y dueño del local, blanco leche, alto, con cara de adicto pero, al final, buen tipo. Tenía otros empleos, pero ese era “el tigrito” que disfrutaba más. Todas las noches llegaba con mi guitarra a ponerle música a los despechos; ganaba poco, quizás nada, y sonará maricón, pero rasgar la guitarra era mi mejor pasatiempo. La música en algún momento fue para mí lo que la gente llama una vocación. Pero también por la música me convertí en un pelabola. Yo sólo quería pegar en la radio, como dirían los Bacilos.

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     Me sonrojé al verla llegar. Alta, trigueña, labios tan carnosos como los de Mimí Lazo pero con la sensualidad de los de Angelina Jolie, cabello lacio que caía hasta su cintura. Su atuendo, atrevido, muy ceñido al cuerpo, dejaba trazar las líneas de su figura: plana de la cintura para arriba, y eróticamente protuberante de la cintura para abajo, sabrán a lo que me refiero. Yo, en ese mismo instante entonaba versos de Buena Fe. Ella pasa y todos se hacen los simpáticos, / desde los más vulgares hasta excelsos catedráticos. / Se va contoneando sabiéndose encima / de un par de corazas para su autoestima. Sin intención alguna, fue como piropearla con esa canción. Me sentí como un albañil sádico, un mototaxista balurdo. Ella me miró y su cara esbozó una sonrisa. Mi cara e’ güevon avergonzado no fue normal. Le menté la madre al dúo cubano.
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  Mira, muchacho, no tengo tiempo, vale. Te equivocaste de sitio. La Iglesia está una cuadra más arriba; y apúrate que el párroco solo confiesa hasta las 4pm. Aquí recibimos denuncias concretas, con pruebas, esto no es “Señorita Laura” o “Caso Cerrado”, no tenemos tiempo. —Fue lo último que dijo antes de marcharse.

     No sabía a quién más recurrir. Si antes pensaba que el sistema policial era una cagada, en ese momento lo corroboré, lo detestaba aún más. Es claro, no tenía pruebas, pero de que el asunto estaba sospechoso, lo estaba. Ya habían pasado tres días sin saber de Lucho. Durante esos días, el MalaBar permaneció cerrado. "¿En qué andaría metido el flaco?", me preguntaba.
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     Se acercó a la barra, saludó al flaco; me pareció que se conocían. Le sirvió un shot de tequila que se tomó de un sorbo luego de lamer la sal de su mano, y después chupó el limón. En ese momento pude ver que de manera discreta ella escribía en una servilleta. "Lucho controló", pensé. Ella se dio cuenta que yo la observaba, y entonces se acercó hasta donde me encontraba. Al tener frente a mí semejante mujerón no pude pronunciar palabra. Sonrió. “Sarissha”—pronunció y se marchó. 
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     Las visitas de Sarissha al bar se volvían frecuentes; no permanecía  más de una hora, pero allí estaba seguido. Una noche se apareció con varias amigas, una catira, bajita pero con par de buenas razones, saben a lo que me refiero; y la otra, blanca, cabello castaño, nada protuberante en apariencia, pero sí que era efusiva. Los borrachos del sitio no tardaron en buceárselas.  Por petición  de una treintona despechada,  yo cantaba al ritmo melancólico de Franco de Vita. Yo pienso que, / no son tan inútiles, las noches que te di. /  Te marchas y que, / yo no intento discutírtelo, lo sabes y lo se. Sin embargo, al verlas llegar en mi mente empezó a sonar “Pasarela” de Daddy Yankee, al mismo tiempo que me  preguntaba qué se traían aquellas mujeres. El flaco las saludó con estruendo. Pude escuchar sus nombres. ¿Sussy y Layla?, me dije. “Hay una cosa que yo no te he dicho aún/ que mis problemas sabes que, / se llaman tú”. Coreaba la treintona, abrazando la botella de ron. Torturaba el reggaetonero: Por culpa de esos cuerpos tan ricos/ me tienen el cuello como un abanico/ de lau a lau. /La acera es tu pasarela/ Lúcete aiie. Tuve la impresión que mi pobre y pequeña tarima iba a ser sustituida por un tubo de striptease. Esa fue la última noche que vi a Lucho.
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     Una chamba menos. Tres días después de mí visita a la estación de policía, el bar aún permanecía cerrado. A nadie parecía extrañarle la aparente clausura del bar, y menos la desaparición de Lucho.
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     Traté de no orinarme en ese momento. Las mismas putas que desaparecieron con el flaco estaban frente a las puertas cerradas del viejo MalaBar. Quise pasarles por un lado sin que me vieran, pero una de ellas, no supe distinguir cuál, pronunció mi nombre. "Maldita sea", me dije. Me estaban buscando. En ese momento me daba por muerto.

