domingo, 16 de febrero de 2014

A propósito del 14F





           Y entonces, salgo de la escuela y siento que puedo hacer –casi- cualquier cosa. Salgo corriendo al metro, apresurado como quien no puede faltar a un cita. Y no, la cita no es contigo, y entonces me reprocho mi cobardía de no invitarte a salir. Sé que no es cobardía es respeto a mí mismo, porque si escucho un –no- de tu boca, mi corazón se romperá en mil partículas que vagaran por el universo de la literatura. Y entonces la gente ya no me leerá, aunque no estoy seguro que me lean, el punto es que yo sólo coqueteo de vez en cuando con la literatura.  Yo soy más bien un periodista en formación, o al menos, es lo que me gustaría creer. Y en ese proceso de formación tú, vuelves y apareces. Ya estoy en el metro, saco mi IPod, habitante de mi morral Magenta. Me gusta creer que es magenta, porque eso de llevar un bolso “rosa” no combina con mi personalidad (de chamo serio) y mi fanatismo por el rojo. Pero, un rojo que a mi se me parece al éxito, a la pasión, a la vida y a la comunicación. Después de todo, de rojo fueron los primeros trazos en la Cueva Altamira. ¡Oh sí! Las primeras representaciones icónicas. Y creo que ya te lo hice saber, soy de los que piensa que “una imagen vale más que mil palabras”. Por eso te dibujé, o te caricaturicé, me gustaría presumir que te inmortalicé. Y me gustó lo que dijiste al recibir mi trabajo: “¡Caramba! Pero si aquí me veo más bonita”. ¡Bingo! Ese era el punto, que te miraras como te miro yo: bella y autentica, y no tengo reparo en decirlo. Enciendo el IPod y escucho el acento argentino de Rodolfo, bueno, de Fito. Fito Páez me transporta a su concierto y yo tampoco sé si es BAires o Madrid, mientras canta: “El amor después del amor”. ¡Uff! Madrid, como me gustaría caminar por Madrid en tu compañía, con mi mano en tu cintura, copiando a tu mano en la cintura mía, como diría Drexler. Sí, se que te gusta Drexler, a mi también me gusta, adoro su idea de “amar la trama más que el desenlace”. Y cuando pienso en desenlace recuerdo que, me quedan pocas clases contigo. El semestre, tan apresurado, como yo por llegar a Chacao, y sé que estará cerca nuestro “adiós”. Pero, por ahora no quiero pensar en despedidas. Estoy consciente que aun no he aprendido lo suficiente de ti, ni te he mostrado lo suficiente de mí, pero juro que estoy en el intento. Voy por Chacaíto y Fito continúa con su concierto. Presenta –desde el piano-, y con su indiscutible efusividad, a su enemigo íntimo, y canta lo que para mí, es la definición del amor: Contigo . Cierro los ojos, y al abrirlos vislumbro Chacao. Me bajo del vagón con la misma prisa que salí de mi amada, de la ECS-UCV. Salgo de la estación, y camino las cuadras necesarias hasta el San Ignacio. Es el centro comercial que menos visito, no lo conozco bien. Y allí, en la entrada, y con guitarra en mano, está mi amigo RoRo. Él sabe de discos –trabajó en una tienda de discos de SG-. Además, como buen caraqueño, se conoce ese lugar mejor que yo.


         
Me quito los audífonos, pero sé que Fito está cantando “Giros”. Le doy una palmada por la espalda a RoRo. Subimos las eléctricas y allí está, frente a mí, lo que tanto buscaba. Me topo con una vidriera, con una caratula de un hombre de lentes naranjas que con ambas manos se cubre la boca y parte de la cara. El blanco y negro de la imagen logran que el naranja de los lentes resalte, simplemente resalte. Llego a pensar que esa caratula emula un poco a el Grito. Entro a la tienda, Acantus, y por  fin lo tengo en mis manos: mis Sueños clandestinos.  Esos que te pienso regalar. Por la idea ilusa de que cuando escuches la canción número 7:  Siempre la brisa. Confirmes, lo que de seguro ya te supones. Es que le solicitaré a Yordano que me preste su voz para poder decirte: "Ahora sabes que tú me matas".