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     Desconocían lo que hacía. Para ellas, él solo tenía un pequeño local en el centro de la ciudad. Distribuidor de drogas. Blanco leche, alto, escuálido. La policía allanó su casa seis días atrás. Su guitarrista estaba preso. Me invitaron a formar parte de su equipo. ¿Destino? ¿Buena suerte? No sé como llamarlo. Acepté.
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     Sí, en un bar de esos, triste, vulgar, una taguara, cualquier vaina pues; ahí, ocurrió algo que no me imaginaba…Nació mi oportunidad. Yo, Alfredo Salazar, podría esta vez, poder pegar en la radio.
                                                                                                                    Ambar Almenar

La Despedida


He amado antes, es muy cierto. He besado más bocas de las que seria adecuado contar si mi propósito es mantener mi estatus de dama. También es cierto que no fuiste el Adán de mi Edén. Tú has sido por tu parte un colonizador, un conquistador, quien ha construido y forjado. "El segundo en mi vida, pero el primero en amor", en palabras de Miguel Gallardo. Me he perdido en ojos hermosos, del color de los cielos y de los mares. Te confieso que muero por unos ojos verdes, como los que  amaste tanto y que, de vez en cuando se me escapa un sueño en su nombre. Un nombre que  mis labios no pronuncian, por no ofenderte. He tenido tantas aventuras como sueños, y bien sabes que soy una bohemia soñadora. Pero, no te cuento esto con el fin de vanagloriarme o para presumirte mis encantos (que ya los conoces bien). Si te digo esto, no es más que con el fino y firme propósito de contarte (por si no lo sabes) que aunque antes de ti tuve mundo, sé que después de ti quedaré en la nada. Porque simple y sencillamente  lo eres todo: la sonrisa tonta en mis labios, el rubor en mis mejillas, mi enojo recurrente, y la calidez en mi entrepierna cuando se me ocurre pensar en tus caricias. Te amo con paciencia (te miento), te amo con locura. Lo lamentable del caso es que mis sentimientos por ti son un pecado inevitable que, probablemente ya estaba escrito en el libro de algún autor resentido, que se niega a otorgarnos un final feliz. Y hablando de finales, eso es justo lo que me ha animado a escribirte, en esta -casi inevitable- ocasión.  A ti (al igual que a mi) no nos parecen gratas las despedidas, y mucho menos esas que guardan sabor a “hastasiempres”.  Temía que al comenzar las primeras líneas de esta epístola, la palabra –despedida- se me atragantara en la garganta, y un inminente sollozo me impidiera  hacer lo propio. Vamos a sincerarnos, esto  nunca será una despedida. Me rehúso a ser cliché y decirte que te llevaré en el corazón y en el alma (aunque así lo sea). No te  juraré que no te olvidaré, porque esto no es una canción de Enrique Iglesias. No haré promesas, ni daré mayores explicaciones (bien sabes que no me gustan). Te he dicho tantas veces que te amo, que ya no se me ocurre otra palabra para expresarte lo que me generas y me provocas. Mi amor, mi cómplice y todo, y en la calle codo a codo somos mucho más que dos. Te imploro que no me olvides, que me recuerdes como la mujer que te ama, no más que las otras, pero que te ama. Acuérdate de mi y cierra los ojos cuando escuches la voz añeja de Sabina, recordándote todas las veces que Nos dieron las diez; o cuando te derritas en las melodías de Serrat, pensando en nuestras Palabras  de Amor . No olvides que hubo una mujer  que quiso perderse contigo en Paris, en Tokio, en Caracas, en la ciudad que se te ocurra, pero contigo.


Y aunque fui pareja torpe de tu baile, fui tuya, como solo una mujer enamorada puede serlo. Pero ahora (justo ahora) debo estarme subiendo en un avión, con rumbo a un destino que no es tu corazón. Me marcho feliz, porque tuve la dicha de conocerte, porque te he amado, porque  también me has amado. Me marcho feliz, por la veces que estuve entre tus brazos, y pude comprender que si alguna vez fui bella y fui buena, fue allí, enredada en tu piel. Me marcho feliz, porque he comprobado que  tú, eres lo más parecido a esa utopía llamada felicidad. Y me niego a que se convierta en melancolía. Me marcho sin promesas, sin pedirte que me esperes, que me entiendas y mucho menos que me detengas. Te escribo porque si te veo, sabré que no hay mas destino que el corazón tuyo.  Hasta que tu flash vuelva a alcanzar mi luz.



Siempre tuya(de todas las maneras que una mujer puede pertenecerle a un hombre).

                                                                                                       Elvianys Díaz

miércoles, 12 de marzo de 2014

Me sentí poderoso


  Sujeté el cigarrillo con la boca, lo encendí, recordé la última vez que fumé (hace una hora):

Aspiré el cigarrillo por última vez y después de casi quemarme los dedos con la punta de la colilla, puesto que se había consumido casi toda, la boté. Me tomé lo que quedaba del trago de whisky y empecé a caminar hacia la salida. Me iba decepcionado. No había podido cuadrar nada esa noche. “¿Cómo es posible que no haya caído ninguna?”, pensé, mientras iba a la puerta de la discoteca. Y cuando estaba a punto de salir, la vi. Se movía al son del house y levantaba un vaso con su mano izquierda. Bailaba sola. Me quedé viendo la cosa unos minutos y al notar que nadie la acompañaba, me acerqué.

           Me paré detrás de ella y bailé siguiéndole el paso. Se volteó, esbozó una pequeña sonrisa y siguió moviéndose. “Ajá, no me rechazó”, me dije, entretanto le ponía la mano en la cintura. Bailamos unos minutos, hasta que el cambio de género musical nos interrumpió. El Dj puso reggaetón y la mayoría de quienes bailaban dejaron de hacerlo. Ella se fue a la barra, la seguí y antes de que hiciera su pedido, la abordé.

            ¿Qué te gusta tomar? –pregunté.

            Se volteó y mirándome extrañada, como si la hubiera sorprendido que la siguiera, me respondió:
           Vodka.

           ¿Y estás sola? –interrogué para confirmar.

          Vine con unas compañeras de clase, pero se perdieron. Deben estar por ahí, si es que no se han ido…respondió al tiempo que meneaba su trago con el pitillo.

           Cuando una luz me dejó verle la cara, me quedé loco. Inmediatamente calculé que tenía unos 17 años y que, por lo tanto, le doblaba la edad. Estuve tentado a irme, pero le vi el cuerpo y comprendí que la edad no importaba nada en comparación con sus curvas. Pedí vodka para ella y ron para mí. Normalmente hubiera pedido whisky, pero no quería reflejar ninguna muestra de adultez. “Ay no, tan fina que estaba la música y la quitaron, jajajajaja", dijo luego de tomar el primer sorbo. Al verla reír a carcajadas después de decir algo tan simple, me di cuenta de que estaba ebria. Me tomé el trago en dos sorbos y la invité a hacer lo propio. Lo hizo y se dio lo que esperaba: terminó de embriagarse.

            “El reggaetón también es bueno. Ven” –le dije y la halé hacia la pista. “Esa nena cuando baila me vuelve loco bailando el dembow. Dembow, dembow, dembow…”, sonaba. Bailamos frente a frente y podía ver como se le perdía la mirada en un punto indefinido. Me pegué a ella. Se lo recosté, para decirlo en criollo. “¿Qué es eso, vale, jajaja? ¡Qué canción tan vieja, jajajaja!” decía, mientras me rodeaba el cuello con las manos. La agarré por la cintura y la besé. Metí mi lengua entre sus labios y recorrí toda su boca. Me retiraba, mordía su labio inferior y repetía el procedimiento. Ella me respondía, aunque la noté nerviosa. Me separé y vi que su rostro ciertamente reflejaba cierto temor. “Así no se va a poder”, me dije y la llevé a la barra.

            Qué calor hace. Vamos a tomarnos otro trago –le dije, entretanto le hacía señas al bartender y metía la mano en mi bolsillo.