                                                                                                         
Elvianys Andrea Díaz





Necesité de ti



    Mientras me acostaba en la cama, comencé a recordarte y me pregunté si estarías dormida. Seguro debes estarlo, por supuesto que sí. Aquí el que no tiene una conducta normal soy yo: son las tres de la mañana, tengo que levantarme a las cinco y todavía no me dispongo a dormir. Pero no me lo reprocho, más bien (y es extraño que lo haga) me comprendo, entiendo lo que siento. No logro dormirme porque  mañana tengo clase contigo. A lo mejor suene atrevido por tutearte, profesora, pero es que para mí tú eres frescura y juventud.   Al fin y al cabo, la juventud se lleva en el interior y tú la tienes tan arraigada que la exteriorizas con una facilidad que no todos tienen.

          No logro dormirme porque mañana no será un jueves normal, en el que iré a escuchar tu clase magistral, esa que das con la habilidad de quien lleva tiempo impartiéndola, pero a la vez con la originalidad y la innovación del que se levanta todos los días con ganas de hacer su trabajo y con algo nuevo que decir. Mañana, a diferencia de todas las semanas, en las que a pesar de no estar de acuerdo con algunas de tus premisas, salgo de clase satisfecho por haber aprendido algo nuevo con tus explicaciones y tu interpretación de los textos en relación con la realidad, saldré complacido, pero también nervioso porque luego compartiré contigo en un espacio distinto al aula de clase.

          No consigo conciliar el sueño porque esta noche, por primera vez, me he puesto a pensar seriamente en todo. Me he tomado el tiempo para pensar en lo bella e inteligente que eres, en la forma imponente y a la vez sutil en que te expresas, esa que como hombre me atrae. Porque para mí la mujer ideal debe ser fuerte y delicada al mismo tiempo. Pienso en la esperanza que compartimos, la que, por distintos motivos para cada uno, nos hace levantarnos cada día. Esa que tenemos grabada en el espíritu. Aunque tú adicionalmente la llevas grabada en la piel ¡Qué detallazo! Me he detenido a pensar en la experiencia de vida que evidencias en cada uno de tus gestos y/o palabras, y que te hace ser tan interesante. Es por eso que me complace que hayas aceptado mi invitación a salir.

          Pero me agrada mucho más que no te sea indiferente, que el feeling sea mutuo y que no hayas tratado de ocultarlo. Al contrario, lo has sabido demostrar. El tono de tu voz al decirme “Sí ¿por qué no?”,  cuando te invité a tomarnos un trago, más la mirada que acompañó dicha afirmación, hicieron que notara que tengo chance contigo. Y ni hablar de “click” (vamos a decirlo así) que hemos hecho en clase cuando hago algún comentario acertado, sustancioso, con contenido importante, diferente a otros que no aportan nada para el debate académico. Esas acciones que reflejan tu agrado no mienten y me demuestran que el muro de resistencia que usas para no dejar que cualquiera entre a tu vida, no es inquebrantable. Entiendo que te protejas. Yo llevo 23 (sí, tengo apenas 23) años haciéndolo: procurando que la gente tenga la menor posibilidad de afectarme. Tus acciones también me han hecho saber que, ahora más que nunca, sigues sintiendo como mujer y que posiblemente quieres sentirme. Y, aunque no tengo tanta experiencia como tú, he vivido lo suficiente para saber qué terreno estoy pisando. Y, pese a que eres el terreno más complejo al que me he acercado, acepto el reto.

          El reto lo tengo más tarde cuando salgamos. Espero saber comunicar, y no sólo con palabras, lo que siento por ti.  Te propuse ir a Tequilibrio a tomar cocteles y a disfrutar de la música en vivo y te pareció una excelente idea. Te propongo también que me des la oportunidad de entrar en tu vida como hombre, siendo más que un simple alumno. De acompañarte de todas las formas posibles o de las que tú quieras. Porque ¿sabes? cuando te vi no pensé “Yo le meto”, como suelo hacerlo cuando veo a una hembra que está chévere. Y no es porque no te meta ( ¡uff, me canso!). Lo que pasa es que a ti no te meto un ratico, sino que voy con todo. No sé si tú desees darle rienda suelta a los sentimientos o prefieras tener sólo una amistad con sexo. Solamente sé que estoy dispuesto a acceder a cualquiera de las dos o a ambas a la vez, y que, en palabras de Buena Fe, puedo asegurarte que no jugaré con tu soledad.