            Sí, demasiado. Necesito tomar algo respondió.

           Llegaron los mismos tragos de antes, pero lo demás fue distinto. Agarré su bebida, metí su cartera debajo de mi brazo, para apartarnos de la barra, y cuando iba a agarrar mi trago, dejé caer su bolso. Me disculpé, pero no hice ningún movimiento para recogerlo. Ella se agachó para hacerlo y, con la misma rapidez de siempre, eché la pastilla en su bebida.

            Cuando se levantó, ya estaba hecho. Amagué varias veces antes de darle el trago, simulando a manera de broma que se me iba a caer también. Con ese tiempo bastó para que la tableta se disolviera. Finalmente se lo entregué y sin decirle nada, se tomó la mitad en un sorbo. Con eso bastó. Caminé con ella a una esquina del local y comenzó el proceso. “Ay, mi cabeza. Me siento mal. Tengo ganas de vomitar” dijo. Fueron las últimas palabras que pronunció. Después solo hacía sonidos raros. De queja. “Ven, vamos a tomar aire” le dije y nos dirigimos a una puerta trasera del sitio. Le hice la seña a la rata de Pérez y salimos.

           Cuando la penetraba, veía sus ojos desorbitados, que no se terminaban de cerrar, pero que no veían a ningún lado específicamente. Empujaba una de sus piernas para tener mayor profundidad y con cada vaivén entraba con más fuerza. La muy perra se quejaba como si le desagradara, pero yo sabía que lo que sentía era placer y después de retirarme me di cuenta: había sangre. “Hasta salí estrenando, vale”, pensé. La vi allí tirada por última vez y me fui. Le di al mal nacido de Pérez su paga. El bicho me cobra por hacerme esa segunda. Quien sabe si después que se las dejo ahí, no aprovecha  también. Qué desgraciado. Dejé de hacer suposiciones inútiles y salí a la calle.


            Recordé. Me sentí poderoso. Aspiré el cigarrillo por última vez y después de casi quemarme los dedos con la punta de la colilla (como de costumbre), puesto que se había consumido casi toda, la boté.

                                                                                                         Claudia Hernández

viernes, 7 de marzo de 2014

Te quedaste



Me monté en la camionetica y adquirí dos cosas que no tenía hace unos minutos: dos panas y un poco de nervios. “Pa’ lante ¿qué pasa, pues? Ni que fuera la primera vez que pisas un barrio”, pensé. La verdad, no estaba nerviosa porque iría a un barrio (me crié en uno), sino porque era la primera vez que pisaba ese y  se me haría de noche para bajar…
            
          Qué rápido. Ya pasó un año desde que, mientras hacía mi siesta respectiva de todas las tardes después de llegar de la universidad, me despertó el llanto de mi abuela. Era ruidoso y reflejaba preocupación y dolor. En mis sueños no lo distinguía bien, hasta que lo reconocí y me desperté alarmada. “¿Qué pasó?”- le pregunté apenas abrí los ojos y le vi la cara llena de lágrimas. Se me sentó al lado sin responderme e hizo que le repitiera la pregunta, hasta que un “Se murió Chávez” me dejó impactada, sin palabras, como tratando de asimilar la información. Cuando uno se recién despierta, el cerebro no funciona bien. Deben pasar al menos unos minutos para poder reincorporarse. Sin embargo, en ese momento no transcurrió el lapso de tiempo y aquella noticia, que es fuerte de por sí, cayó sin anestesia. Pero al ver a mi abuela así, me importo más su estado emocional que el mío, así que me puse seria. “Ay, abuela, tranquila. Él también era una persona y estaba enfermo. ¿O acaso no podía morirse?”. “Sí, hija, pero es que ¿cómo es posible?...
           
              “Qué fuerte. Qué loco. Qué chimbo”, pensé la noche de ese día antes de irme a dormir y lo volví a pensar al día siguiente, mientras desayunaba y veía en la televisión que estaban sacando la urna del Hospital Militar. Terminé de comer, me cepille los dientes y el cabello y me fui con mi abuela. El trayecto era sencillo: en el Metro hasta El Valle y después en una camionetica hasta Fuerte Tiuna. Cuando llegamos me encontré con mi mamá, más gente de la familia y un amigo de todos. “Sí, claro, el pueblo tiene que verlo”- me respondió un militar cuando le pregunté que si dejarían pasar a la gente a la Academia. En Los Próceres ya había gente, sol y sonaban las canciones de Alí Primera. Nos instalamos en una acera y nos dispusimos a esperar a que llegara el entierro.
            
          En el transcurso de la tarde empezó a aumentar la intensidad del sol, la cantidad de personas (abuelos y abuelas, niños, hombres, mujeres, jóvenes) y su ánimo. De vez en cuando pasaba un camión y un helicóptero diciendo consignas. Entre risas, chistes, bailes y actividades improvisadas transcurrieron varias horas. Pero detrás de las sonrisas pude ver el desconcierto de los que estaban allí. Un sentimiento de vacío que tenían en la mirada y que no podían ocultar. “Ahí viene”- decían a cada rato. La gente se levantaba corriendo y se paraba en medio de la calle, esperábamos unos minutos y al final no llegaba nadie. La escena se repitió varias veces hasta que un “Ahora sí” hizo que la gente se ubicara igual que las veces anteriores. Esta vez la espera duró el mismo tiempo que las demás. No se veía nada. Hasta que se logró distinguir la multitud que venía a paso rápido. Mientras se acercaba, la gente que tenía al lado se empezó a poner como loca: golpes y empujones para todo el mundo. “Mira, Jean,  me voy a agarrar de ti, porque yo quiero ver”- recuerdo haberle dicho de manera imperativa a mi amigo de aproximadamente 1, 90 m de estatura y con porte y contextura de jugador de baloncesto. “Sí va, jajaja”- contestó. La caravana se comenzó a acercar. Y bueno, una cosa es saber que venían con la urna y otra muy distinta es verla llegar.
            
          La multitud que venía caminando terminó de llegar y el otro montón de gente que esperaba se quería meter en ella, pero se les complicó (más no se les hizo imposible) porque los militares hicieron una cadena agarrados de las manos para tratar de impedir que la gente se lanzara a la caminata encabezada por Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y otros miembros del gobierno. Por cierto, siempre he pensado que esa gente le puso un mundo. Caminar desde el Hospital Militar hasta la Academia Militar  bajo el sol que hubo ese día no está fácil. Con el brazo izquierdo lanzaba codazos para sacudirme los empujones y jalones de camisa y con el derecho me agarraba de mi súper pana para que no me tumbaran, hasta que, finalmente, pasó la urna frente a mí. Por allí leí que duramos años sin vivir y que de repente la vida se concentra en un solo instante. Estoy de acuerdo. Hay momentos en los que todo se aglutina en unos segundos y eso fue lo que me pasó en ese lapso temporal (haré un esfuerzo por describirlo, aunque sé que con palabras no lograré transmitir lo que sentí). Por unos 8 segundos (sí, no pudieron haber sido más) dejé de sentir a la gente que tenía al lado. No me afectaron las agresiones físicas propias del momento. Simplemente, me quedé viendo ese féretro cubierto por nuestra bandera tricolor y por todos los objetos que la gente lanzaba a manera de ofrenda. Me quedé inmóvil y se dio: fue una conexión extraña, rápida, pero muy fuerte entre ese ataúd y yo. “Chao, Chávez” - susurré con un vacío en el estómago y volví a la realidad. Me quité a la gente de encima y me fui hacia un lateral para tomar aire.
            
          …. Me senté en un puesto que se desocupó y me volví a decir a mí misma “Ni que fuera la primera vez que pisas un barrio”. Decidí dejar la tontería a un lado y más bien le presté atención a las dos panas que había hecho hace unos segundos y me puse a conversar con ellas. “Nosotras estamos un pelo perdidas también”- me decía una. Comencé a mirar por la ventana y pensé “Con que esto es el 23 de enero. Cónchale, pero no es ni tan malo como lo pintan”. Llegamos hasta cierto punto y nos bajamos porque la Guardia había trancado la calle. Subimos por unas escaleras, caminamos por la orilla de un cerro, me pregunté mentalmente que qué hacía metida ahí, seguí andando y pude distinguir en lo alto el 4F. Cuando llegamos a arriba me percaté de que no estaban dejando entrar a la gente al cuartel. Sin embargo, volteé y vi  a las personas concentradas en la calle frente a una pantalla grande en donde se veía la misa que se estaba llevando a cabo adentro. Tomé unas cuantas fotos, observé con detalle a la gente y me dispuse a prestarle atención a la ceremonia.