          “Necesité de ti antes de saber que existieras y cuando apareciste me paré donde me vieras", suena en mi Ipod. Qué casualidad o conexión con el campo, dirían los psicólogos, porque eso fue lo que me pasó contigo: antes de conocerte sabía que la persona que necesitaba llegaría en cualquier momento y cuando al verte supe que se trataba de ti, no tardé en mostrarme. Ah, seguramente no sabrás de qué canción te hablo. Es un rap venezolano, criollo. Sé que poco conoces de eso, pero no te preocupes porque conmigo descubrirás muchas cosas. Mejor dicho, descubriremos. A eso te invito: a descubrirnos. Yo por mi parte he quedado felizmente evidenciado ante ti.
                                                                                                                                                           Atte:

Fabián.

Claudia Hernández

jueves, 18 de julio de 2013

El camino más corto

           Sonó la alarma y no lo podía creer. Maldita sea, me dije. Dicen que maldecir no es bueno, que atrae energías negativas. Pero es que no encontré mejor palabra para drenar. Sentí el mismo arrepentimiento de siempre: ese que me invade cada vez que me  acuesto tarde y reduzco mis horas de descanso sin ninguna necesidad. Realmente no hay necesidad, pero sí motivos, motivos para no dormir temprano, motivos que sólo los seres nocturnos entendemos. La noche es mejor para chatear, escuchar música, escribir, ver tv… para todo. Sonreí mientras hacía esta reflexión y decidí levantarme.

Me bañé, vestí, peiné y maquillé con rapidez. Y no sé por cual (extraña) razón estuve lista antes que Alberto. Lo que sí sabía era que las cosas inexplicables tienen consecuencias. Alberto es mi padrastro y suelo salir a Caracas con él todas las mañanas ¿Voy a perder esa cola? pienso siempre. Esa mañana tenía cita en el odontólogo y, a pesar de que detesto ir, quería asistir con tal de salir de mi casa.

La tardanza de Alberto efectivamente tuvo consecuencias. Se le había hecho tarde para llegar al trabajo.

Sofi, voy a recortar camino, porque voy es tarde, mi niña –dijo mientras se acomodaba en su asiento.

Respiré profundo y me puse el cinturón de seguridad.

Mmm, dale, pues –respondí con resignación.

Nunca me han gustado los atajos ni los caminos verdes ni nada de eso. La verdad es que no me gusta nada que suene a riesgo. Alberto me dijo que colocara la música que yo quisiera y no dudé en introducir el cd de Arjona en el reproductor.

Olvidarte es recordar que es imposible… cantaba en voz baja, mientras dejaba que la brisa me acariciara el rostro. Me perdí en pensamientos cursis, hasta que el vidrio de la ventana me regresó a la realidad. Alberto lo había subido. “Ya estamos entrando al barrio” – me advirtió. Comencé a ver por la ventana, pero esta vez lo hice detalladamente. La calle era doble vía y de ambos lados había casas humildes. Más adelante se encontraba una cancha que, aunque era de baloncesto, tenía arquerías de futbolito; un contenedor de basura desbordado, una línea de camionetas donde abordaban, en su mayoría,  personas que iban al trabajo y niños que iban al colegio…

El hilo de la normalidad se rompió cuando nos encontramos con una multitud frente a nosotros. Había personas amontonadas en un lado de la calle y el tráfico era lento porque, como cosa rara, los carros disminuían la velocidad al pasar para no perder detalle de lo que ocurría. “¿Qué habrá pasado?” – dijo mi padrastro para sí mismo. Menos mal que por aquí era mejor, pensé. Cuando nos acercamos a la cuestión nos dimos cuenta de lo que pasaba y me sentí inmersa en la escena de una película. Entre el montón de gente se podía vislumbrar el cuerpo tendido en el piso. Estaba cubierto con una sábana blanca en la cual había manchas de sangre. Después de observar el largo del cuerpo y  los zapatos que sobresalían de la tela, se podía concluir que se trataba de un hombre. Cerca del cadáver  estaban (a juzgar por su llanto) los familiares. Un muchacho le hablaba al cuerpo: se llevó la mano a los labios e hizo un gesto de juramento. Noté que decía algo como “esto no se queda así, hermano”. La escena me conmovió.