Oscureció completamente y decidí irme antes que mis nuevas amigas. El temor de bajar disminuyó al ver que había guardias, escoltas y policías en todas partes. No es que una se sienta mega segura y cómoda con la presencia de  funcionarios que, cuando pasas frente a ellos comienzan a decir cosas que, en mi opinión, no deberían comentar estando uniformados y trabajando: “Princesa, pero qué bella” “¿Te doy la cola en la moto, mi amor?”… pero al menos me sentí tranquila respecto al hampa. Fingí demencia, bajé hasta la avenida, donde ya no había custodia, caminé tres cuadras en dos minutos y me metí en la estación de Metro.
        
          Hugo, amigo mío, hoy, un año después de que te fuiste de manera física, te tengo varios cuentos. Han pasado unas cuantas cositas (que no son juego) en el país, pero para contártelas ya tendríamos que sentarnos a tomarnos un café, yo un con leche y tú uno descafeinado (me enteré de que te gusta así) y ponernos al día. En este momento me gustaría más bien decirte que hoy vi en la mirada de la gente la misma tristeza que observé hace un año en Los Próceres. Te cuento que noté que te extrañan como si no hubieran pasado 365 días, que cuando dicen tu apellido se lamentan de que no estés, pero al mismo tiempo gritan con ánimo en tu honor. Hoy confirmé que, aunque pasen cosas, se presenten conflictos o intenten descalificarte, tú te quedaste con ellos. Siempre trato de evadir los lugares comunes, pero esta vez no puedo evitar decírtelo así: vivirás por siempre en el pueblo que te siguió a ti y a tu proyecto con convicción.

                                                                                                                Claudia Hernández

                                                                                                                       


martes, 18 de febrero de 2014

¡Déjame en paz a la Patria!




   "La Patria", en Venezuela, se  ha convertido en una segunda forma de mentar la madre. La justificación de todos los problemas para algunos, la razón de todos los problemas para otros.

     Muchos suelen comentar que, nos ha salido muy caro ese privilegio de tener "Patria". Y es que las ambiciones  políticas todo lo manchan. Pero, en primer lugar, ¿sabemos que es la Patria? ¿En Venezuela tenemos Patria?

     En definitiva, tener Patria no está ligado de ninguna manera a un bando político. Aunque haya sido empleada como slogan en la campaña electoral del 07 de Octubre de 2012, por el hoy difunto  Presidente Chávez. "Los que quieran Patria, vengan conmigo", aseveraba en sus alocuciones. Y desde entonces, la palabra "Patria" se ha transformado en el estandarte de la "Revolución bolivariana".
    La palabra "Patria" tiene origen en el  latín patris, que significa tierra paterna. Ampliando el concepto, la Patria, es la tierra natal de un individuo, o de los padres del mismo. El lugar al cual  está ligado emocionalmente, pues de allí proviene su historia, su cultura, su origen. Partiendo de lo anterior, podemos afirmar que cada venezolano tiene Patria, por el hecho de que Venezuela es su tierra natal. El problema inicia, cuando el significado de  esta palabra, es transfigurado, y la Patria pasa a ser un termino propagandístico, demagogo, una justificación a todo. Alí Primera, un celebre cantante venezolano dijo una vez: "La Patria es el hombre, muchacho,  la Patria es el hombre". 
     Como dato curioso, podemos añadir que el uso de términos como "Patria", y la exaltación de los símbolos patrios, son una característica de los regímenes totalitarios, un ejemplo de ello, en nuestro país, son los gobiernos de Guzmán Blanco y Pérez Jiménez .

     Siguiendo esta línea, sabemos que tenemos Patria, por el hecho de que esta es nuestra tierra natal. Eso no guarda relación alguna con las promesas cumplidas o incumplidas de un gobierno. En el caso que la Patria sea la tierra natal, o sean los mismos ciudadanos, eso no tiene que ver con la escasez, la inseguridad,  la corrupción, las fallas eléctricas y pare usted de contar.

    Por lo tanto, no es justo que se le pierda el amor a las costumbres, a lo autóctono. Y mucho menos que se justifique cada problema pequeño o grande, con el hecho  o la idea de que tenemos "Patria". Con Patria no se come, en eso estamos claros.  La Patria se valora, se construye, se mantiene, se representa, se cuida, se ama, se vive en ella. Pero con Patria no se elimina la inseguridad. La Patria es Venezuela en si misma, es nuestra. Y debemos pensar en pro del crecimiento  y progreso de la misma. Y ese crecimiento está en su gente, no en las justificaciones. Cierro  este párrafo con otro verso de Alí: "La Patria es una mujer que Dios mando para amarla, y en vez de darle caricias lo que hacen es manosearla". 

    Por su parte, en la canción "Latinoamérica", Residente, el vocalista de la famosa y controversial agrupación Calle 13, diría un verso muy cierto: "El que no quiere a su Patria, no quiere a su madre" . Pero eso sí, querer a la Patria, no significa soportar injusticias, miserias, inseguridad, hambre. No es sentarse a esperar que le caiga encima el chaparrón. Porque el amor que destruye no es amor. Es como esa mujer golpeada por su marido, que acepta los golpes diariamente con la justificación de que lo ama.
    Así que, amigo y amiga venezolano, amemos a nuestra Patria, a nuestra Venezuela, no permitamos que ningún slogan político, nos haga odiar lo que es tan nuestro.
    Una cosa más, que la "Paz" no se nos transforme en una segunda "Patria", esas señoras bonitas, están para valorarlas. Y como tienen nombre de mujer, con ellas solo se puede hacer dos cosas: "o las amas, o las transformas en literatura". A mi me gusta pensar en las dos opciones.
                                                                                             Elvianys Díaz

Con el permiso de Benedetti


  
              Sé que estamos en tiempos oscuros donde la desesperanza parece perfumar el viento, la respiramos, la saboreamos y  el caos impera. Pero por allí leí una vez que "cuando está más oscuro, es porque está a punto de amanecer". Y en medio de tanta oscuridad, yo anhelo ver el amanecer de su mirada. Así que, con el respeto que se merece, ¿me permitiría hacerle una confesión? Eso sí, que sea entre usted y yo, que no se entere más nadie, que éstas páginas en blanco, la tinta de mi voz y el café de sus ojos,  sean  cómplices de mi atrevimiento. Un atrevimiento bonito:
       Yo estoy segura que cuando Benedetti escribió La gente que me gusta, lo hizo pensando en alguien como usted. Y me tomaré pretensiones que no me corresponden y le diré que ese poema fue escrito para que yo se lo dedicara. ¿No le parece un detallazo por parte de Benedetti? Quizás le parezca atrevida mi atribución, me da igual. Aquí lo importante es que usted reúne todas y cada una de las características de la gente que me gusta. Por si no he logrado ser lo suficientemente explícita, usted me gusta.


     Me gusta porque sabe a café con leche, y en la mirada tiene guardados los más sublimes amaneceres caraqueños. Su verbo guarda sed de justicia y ética, y su prosa una crítica sabia, y no por sabia deja de ser tierna. Pero, al mismo tiempo, posee una irreverencia y una rebeldía que le distinguen y que, a mí  particularmente, me dejaron  impresionada desde el primer momento. Usted es una canción de Emmanuel, por lo Insoportablemente bella bella, un poema de Benedetti, una milhojas. Me gusta  por tener la sinceridad de más de cien mentiras. Combinación  perfecta entre experiencia y juventud.

    “A mi edad y a su edad, lo más lógico hubiera sido que me callase la boca; pero creo que, de todos modos, era un homenaje que le debía. Yo no voy a exigir nada. Si usted, ahora o mañana o cuando sea, me dice basta, no se habla más del asunto." M. Benedetti.
                                                                                                              
   Sin embargo, estoy consciente, esto no es la Tregua. Sé bien que, seguramente, no contaré con la fortuna de  Mario, y recibiré una respuesta como la del poema del uruguayo. Sin embargo, por allí dicen que "la esperanza es terca". Así que me debatiré entre la necedad y la virtud. 

    
   “Ya lo sabía”, dijo. “Por eso vine a tomar café".
                                                                                                                         
                                                                                                             
     Elvianys Andrea Díaz