Un poco más retirados y distribuidos en la zona había alrededor de 30 motorizados. Avanzamos y entramos a una especie de alcabala de civiles. Yo todavía no había  superado del todo lo que acababa de ver. Tac, tac, tac  -vacío en el estómago, corazón acelerado, manos frías -. La respiración de Alberto me hizo entender que estaba igual que yo. Transcurrieron segundos, pero parece que para ellos pasó más tiempo. TAC, TAC, TAC. Tanto el tipo que tocaba la ventanilla del lado de Alberto como el que golpeaba la de mi lado se notaron un poco impacientes. Sin tener otra opción, bajamos los vidrios.

 ¿Todo bien por aquí, hermano? –dijo el que estaba del lado del mi padrastro, mientras miraba detalladamente el interior del carro.

Si, pana, todo tranquilo –respondió Alberto, quien mantuvo firmeza en la voz.

Pude observar (y estoy segura de que Alberto también lo hizo) la pieza metálica que salía de la mano del sujeto, quien no se esforzaba en mostrarla, pero tampoco en ocultarla. Mientras tanto, el tipo que estaba de mi lado también hacía su trabajo. En este caso, el arma sobresalía de su pantalón a la altura de la cintura.

Buenos días, mami –dijo mientras me miraba de arriba a abajo.

No respondí. Hizo la misma requisa visual que su compañero y la culminó viéndome el pecho. Vio a Alberto, cruzó miradas con un compañero y de nuevo la mirada a mi pecho. Me asusté un poco. Dios no me negó nada por delante y cada vez que un hombre me ve así, sé con que intención lo hace. Esbozó una leve sonrisa y con la habilidad, la sutileza y la tranquilidad de quien está acostumbrado a hacer eso, tomó los Ray-Ban (originales) que tenía colgados en la franela. Me sentí aliviada, sorprendida, molesta, confundida… Se me había olvidado que había puesto mis lentes favoritos en ese lugar. Debe ser la costumbre de siempre tenerlos allí. El chamo (porque viéndolo bien, no le calculé que tuviera mas de veinte años) se los puso, usó el vidrio trasero como espejo y con cara de satisfacción, como muchacho con juguete nuevo (diría mi mamá), se retiró del carro. “Vaya, pues, pana” – dijo el otro sin poder ni querer ocultar su sonrisa.


Arrancamos con velocidad moderada y no hablamos en lo que restó de camino. Cada uno iba pasando el susto a su manera: yo me mordía los labios y Alberto chocaba el dedo pulgar contra el volante repetidamente.  Por fin se terminó la carretera e ingresamos a la autopista. Siempre me ha gustado la capital. Sin embargo, esa mañana la vi más hermosa que nunca. Me sentí fuera de peligro.

 Comencé a desabrocharme el cinturón y a agarrar la cartera mientras llegábamos,  para ganar tiempo. Me había retrasado yo también. “Sofía, mamita, cónchale…” –dijo Alberto con tono de preocupación. “ Tranquilo, Alberto, no le voy a contar nada a mi mamá” - respondí tajante y me bajé del carro. Me miró con cara de sorprendido.  Ni que hiciera falta ser adivina para saber que esa es toda su angustia, pensé.

 Intenté retomar los pensamientos que me había evocado Arjona entretanto me acomodaba en el sillón. Pero el ruido del aparato de limpieza me comenzó a aturdir, mientras que su punta le comenzaba a hacer cosquillas a las separaciones de mis dientes.


 Claudia Hernández